Cada mañana apaga el despertador con una sonrisa, se ducha, se peina y se viste sin olvidarse de utilizar esa colonia que, sin oler de ningún modo especial, nos hace saber que el que la lleva ya no es joven. Coge su cartera y sale de casa con el placer dibujado en la cara, sabiendo qué es lo que va a pasar.
Como cada mañana, a las 7:55 se sienta en el banco más cercano al bar al que no puede faltar, que todavía está cerrado. Se sienta medio de lado, vigilando la puerta del bar ansioso. Nervioso mira el reloj, las 8:02, algo falla, algo ha debido de pasar, nunca antes se había atrasado. Siempre había llegado a las 8:00.
Nuestro protagonista todavía tendrá que esperar unos minutos más para verla llegar. Sí, ahí está, sabe que es ella por su manera de caminar, afectada por una operación reciente pero siempre segura. Conforme la adivina a lo lejos, se pueden adivinar los nervios creciendo dentro de nuestro protagonista. Aunque intenta contenerse para no parecer desesperado, se nota a la legua que desea saltar hacia la puerta del bar para esperarla.
Aunque le cuesta, logra mantenerse sentado en su banco de cada mañana hasta que oye su voz desde la puerta del bar "buenos días". Ahora sí, nuestro protagonista se levanta y se acerca hasta donde ella está, con su largo pelo negro recogido en una coleta baja, sus exóticos ojos negros y su amplia sonrisa. La dueña del bar por fin había llegado, y tras ella, a unos metros de distancia, su marido, que viene corriendo con las llaves del local, que habían quedado olvidadas en casa. Este es el motivo del retraso se disculpa ante nuestro protagonista.
Nuestro protagonista no está dispuesto a ver cómo la dueña del bar estropea sus manos y cansa su operada pierna colocando sillas y mesas. Así, con toda la cortesía de la que hace gala se ofrece a colocar los muebles de la terraza mientras su marido hace lo propio con los de dentro del local. Una a una saca cada mesa y cada silla y las coloca en su lugar exacto. Mientras tanto, el marido ha acabado su tarea y ha salido a "hacer unos recados".
En el momento en el que está colocando la última de las mesas, se oye la dulce y sonriente voz de la dueña del bar que le anuncia "enseguida salgo". Acaba de colocar la mesa y se sienta en su rincón preferido de la terraza a esperarla. Por fin, ya estaba ahí, el momento que había estado esperando. La dueña del bar sale deslumbrando con su sonrisa a quien se cruce con ella y se acerca lentamente hacia donde él está sentado. Su corazón se acelera. Por fin. Su alegría se ve completa cuando ella se inclina suavemente y deposita sobre su mesa su periódico preferido y, lo que lleva esperando desde que sonó el despertador, lo que le hace despertarse con una sonrisa cada mañana, el mejor carajillo de ron poco quemado que se haya probado jamás.
Nuestro protagonista no sabría empezar cada día sin su deseado carajillo...
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