Por fin. He logrado entender. Ya
sé lo que te pasa. Ya sé por qué estás aquí. Increíble. No volveré a hacer que
salgas de aquí. Nunca. Este no es tu lugar, pero aquí estarás tranquilo.
Según me han contado, al nacer
no lloraste cuando te palmearon el trasero, pero no se preocuparon porque ya
naciste con los ojos abiertos y respirabas con normalidad. Dicen que ya le
sonreías a la vida. Sólo arrancaste a llorar cuando te pusieron en brazos de tu
madre. Me aseguraron que llorabas y temblabas sin parar. Desesperada tu madre
le pidió a tu padre que te cogiese y aún fue peor. Chillabas. Temblabas. Era
como si luchases por desasirte de esos brazos. Sólo cuando tu hermana te cogió
te calmaste.
Pero esto no acabó aquí. Tu
madre no pudo darte de mamar porque en cuanto la veías llorabas como el primer
día. Fue tu hermana la que estuvo alimentándote durante toda la infancia porque
si tu padre se ofrecía a darte el biberón comenzaba de nuevo el llanto
estridente.
Tus padres lo intentaron todo.
Te compraban regalos. Te cantaban. Cambiaban de peinado. Tu padre se afeitó por
si lo que te asustaba era la barba… Pero sólo te tranquilizabas cuando tu
hermana estaba contigo. La mirabas a ella y sólo a ella, no
querías ver a tus padres. O no querías que ellos te viesen a ti. O las dos
cosas. Si los mirabas rompías a llorar de nuevo.
Ya de bebé comenzaron a
medicarte para tratar de curar esa enfermedad que nadie sabía lo que era. Pero
seguías llorando.
Cuando comenzaste a caminar
pensaron que toda la medicación te empezaba a hacer efecto porque dejaste de
llorar. Pero comenzaste a huir de tus padres. Y te escondías bajo la cama. Y te
escondías bajo la mesa. Y te metías en el armario. Y asías con fuerza la mano
de tu hermana. Y te escondías detrás de ella. Siempre con esa cara de miedo. Siempre
temblando. Sólo te tranquilizabas cuando mirabas a tu hermana. Sólo a tu
hermana.
Y tus padres, preocupados te
llevaban al médico, que recetaba más medicinas mientras tú permanecías encogido
bajo la camilla de reconocimiento. Asustado. Cada día más asustado. Sólo
sonreías cuando mirabas a tu hermana.
Y llegó el día de empezar la
guardería. Y tuvo que llevarte tu hermana. E ibas feliz mirándola. Y entraste.
Y sonreíste. Y tu hermana se emocionó. Y mirabas a los otros niños y sonreías.
¡Qué cara de felicidad! Y se acercó la profesora para saludarte. Y te
asustaste. Y corriste bajo una mesa a última fila. Y algunos niños se reían de
ti. Y tú temblabas cada vez más. Y tu hermana tuvo que salir de allí, no te
preocupes, ya me ocupo yo, le dijo la profesora. Y tú no saliste de debajo de
la mesa. No dejaste de temblar. Y cada día te escondías bajo la mesa. Y cada
día más niños se reían de ti. Y cada día tú más asustado.
La directora habló con tus
padres porque nunca habían tenido un caso igual. Te llevaron a que te hiciesen
todo tipo de pruebas. Pero todas salían
bien, está perfectamente sano, concluían. Pero cada vez te medicaban más. Y
cada día tú más asustado.
Pronto comenzaron las
pesadillas. Llantos, gritos, histeria, miedo, horror… Y tus padres,
desesperados, no podían ayudarte. Sólo te tranquilizabas cuando mirabas a tu
hermana. No pensamos permitir que duerma contigo, la riñeron. Y las pesadillas
cada vez eran peores.
Decidieron entonces llevarte al
psicólogo. Pasaste toda la visita temblando tras el diván, con los ojos llenos de miedo.
Dicen que cuando el psicólogo se acercaba para hablarte salías corriendo para
esconderte en otro lugar. El miedo sólo se iba de tus ojos cuando mirabas a tu
hermana. Ya en la primera visita diagnosticaron que tenías que venir aquí.
La imagen de tu llegada me quedó
grabada en la retina. Una familia destrozada. Unos padres que lloraban
desconsolados, una niña preadolescente con la preocupación dibujada en la cara
y un niño de cuatro años que no apartaba la mirada de su hermana. El mayor
impacto que he recibido en la vida fue darme cuenta de que eras tú el que te
quedabas ingresado. ¿Un niño de cuatro años aquí? ¿Por qué?, ¿qué ha hecho? Se
asusta mucho de todo, tiene pesadillas, no habla más que con su hermana, no
mira más que a su hermana… Lo hemos intentado todo... Nos han asegurado que ésta
es la única solución, lloró tu madre. Prometí dedicarme por entero a tu caso,
averiguar qué te pasaba e intentar sanarte para que pudieses volver con tu
familia.
En ese momento me volví hacia ti
y te saludé. Y me miraste. Y sonreíste. Y tus padres emitieron un pequeño grito
sorprendido. Y tú no apartabas tu mirada y tu sonrisa de mí. Y tu hermana
se relajó por primera vez en cuatro años. Y tu mirada y tu sonrisa fijas en mí.
¿Cómo te llamas? Pregunté. Jose, me sonreíste. ¿Te importaría quedarte unos
días aquí conmigo y con unos amigos? ¿Tú vas a estar siempre? Te interesaste.
Por supuesto, lo prometo. Una sombra de miedo cruzó tus ojos y tu sonrisa de
desvaneció. ¿No me dejarás con los monstruos? Nunca, te aseguré. Simplemente
volviste a sonreír, miraste a tu hermana y le diste un beso, me miraste, me cogiste
la mano y me acompañaste sin mirar a tus padres.
Pasaste la primera noche en una
habitación acolchada, atado. Tus padres dijeron que te volvías muy agresivo con
las pesadillas. Pero nos dimos cuenta de que esa agresividad es muy fácil de
controlar en un niño tan pequeño. A partir de entonces duermes en tu habitación,
tranquilo. Sin acolchamientos en las paredes ni ataduras.
Estudié tu historial. Llevo
cuatro años haciéndolo y ya me lo sé de memoria. Todavía no entiendo por qué te
medicaron tanto si nadie sabía lo que te pasaba. Te retiré la medicación
enseguida. Me di cuenta de que no temías al resto de pacientes. Noté que
aprendes muy fácilmente cualquier materia. Hablaba contigo cada día. Eras un
chico normal. ¿Qué hacías aquí dentro?
Las pesadillas no tardaron en
desaparecer. Cada día estabas más tranquilo. Cada día estabas más feliz. Cada
día me extrañaba más. ¿Qué hacías aquí dentro? Como te veía confiado me atreví a preguntarte ¿estás bien, ya no
tienes miedo? Ya no hay monstruos, respondiste mientras montabas un puzzle. Tu
cerebro siempre ha estado por encima de la media y ahora me doy cuenta.
Dado que parecías curado, decidí
darte el alta. Llamé a tus padres. Llegaron enseguida. Saliste feliz a abrazar
a tu hermana. Tu hermana llorando emocionada. Tu madre se acercó a darte un
abrazo. Tú quedaste petrificado. No respirabas. No pestañeabas. Miraste a tu
padre. Tu piel palideció. Me miraste con un horror que nunca había visto antes.
No dejes que me cojan, susurraste. Prometiste que estarías siempre, dijiste.
Que no me dejarías con los monstruos, tu voz se alzaba. Lo prometiste, gritaste
enloquecido.
Tu hermana rompió a llorar. Tu
padre rompió a gritar. Tu madre rompió en histeria. Tu rompiste mi vida de
estudios, jamás he visto algo así. Rompiste mis hipótesis, parecías totalmente sano. Rompiste mis
conclusiones, ¿qué te pasaba? Rompiste mi corazón, no podía dejarte ir.
Te cogí en un abrazo y te llevé
a tu habitación. ¿Aquí hay monstruos? Me preocupé. No. Quédate aquí un momento.
Respira. Vuelvo enseguida.
Disculpen pero no entiendo qué
ha podido suceder. Jose ha ido mejorando día a día desde que lo trajeron. Ya no
sufre pesadillas, habla con todo el mundo, le estamos dando lecciones para que
no pierda el hilo para cuando vaya a la escuela y aprende muy rápidamente. No
entiendo esta recaída a qué se debe. Nos ha llamado monstruos, es lo único que
acertaba a llorar tu madre. Cuando volví a tu habitación estabas tranquilo, tan
sonriente como de costumbre, pintando uno de los dibujos que te imprimí el día
anterior para que te llevases a casa. Aquí estoy bien. Aquí no hay monstruos.
Decidido a saber qué pasaba por
tu mente te pregunté dónde habías visto monstruos a lo largo de tu corta vida.
He pasado los últimos cuatro años dedicados casi exclusivamente a ti y a
investigar profundamente a tus monstruos.
Logré averiguar que durante el
embarazo de tu hermana despidieron a tu madre. Jamás logró encontrar otro
trabajo. Desesperada comenzó a beber. Y cada día bebía más. Y no encontraba
trabajo. Y ella bebía. Y su marido se alejaba de ella. Y ella bebía. Y su hija
tenía que hacer las tareas de casa. Y ella bebía. Y venía alguien de visita. Y
ella aparentaba normalidad. Y pasaban los años. Y ella bebía. Y volvió a quedar
embarazada. Y no lo esperaba. Y su marido no es el padre. Y su marido lo sabe.
Y ella bebía.
Averigüé que cuando se enteró de
que tu hermana iba a nacer, tu padre fue a celebrarlo a un casino con sus
amigos. Y ganó dinero. Y pensó que iba a ganar siempre. Y jugaba. Y su hija
nació. Y él jugaba. Y su mujer no ganaba dinero. Y él jugaba. Y cada vez tenían
menos. Y él jugaba. Y no le llegaba el sueldo. Y él jugaba. Y vendió su
alianza. Y él jugaba. Y siguió vendiendo joyas. Y él jugaba. Y su mujer tuvo un
hijo con otro. Y él jugaba.
Hace seis meses cerraron la
guardería a la que te llevaron. La profesora acusada de maltratar a algunos
niños.
La semana pasada detuvieron al
psicólogo que te trató. Cobraba bien a los pacientes pero el no pagaba al
gobierno.
El doctor que se dedicó a
drogarte ha sido el más difícil de investigar. Relacionado con una red de trata
de blancas ha huido del país.
Y por fin. He logrado entender.
Ya sé lo que te pasa. Ya sé por qué estás aquí. Increíble.
Son tus ojos, Jose, no eres tú.
Tú estás bien. Eres perfecto. Pero tus ojos ven la realidad, no las
apariencias. Tus ojos son capaces de ver mientras que los del resto del mundo
están ciegos… Estabas rodeado de monstruos y sólo tú podías verlos.
Aquí estás bien porque todos se
muestran como son, en su locura son sinceros, en sus delirios no mienten a
nadie. Aquí hay gente rara pero no monstruos
No. No vas a tener que salir si
no quieres. Quédate con nosotros. Tu hermana me ha dicho que vendrá cada día a
estar contigo después del trabajo.
Gracias, Jose. Gracias por darme
esperanzas. Gracias por mostrarme que todavía hay gente capaz de ver.
Vivimos en una
sociedad basada en apariencias y mentiras. Decidme, si pudieseis ver la
realidad, ¿creéis que os gustaría? J

No hay comentarios:
Publicar un comentario