martes, 19 de agosto de 2014

SONRISA TRISTE

Gracias a mi trabajo veo cientos de sonrisas al día. Cada una de ellas muy distinta. Veo sonrisas sinceras y sonrisas hipócritas. Sonrisas seductoras y sonrisas seducidas. Sonrisas de avaricia y sonrisas de conformismo. Sonrisas sorprendidas y sonrisas sorprendentes. Sonrisas ruidosas y sonrisas silenciosas. Sonrisas pensativas y sonrisas pensadas. Sonrisas llenas y sonrisas vacías. Pero jamás llegué a pensar que vería una sonrisa así…
Vino por primera vez hace dos semanas. Imposible no fijarse. No era uno de nuestros clientes habituales. La suerte lo sentó en una de mis mesas. ¡Buenos días, señor! ¿Qué le pongo? En el momento que levantó la mirada para responder sentí que algo se me rompía dentro. Jamás pensé que pudiese llegar a caber tanta tristeza en una sonrisa. ¿Se encuentra bien? Me preocupé. Sí, gracias, respondió con esa sonrisa sin alegría, con esos ojos sin esperanza. ¿Podría ponerme un café sólo y una magdalena, por favor? Perdone. Enseguida se lo traigo.
Estuvo sentado observando su café. Observando su magdalena. Almorzando con parsimonia. Observando todo lo que pasaba a su alrededor. Cada vez que me cruzaba por delante de su mesa me dedicaba una de sus sonrisas. No sabía que esas sonrisas duelen. Duelen mucho. Rompen. Por mucho que se esforzase no lograba eliminar esa horrible tristeza. ¿Qué puede pasarle a alguien para que se rompa así su sonrisa?
¿Cuánto le debo, señorita? Preguntó al final. Nada. Hoy le invito yo. No, no. Insisto en que me cobre, por favor. Mmmm… Vamos a hacer una cosa. Si viene usted mañana con mejor cara, le dejaré que me pague, ¿vale? Noté que algo cayó. No, su tristeza seguía inmóvil en su sonrisa. Pero sí, se notó en sus ojos. Un pequeño ladrillo del muro de desesperanza que los cubría cayó en ese momento.
Me alegré. Sinceramente, me alegré. No sé por qué, pero me alegré. No lo conocía de nada, y aun así me alegré. Me alegré de ver que algo cambiaba y de imaginar que había sido por mí. No pude evitar preocuparme por aquella tristeza, por aquella desesperanza. No pude evitar alegrarme al ver que toda aquella fortaleza perdía un pequeño ladrillo.
A partir de entonces ha venido cada día a la misma hora. Se ha sentado en la misma mesa. Ha pedido lo mismo. No ha hablado con nadie. Lo ha observado todo. Su sonrisa siempre triste. Sus ojos, poco a poco, tiñéndose de una pequeña luz de esperanza. Y pagó cada almuerzo. Y cada vez que pagaba parecía que caía otro ladrillo. Y cada vez que venía yo me sentía mejor.
Tan absorta estaba en sus ojos y en su sonrisa, que no me fijé en su aspecto hasta hace dos días. Ve preparando ya el café y la magdalena, que ahí viene el andrajoso ese al que tanto sonríes, me comentó una compañera. Levanté la vista y lo vi. Demasiado delgado, la ropa demasiado ancha para él. Ropa limpia pero ajada. Rostro limpio pero ajado. Cabello limpio pero enmarañado. Aunque en sus ojos seguía brillando esa pequeña esperanza, un oscuro surco los rodeaba. Su triste sonrisa abrigada por una barba mal cuidada.
Llamé la atención a mi compañera. ¿Quién eres tú para hablar así de nadie? ¿Se ha portado mal algún día? ¿Ha molestado a algún cliente? ¿Se ha ido sin pagar? Ten mucho cuidado. Mientras se siente y se comporte como un cliente es un cliente y se le trata como a los demás. Me da igual cómo vaya vestido, lo que aparente ser y lo que pienses de él. ¿Entendido? La chica bajó la cabeza disculpándose y yo salí a atender la mesa.
¡Buenos días! Enseguida le saco lo de siempre, ¿no? Un café bien calentito con acompañamiento. Muchas gracias, respondió con su dolorosa sonrisa. Ese día le cambié su magdalena por un bocadillo de jamón con tomate, aceite de oliva y queso y un croissant con mermelada de fresas. Lo que me corresponde a mí para almorzar cada día.
Perdone, señorita. Esto es demasiado. Yo con una magdalena lo tengo bien. Se escandalizó. Y yo también, contesté con la sonrisa más amplia que encontré. Verá, continué, me he fijado en que, día a día, hay algo que va cambiando a mejor en su cara. Y he pensado que si almorzando una magdalena ha ido mejorando su humor, si almuerza un poco más mañana vendrá totalmente renovado. ¡Igual viene hasta dando volteretas, fíjese! Su risa sonó sincera, pero demasiado triste. ¡Ah! Y luego, cuando se vaya, no insista. Esto ya está pagado.
Se quedó sentado en su mesa. Almorzando con parsimonia. Saboreando cada bocado, cada sorbo. No habló con nadie. Me observó trabajar. Me regaló su mirada más esperanzada. Me regaló su sonrisa más feliz. Pero seguía siendo la sonrisa más triste que veré jamás.
Ayer me preocupé cuando no vino a su hora habitual. Cuando lo comenté en voz alta un compañero, que estaba a punto de acabar su turno, recordó. Perdona, se me había olvidado completamente. Esta mañana ha venido un señor tristón a desayunar. Ha pedido un café sólo y una magdalena. Ha preguntado por ti y me ha pedido que te diese esto en cuanto entrases, dijo entregándome un arrugado papel doblado en cuatro.

¡Buenos días, señorita!
Hoy he decidido venir antes de hora. Espero que me disculpe. Seguro que si hubiese venido a la mima hora hubiese logrado usted, con esa energía vital que la caracteriza, que todo se pospusiese otro día más. Y todo tenía que haber acabado ayer.
Igual se pregunta por qué me dirijo a usted ahora. Creo que lo hago porque es usted la única persona que me ha tratado sinceramente bien en los últimos años.
Me arrepiento de no haberle preguntado su nombre. Pero ya, ¿para qué? El caso es que ha logrado verme. Eso me sorprendió desde el primer día. Hace muchísimo que soy invisible para todos.
Hace años la empresa en la que trabajaba quebró y quedamos todos en la calle. Yo era muy bueno en lo que hacía y comencé a buscar trabajo. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y todos mis compañeros empezaron a trabajar de nuevo. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y todos me animaban “pronto encontrarás algo”. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y la subvención se acabó. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y mi mujer se fue con su familia y se llevó a mi hija. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y ya no tengo familia. Y para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y resulta que todos los amigos que pensaba que tenía no existen. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y el banco me echó de mi casa. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y ya nadie me habla, ya nadie me mira. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y sólo me queda lo que tengo en el bolsillo. Pero para mí ya es imposible encontrar trabajo.
Hace un tiempo que sólo puedo permitirme tomar un café sólo y una magdalena al día. Allá donde fuera a tomarlo me miraban mal, e incluso me echaron de alguna cafetería. Me trataban como al desahuciado que soy. ¡Bendita suerte que me trajo hasta aquí! Aquí llegué con la vida rota. Con el alma destrozada. Aquí la encontré a usted. Usted me vio. Usted me miró. Usted me hizo sentir que era nuevamente alguien. Decidí dejar en este local el último dinero que me quedaba. Y he venido cada día hasta que no me ha quedado un céntimo.
Ayer vine dispuesto a despedirme. Pero llegó usted regalándome mayor manjar que he probado en mucho tiempo e hizo que volviese a venir hoy. Un día más… 
Usted igual no se ha dado cuenta, pero me ha regalado tantas cosas durante estas semanas. Sonrisas, esperanza, humanidad, vida… Supe que no podría despedirme nunca de usted. Por eso he venido hoy antes de hora. Por eso he gastado mis últimas monedas en mi último café sólo con magdalena. Por eso le escribo estas palabras. Porque, aunque me encantaría volver a verla, no puedo alargarlo ni un día más.
Pero no quiero irme sin darle las gracias. Gracias por darme esperanzas. Gracias por regalarme cada mirada. Gracias por regalarme cada palabra. Gracias por regalarme cada sonrisa. Gracias por demostrarme que todavía se puede encontrar algún humano en este mundo. Gracias por regalarme un día más.
¡Gracias!

Ahora que sabía el por qué de aquella sonrisa, de aquella mirada, me quedé más preocupada. Estuve todo el día buscando con la mirada por si pasaba cerca. Quería que siguiese viniendo. Yo pagaría su almuerzo. Quería que la esperanza acabase de abrirse paso en sus ojos, que la alegría aflorase a su sonrisa. Pero no lo veía por ningún lado. Di muchas vueltas para volver a casa. Pero no lo veía por ningún lado. Quería ayudarle a encontrar algo con lo que ganarse la vida. Pero no lo veía por ningún lado. Quería que se quedara en la cochera para pasar las noches mientras encontrara algo. Pero no lo veía por ningún lado.
Y por fin lo vi. 
Sintecho muere tras precipitarse por el puente de la autopista, anunciaban por la noticias. Y era él. Se precipitó. Su vida rota y su alma destrozada volaron, sin importarles la nada que tenían, hasta que su cuerpo se destrozó en la nada absoluta.
Y me dolió. Y lloré. Y soñé llorando. Y me duele ver su mesa vacía. Y me duele verla llena con sonrisas mentirosas y con sonrisas verdaderas. Y me duele recordar su sonrisa.
Por mucho que me esfuerce jamás lograré borrar esa sonrisa de mi memoria.



Somos la raza más inteligente, la raza más poderosa. Somos la raza humana. Pero, decidme, ¿somos humanos? J

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