Gracias a mi trabajo veo cientos
de sonrisas al día. Cada una de ellas muy distinta. Veo sonrisas sinceras y
sonrisas hipócritas. Sonrisas seductoras y sonrisas seducidas. Sonrisas de
avaricia y sonrisas de conformismo. Sonrisas sorprendidas y sonrisas
sorprendentes. Sonrisas ruidosas y sonrisas silenciosas. Sonrisas pensativas y
sonrisas pensadas. Sonrisas llenas y sonrisas vacías. Pero jamás llegué a
pensar que vería una sonrisa así…
Vino por primera vez hace dos
semanas. Imposible no fijarse. No era uno de nuestros clientes habituales. La
suerte lo sentó en una de mis mesas. ¡Buenos días, señor! ¿Qué le pongo? En el
momento que levantó la mirada para responder sentí que algo se me rompía
dentro. Jamás pensé que pudiese llegar a caber tanta tristeza en una sonrisa. ¿Se
encuentra bien? Me preocupé. Sí, gracias, respondió con esa sonrisa sin alegría,
con esos ojos sin esperanza. ¿Podría ponerme un café sólo y una magdalena, por
favor? Perdone. Enseguida se lo traigo.
Estuvo sentado observando su
café. Observando su magdalena. Almorzando con parsimonia. Observando todo lo
que pasaba a su alrededor. Cada vez que me cruzaba por delante de su mesa me
dedicaba una de sus sonrisas. No sabía que esas sonrisas duelen. Duelen mucho.
Rompen. Por mucho que se esforzase no lograba eliminar esa horrible tristeza. ¿Qué
puede pasarle a alguien para que se rompa así su sonrisa?
¿Cuánto le debo, señorita?
Preguntó al final. Nada. Hoy le invito yo. No, no. Insisto en que me cobre, por
favor. Mmmm… Vamos a hacer una cosa. Si viene usted mañana con mejor cara, le
dejaré que me pague, ¿vale? Noté que algo cayó. No, su tristeza seguía inmóvil
en su sonrisa. Pero sí, se notó en sus ojos. Un pequeño ladrillo del muro de
desesperanza que los cubría cayó en ese momento.
Me alegré. Sinceramente, me
alegré. No sé por qué, pero me alegré. No lo conocía de nada, y aun así me
alegré. Me alegré de ver que algo cambiaba y de imaginar que había sido por mí.
No pude evitar preocuparme por aquella tristeza, por aquella desesperanza. No
pude evitar alegrarme al ver que toda aquella fortaleza perdía un pequeño
ladrillo.
A partir de entonces ha venido
cada día a la misma hora. Se ha sentado en la misma mesa. Ha pedido lo mismo.
No ha hablado con nadie. Lo ha observado todo. Su sonrisa siempre triste. Sus
ojos, poco a poco, tiñéndose de una pequeña luz de esperanza. Y pagó cada
almuerzo. Y cada vez que pagaba parecía que caía otro ladrillo. Y cada vez que
venía yo me sentía mejor.
Tan absorta estaba en sus ojos y
en su sonrisa, que no me fijé en su aspecto hasta hace dos días. Ve preparando
ya el café y la magdalena, que ahí viene el andrajoso ese al que tanto sonríes,
me comentó una compañera. Levanté la vista y lo vi. Demasiado delgado, la ropa
demasiado ancha para él. Ropa limpia pero ajada. Rostro limpio pero ajado. Cabello
limpio pero enmarañado. Aunque en sus ojos seguía brillando esa pequeña
esperanza, un oscuro surco los rodeaba. Su triste sonrisa abrigada por una
barba mal cuidada.
Llamé la atención a mi
compañera. ¿Quién eres tú para hablar así de nadie? ¿Se ha portado mal algún día?
¿Ha molestado a algún cliente? ¿Se ha ido sin pagar? Ten mucho
cuidado. Mientras se siente y se comporte como un cliente es un cliente y se le
trata como a los demás. Me da igual cómo vaya vestido, lo que aparente ser y lo
que pienses de él. ¿Entendido? La chica bajó la cabeza disculpándose y yo salí
a atender la mesa.
¡Buenos días! Enseguida le saco
lo de siempre, ¿no? Un café bien calentito con acompañamiento. Muchas gracias,
respondió con su dolorosa sonrisa. Ese día le cambié su magdalena por un
bocadillo de jamón con tomate, aceite de oliva y queso y un croissant con
mermelada de fresas. Lo que me corresponde a mí para almorzar cada día.
Perdone, señorita. Esto es
demasiado. Yo con una magdalena lo tengo bien. Se escandalizó. Y yo también,
contesté con la sonrisa más amplia que encontré. Verá, continué, me he fijado
en que, día a día, hay algo que va cambiando a mejor en su cara. Y he pensado
que si almorzando una magdalena ha ido mejorando su humor, si almuerza un poco
más mañana vendrá totalmente renovado. ¡Igual viene hasta dando volteretas, fíjese!
Su risa sonó sincera, pero demasiado triste. ¡Ah! Y luego, cuando se vaya, no
insista. Esto ya está pagado.
Se quedó sentado en su mesa. Almorzando
con parsimonia. Saboreando cada bocado, cada sorbo. No habló con nadie. Me
observó trabajar. Me regaló su mirada más esperanzada. Me regaló su sonrisa más
feliz. Pero seguía siendo la sonrisa más triste que veré jamás.
Ayer me preocupé cuando no vino
a su hora habitual. Cuando lo comenté en voz alta un compañero, que estaba a
punto de acabar su turno, recordó. Perdona, se me había olvidado completamente.
Esta mañana ha venido un señor tristón a desayunar. Ha pedido un café sólo y
una magdalena. Ha preguntado por ti y me ha pedido que te diese esto en cuanto
entrases, dijo entregándome un arrugado papel doblado en cuatro.
¡Buenos días, señorita!
Hoy he decidido venir antes de hora. Espero
que me disculpe. Seguro que si hubiese venido a la mima hora hubiese logrado
usted, con esa energía vital que la caracteriza, que todo se pospusiese otro día
más. Y todo tenía que haber acabado ayer.
Igual se pregunta por qué me dirijo a usted
ahora. Creo que lo hago porque es usted la única persona que me ha tratado
sinceramente bien en los últimos años.
Me arrepiento de no haberle preguntado su nombre. Pero ya, ¿para
qué? El caso es que ha logrado verme. Eso me sorprendió desde el primer día. Hace muchísimo
que soy invisible para todos.
Hace años la empresa en la que trabajaba
quebró y quedamos todos en la calle. Yo era muy bueno en lo que hacía y comencé
a buscar trabajo. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y
todos mis compañeros empezaron a trabajar de nuevo. Pero para alguien de mi
edad no es fácil encontrar trabajo. Y todos me animaban “pronto encontrarás
algo”. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y la
subvención se acabó. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar
trabajo. Y mi mujer se fue con su familia y se llevó a mi hija. Pero para
alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y ya no tengo familia. Y para
alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y resulta que todos los
amigos que pensaba que tenía no existen. Pero para alguien de mi edad es muy
difícil encontrar trabajo. Y el banco me echó de mi casa. Pero para alguien de
mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y ya nadie me habla, ya nadie me
mira. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y sólo me
queda lo que tengo en el bolsillo. Pero para mí ya es imposible encontrar
trabajo.
Hace un tiempo que sólo puedo permitirme
tomar un café sólo y una magdalena al día. Allá donde fuera a tomarlo me
miraban mal, e incluso me echaron de alguna cafetería. Me trataban como al desahuciado
que soy. ¡Bendita suerte que me trajo hasta aquí! Aquí llegué con la vida rota.
Con el alma destrozada. Aquí la encontré a usted. Usted me vio. Usted me miró.
Usted me hizo sentir que era nuevamente alguien. Decidí dejar en este local el último
dinero que me quedaba. Y he venido cada día hasta que no me ha quedado un céntimo.
Ayer vine dispuesto a despedirme. Pero llegó
usted regalándome mayor manjar que he probado en mucho tiempo e hizo que
volviese a venir hoy. Un día más…
Usted igual no se ha dado cuenta, pero me ha
regalado tantas cosas durante estas semanas. Sonrisas, esperanza, humanidad,
vida… Supe que no podría despedirme nunca de usted. Por eso he venido hoy antes
de hora. Por eso he gastado mis últimas monedas en mi último café sólo con
magdalena. Por eso le escribo estas palabras. Porque, aunque me encantaría
volver a verla, no puedo alargarlo ni un día más.
Pero no quiero irme sin darle las gracias. Gracias
por darme esperanzas. Gracias por regalarme cada mirada. Gracias por regalarme
cada palabra. Gracias por regalarme cada sonrisa. Gracias por demostrarme que
todavía se puede encontrar algún humano en este mundo. Gracias por regalarme un
día más.
¡Gracias!
Ahora que sabía el por qué de
aquella sonrisa, de aquella mirada, me quedé más preocupada. Estuve todo el día
buscando con la mirada por si pasaba cerca. Quería que siguiese viniendo. Yo
pagaría su almuerzo. Quería que la esperanza acabase de abrirse paso en sus
ojos, que la alegría aflorase a su sonrisa. Pero no lo veía por ningún lado. Di
muchas vueltas para volver a casa. Pero no lo veía por ningún lado. Quería
ayudarle a encontrar algo con lo que ganarse la vida. Pero no lo veía por ningún
lado. Quería que se quedara en la cochera para pasar las noches mientras
encontrara algo. Pero no lo veía por ningún lado.
Y por fin lo vi.
Sintecho muere
tras precipitarse por el puente de la autopista, anunciaban por la noticias. Y
era él. Se precipitó. Su vida rota y su alma destrozada volaron, sin
importarles la nada que tenían, hasta que su cuerpo se destrozó en la nada
absoluta.
Y me dolió. Y lloré. Y soñé
llorando. Y me duele ver su mesa vacía. Y me duele verla llena con
sonrisas mentirosas y con sonrisas verdaderas. Y me duele recordar su sonrisa.
Por mucho que me esfuerce jamás
lograré borrar esa sonrisa de mi memoria.
Somos
la raza más inteligente, la raza más poderosa. Somos la raza humana. Pero,
decidme, ¿somos humanos? J

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