martes, 12 de agosto de 2014

BAJO EL SAUCE LLORÓN

Cuando entré por primera vez al centro, estando en prácticas, ella ya estaba ingresada. Una mujer que no hablaba mucho ni con los demás pacientes ni con nosotros. Mayor, de entre todos los allí ingresados, sin duda, de las más mayores, aunque me sería imposible adivinar su edad.
Más de una vez llegué a pensar que ese no era el centro en el que debería estar. No era simplemente una persona mayor como los demás, había algo en su mirada, en su comportamiento, que me hacía pensar que su mente se había perdido hace mucho tiempo, a muchos kilómetros de allí.
Cada mañana la veo levantarse, sus ojos tristes, unos ojos que sólo se separan del suelo para mirar sus ajadas manos que, de vez en cuando, golpeaban suavemente su pecho, justo en el momento en el que lágrimas de algún recuerdo afloran y llenan silenciosamente su rostro.
Tras la ducha matutina es la que más se arregla. Un moño blanco perfectamente recogido aparece en su nuca, un traje que no ha perdido la elegancia con los años, unos zapatos en consonancia y su perfume de rosas. Se dirige tranquila a la sala común, se sienta en el viejo sofá y, sólo entonces, levanta la mirada. Una mirada tan azul, una mirada tan profunda como el mar Mediterráneo. Una mirada llena de ilusiones, una mirada expectante. Jamás vi una mirada así en una persona de su edad. Una mirada que no se apartaba del reloj de pared.
El primer día sentí curiosidad y pregunté a mis compañeros. Está esperando a que lleguen las seis y media de la tarde, me informaron. ¿Quién viene a esa hora? Nadie. Nunca viene nadie a verla. A esa hora saldrá, se sentará bajo el sauce llorón que hay en el jardín y allí cerrará los ojos, sonreirá y, si encuentra alguna, cogerá una flor, la olerá, la besará y la dejará junto a una de las raíces. Nadie supo contestarme por qué. Es algo que ha hecho siempre. Nunca responde cuando le preguntamos. Cuando yo llegué también me sorprendió, pero al final ya no le das importancia. La dejamos hacer, no molesta ni hace mal a nadie. Además, parece tan feliz… Fueron sus respuestas.
Entonces me interesé por las personas que la ingresaron, ¿quién la había dejado allí y no había vuelto a visitarla? Igual era ese el motivo de su enajenación. La única respuesta que obtuve fue ya estaba aquí cuando yo entré, no sé.
Ya esa primera semana de prácticas me obsesioné con aquella a la que llaman “la del sauce”. Ni enfermeros ni pacientes saben su nombre real. A los pocos días solicité una entrevista con el director del centro para pedirle permiso para tratar personalmente a aquella mujer. ¿Qué pretendes, que cambie sus hábitos? Después de tanto tiempo no creo que logres nada. No, sólo pretendo que hable conmigo, que me cuente su historia, a ver si se rompe su mutismo y logramos que se relacione con el resto de pacientes. Aun sin fe en que consiguiese algo, accedió a que lo intentase.
Le pedí al director su informe y los datos de las personas que la ingresaron para poder hablar con ellos por si sufría algún tipo de depresión cuando la trajeron. Para empezar a tirar por algún lado. ¡Uf! A saber dónde estará ese informe… Lo buscaré. Pasa mañana por la tarde a ver si ha habido suerte. Aunque sí te puedo decir que no creo que encuentres vivas a las personas que la ingresaron. Esta mujer ya estaba aquí cuando yo entré a trabajar hace veinticinco años. Cuando me ascendieron a director, mi antecesora me contó que estaba aquí ya cuando ella comenzó, pero que entonces era una trabajadora interna. Pasaba las noches aquí cuidando de los ancianos al igual que lo hacía durante el día. Sólo paraba de trabajar a las seis y media de la tarde para realizar exactamente el mismo ritual que realiza hoy en día y a las ocho volvía al trabajo para el turno de cenas. Las monjas que le vendieron el asilo a mi antecesora le dijeron que esa mujer había de pasar aquí trabajando el resto de sus días. El asilo firmó un contrato con sus padres el día que la ingresaron y no se puede romper. Pero claro que lo rompimos. Cuando ya no estaba en edad de trabajar le dijimos que ya no tenía que hacerlo más, y le dejamos vivir aquí. No tiene lugar al que ir. ¿Sus padres? Me horroricé. Pero, ¿qué hizo para merecer eso? Eso se lo llevaron las monjas en forma de secreto. Lo que sí que dijeron es que ella mismo plantó el sauce llorón que hay en el jardín para sentarse cada tarde a su sombra durante una hora y media a descansar.
Quedé petrificada por esta historia. Ahora, más que nunca necesitaba saber qué pasó. Por qué va cada tarde a la misma hora a su sauce. Por qué la flor. Por qué un sauce. Qué hizo.
Jamás se encontró su informe, pero aún así me senté cada día a su lado en el sofá y pregunté preguntas sin respuesta. Hasta que simplemente me dediqué a hacerle compañía intentando adivinar lo que pasaba por su mente. Y cada tarde me sentaba a su lado junto a su sauce llorón esperando a que me hablara. Pero nunca hablaba. Y así pasé mis primeros dos años aquí, hasta que la semana pasada me habló.
Hoy me ha traído una flor, la más bonita de todas las que hay aquí, dijo señalando una pequeña flor que arrancó antes de sentarse bajo a su sauce llorón. Sí que es bonita, contesté sorprendida. Siempre escoge las más bonitas para mí, dijo con la mirada más radiante, con la sonrisa más enamorada que he visto jamás. Cerró los ojos sin dejar de sonreír y no dijo nada más aquella tarde.
Ayer no arrancó ninguna flor y me atreví a preguntarle. ¿No ha venido? Siempre, para siempre, respondió. No ha traído flor, le dije. No habrá encontrado ninguna lo suficientemente bonita, pero no pasa nada, me basta con que esté aquí conmigo. La misma mirada, la misma sonrisa. Y yo cada vez más perdida. Y antes de levantarse volvió a repetir siempre, para siempre, con una lágrima rodándole por la mejilla. Aunque su sonrisa enamorada no desapareció.
Esta mañana, mientras esperábamos en el sofá, se me ocurrió preguntarle qué significaba siempre, para siempre. Apartó la mirada del reloj para mirarme. Una mirada lúcida. La profundidad del mar Mediterráneo ante mis ojos. A las seis y media. Siempre. Para siempre. Volvió a mirar al reloj y volvió a ser la de siempre.
Esta tarde no ha arrancado ninguna flor. Nos hemos sentado bajo las ramas del sauce llorón y, sin dejar de sonreír, me ha mirado tranquilamente y me ha contado: me llamo Manuela Díaz Antúnez. Mi padre, Antonio Díaz Juárez, una de las grandes fortunas de la ciudad, me trajo aquí hace setenta y cuatro años. Mi condena, pasar mi vida cuidando a los ancianos que viniesen al asilo de día y de noche. Las monjas que antes llevaban esto, al firmar aquel contrato, accedieron a ingresar en sus cuentas una buena suma mensual…
Me ha sorprendido tanto saber de ella que no he podido articular palabra…
Este mi castigo. Mi pecado, Rosita… Su cara se transformó en esa pura felicidad en la que se transformaba cada tarde bajo su sauce. Hace muchos años, toda una vida, acompañaba a mi madre por el centro de la ciudad cuando nos cruzamos con unos ojos muy intensos, negros. Muy grandes, negros. Muy redondos, negros. Muy brillantes, negros. Esos ojos se quedaron en mi mente hasta tres días después, cuando los volví a ver en casa de mis padres. Para mi sorpresa la dueña de esos ojos, un par de años mayor que yo, había venido a pedir trabajo. Era inmigrante y necesitaba trabajar, de lo que fuese, era buena en cualquier cosa. Acabó trabajando en la cocina. Realmente era buena. Cada tarde libraba de seis y media a ocho y empezamos a acostumbrarnos a hablar y pasear todos los días. Cuando mi padre se enteró me amonestó. No debes pasear en compañía del servicio, Manuela. Has de buscar compañías que no retrasen su formación como señorita. Pero ya era tarde, Rosita y yo sólo esperábamos que llegasen las seis y media para hablar. Así que para que no nos vieran nos íbamos al rincón más alejado del jardín de atrás de la casa y nos escondíamos bajo las ramas de un sauce llorón que había allí.
Durante esas tardes escondidas me enteré de que no había sido casualidad que pidiese trabajo a mis padres. Me enteré de que ella también se fijó en mis ojos. Me enteré de que no pudo evitar seguirnos para averiguar dónde encontrarme. Me enteré que no podría volver a separarme de ella en mi vida.
Era Mayo. Había muchas flores. Siempre cogía la más bonita para mí. Antes de irnos yo besaba la flor sin dejar de mirar aquellos ojos. Ella besaba la flor sin dejar de mirarme a los ojos. Nunca me olvidaré de aquella mirada. Mañana a las seis y media se despedía. Siempre, decía yo, para siempre. La flor siempre se quedaba junto al sauce. Ella se iba y yo esperaba un rato. Yo me iba y las dos fingíamos no vernos.
Pero un día mi madre paseó cerca del sauce y nos vio. Me llevó a casa a tirones. Me gritaron. Me insultaron. Me pegaron. Al día siguiente me trajeron aquí. Firmaron el contrato. Y no volví a verlos. Y no la volví a ver. Y las monjas se santiguaban cada vez que me veían. Y les pedí plantar un sauce para que hiciese sombra en el jardín y poder descansar. Y me creyeron. Y lo planté. Y no sé qué habrá sido de ella. Y vengo cada día a nuestra hora para estar con su recuerdo, con sus ojos. Y seguiré viniendo siempre, cada día, para siempre.
Mi única reacción fueron las lágrimas. 
Sé que ella, en algún lugar, también acudirá siempre, a las seis y media, para siempre.
Pero, ¿cómo puedes estar tan segura?
Lo sé…


 Marginamos al “políticamente incorrecto”, vivimos de apariencias, nos ponemos máscaras que nos vienen grandes… ¿Pensáis que somos felices así? J

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