Cuando entré por primera vez al
centro, estando en prácticas, ella ya estaba ingresada. Una mujer que no
hablaba mucho ni con los demás pacientes ni con nosotros. Mayor, de entre todos
los allí ingresados, sin duda, de las más mayores, aunque me sería imposible
adivinar su edad.
Más de una vez llegué a pensar
que ese no era el centro en el que debería estar. No era simplemente una
persona mayor como los demás, había algo en su mirada, en su comportamiento,
que me hacía pensar que su mente se había perdido hace mucho tiempo, a muchos
kilómetros de allí.
Cada mañana la veo levantarse,
sus ojos tristes, unos ojos que sólo se separan del suelo para mirar sus ajadas
manos que, de vez en cuando, golpeaban suavemente su pecho, justo en el momento
en el que lágrimas de algún recuerdo afloran y llenan silenciosamente su
rostro.
Tras la ducha matutina es la que
más se arregla. Un moño blanco perfectamente recogido aparece en su nuca, un
traje que no ha perdido la elegancia con los años, unos zapatos en consonancia
y su perfume de rosas. Se dirige tranquila a la sala común, se sienta en el
viejo sofá y, sólo entonces, levanta la mirada. Una mirada tan azul, una mirada
tan profunda como el mar Mediterráneo. Una mirada llena de ilusiones, una
mirada expectante. Jamás vi una mirada así en una persona de su edad. Una
mirada que no se apartaba del reloj de pared.
El primer día sentí curiosidad y
pregunté a mis compañeros. Está esperando a que lleguen las seis y media de la
tarde, me informaron. ¿Quién viene a esa hora? Nadie. Nunca viene nadie a
verla. A esa hora saldrá, se sentará bajo el sauce llorón que hay en el jardín
y allí cerrará los ojos, sonreirá y, si encuentra alguna, cogerá una flor, la
olerá, la besará y la dejará junto a una de las raíces. Nadie supo contestarme
por qué. Es algo que ha hecho siempre. Nunca responde cuando le preguntamos.
Cuando yo llegué también me sorprendió, pero al final ya no le das importancia.
La dejamos hacer, no molesta ni hace mal a nadie. Además, parece tan feliz… Fueron
sus respuestas.
Entonces me interesé por las
personas que la ingresaron, ¿quién la había dejado allí y no había vuelto a
visitarla? Igual era ese el motivo de su enajenación. La única respuesta que
obtuve fue ya estaba aquí cuando yo entré, no sé.
Ya esa primera semana de
prácticas me obsesioné con aquella a la que llaman “la del sauce”. Ni
enfermeros ni pacientes saben su nombre real. A los pocos días solicité una
entrevista con el director del centro para pedirle permiso para tratar
personalmente a aquella mujer. ¿Qué pretendes, que cambie sus hábitos? Después
de tanto tiempo no creo que logres nada. No, sólo pretendo que hable conmigo,
que me cuente su historia, a ver si se rompe su mutismo y logramos que se
relacione con el resto de pacientes. Aun sin fe en que consiguiese algo,
accedió a que lo intentase.
Le pedí al director su informe y
los datos de las personas que la ingresaron para poder hablar con ellos por si
sufría algún tipo de depresión cuando la trajeron. Para empezar a tirar por
algún lado. ¡Uf! A saber dónde estará ese informe… Lo buscaré. Pasa mañana por
la tarde a ver si ha habido suerte. Aunque sí te puedo decir que no creo que
encuentres vivas a las personas que la ingresaron. Esta mujer ya estaba aquí
cuando yo entré a trabajar hace veinticinco años. Cuando me ascendieron a
director, mi antecesora me contó que estaba aquí ya cuando ella comenzó, pero
que entonces era una trabajadora interna. Pasaba las noches aquí cuidando de
los ancianos al igual que lo hacía durante el día. Sólo paraba de trabajar a
las seis y media de la tarde para realizar exactamente el mismo ritual que
realiza hoy en día y a las ocho volvía al trabajo para el turno de cenas. Las
monjas que le vendieron el asilo a mi antecesora le dijeron que esa mujer había
de pasar aquí trabajando el resto de sus días. El asilo firmó un contrato con
sus padres el día que la ingresaron y no se puede romper. Pero claro que lo
rompimos. Cuando ya no estaba en edad de trabajar le dijimos que ya no tenía
que hacerlo más, y le dejamos vivir aquí. No tiene lugar al que ir. ¿Sus
padres? Me horroricé. Pero, ¿qué hizo para merecer eso? Eso se lo llevaron las
monjas en forma de secreto. Lo que sí que dijeron es que ella mismo plantó el
sauce llorón que hay en el jardín para sentarse cada tarde a su sombra durante
una hora y media a descansar.
Quedé petrificada por esta
historia. Ahora, más que nunca necesitaba saber qué pasó. Por qué va cada tarde
a la misma hora a su sauce. Por qué la flor. Por qué un sauce. Qué hizo.
Jamás se encontró su informe,
pero aún así me senté cada día a su lado en el sofá y pregunté preguntas sin
respuesta. Hasta que simplemente me dediqué a hacerle compañía intentando
adivinar lo que pasaba por su mente. Y cada tarde me sentaba a su lado junto a
su sauce llorón esperando a que me hablara. Pero nunca hablaba. Y así pasé mis
primeros dos años aquí, hasta que la semana pasada me habló.
Hoy me ha traído una flor, la
más bonita de todas las que hay aquí, dijo señalando una pequeña flor que
arrancó antes de sentarse bajo a su sauce llorón. Sí que es bonita, contesté
sorprendida. Siempre escoge las más bonitas para mí, dijo con la mirada más
radiante, con la sonrisa más enamorada que he visto jamás. Cerró los ojos sin
dejar de sonreír y no dijo nada más aquella tarde.
Ayer no arrancó ninguna flor y
me atreví a preguntarle. ¿No ha venido? Siempre, para siempre, respondió. No ha
traído flor, le dije. No habrá encontrado ninguna lo suficientemente bonita,
pero no pasa nada, me basta con que esté aquí conmigo. La misma mirada, la
misma sonrisa. Y yo cada vez más perdida. Y antes de levantarse volvió a
repetir siempre, para siempre, con una lágrima rodándole por la mejilla. Aunque
su sonrisa enamorada no desapareció.
Esta mañana, mientras
esperábamos en el sofá, se me ocurrió preguntarle qué significaba siempre, para
siempre. Apartó la mirada del reloj para mirarme. Una mirada lúcida. La
profundidad del mar Mediterráneo ante mis ojos. A las seis y media. Siempre.
Para siempre. Volvió a mirar al reloj y volvió a ser la de siempre.
Esta tarde no ha arrancado
ninguna flor. Nos hemos sentado bajo las ramas del sauce llorón y, sin dejar de
sonreír, me ha mirado tranquilamente y me ha contado: me llamo Manuela Díaz
Antúnez. Mi padre, Antonio Díaz Juárez, una de las grandes fortunas de la
ciudad, me trajo aquí hace setenta y cuatro años. Mi condena, pasar mi vida cuidando a los ancianos que viniesen al asilo de día y de
noche. Las monjas que antes llevaban esto, al firmar aquel contrato, accedieron
a ingresar en sus cuentas una buena suma mensual…
Me ha sorprendido tanto saber de
ella que no he podido articular palabra…
Este mi castigo. Mi pecado,
Rosita… Su cara se transformó en esa pura felicidad en la que se transformaba
cada tarde bajo su sauce. Hace muchos años, toda una vida, acompañaba a mi
madre por el centro de la ciudad cuando nos cruzamos con unos ojos muy
intensos, negros. Muy grandes, negros. Muy redondos, negros. Muy brillantes,
negros. Esos ojos se quedaron en mi mente hasta tres días después, cuando los
volví a ver en casa de mis padres. Para mi sorpresa la dueña de esos ojos, un
par de años mayor que yo, había venido a pedir trabajo.
Era inmigrante y necesitaba trabajar, de lo que fuese, era buena en cualquier
cosa. Acabó trabajando en la cocina. Realmente era buena. Cada tarde libraba de
seis y media a ocho y empezamos a acostumbrarnos a hablar y pasear
todos los días. Cuando mi padre se enteró me amonestó. No debes pasear en
compañía del servicio, Manuela. Has de buscar compañías que no retrasen su
formación como señorita. Pero ya era tarde, Rosita y yo sólo esperábamos que
llegasen las seis y media para hablar. Así que para que no nos vieran nos
íbamos al rincón más alejado del jardín de atrás de la casa y nos escondíamos bajo
las ramas de un sauce llorón que había allí.
Durante esas tardes escondidas
me enteré de que no había sido casualidad que pidiese trabajo a mis padres. Me
enteré de que ella también se fijó en mis ojos. Me enteré de que no pudo evitar
seguirnos para averiguar dónde encontrarme. Me enteré que no podría volver a
separarme de ella en mi vida.
Era Mayo. Había muchas flores.
Siempre cogía la más bonita para mí. Antes de irnos yo besaba la flor sin dejar
de mirar aquellos ojos. Ella besaba la flor sin dejar de mirarme a los ojos.
Nunca me olvidaré de aquella mirada. Mañana a las seis y media se despedía.
Siempre, decía yo, para siempre. La flor siempre se quedaba junto al sauce.
Ella se iba y yo esperaba un rato. Yo me iba y las dos fingíamos no vernos.
Pero un día mi madre paseó cerca
del sauce y nos vio. Me llevó a casa a tirones. Me gritaron. Me insultaron. Me pegaron. Al día siguiente me trajeron
aquí. Firmaron el contrato. Y no volví a verlos. Y no la volví a ver. Y las
monjas se santiguaban cada vez que me veían. Y les pedí plantar un sauce para que
hiciese sombra en el jardín y poder descansar. Y me creyeron. Y lo planté. Y no
sé qué habrá sido de ella. Y vengo cada día a nuestra hora para estar con su
recuerdo, con sus ojos. Y seguiré viniendo siempre, cada día, para siempre.
Mi única reacción fueron las
lágrimas.
Sé que ella, en algún lugar, también acudirá siempre, a las seis y
media, para siempre.
Pero, ¿cómo puedes estar tan
segura?
Lo sé…
Marginamos al
“políticamente incorrecto”, vivimos de apariencias, nos ponemos máscaras que
nos vienen grandes… ¿Pensáis que somos felices así? J

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