Sólo supe que la había echado de
menos cuando volví a verla tres semanas después. Fue entonces cuando me di
cuenta de que algo importante me había faltado esas semanas. No sé quién es,
pero me acabo de dar cuenta de que ilumina las tardes de los sábados. Es la
única persona de las que veo que no mira al suelo o a los escaparates. Ella va
despacio, sonriendo, mirando un sueño con esos ojos tan oscuros y brillantes.
¿Por qué no habrá más gente así?
Perdone joven, ¿nos conocemos?
Sin darme cuenta no he dejado de mirarla mientras me dejaba llevar por mis
pensamientos. No, perdone si la he incomodado. Simplemente estaba pensando que
hacía semanas que no la veía. Ah, como he visto que me miraba así y a mí ya me
empieza a fallar la memoria… ¿Qué quiere decir que no me ve desde hace semanas?
Defecto profesional, supongo. No la entretengo, siga su camino. Seguro que nos
vemos el sábado que viene. ¿Tiene usted tiempo? Me pregunta. Me ha dejado usted
llena de curiosidad y siempre voy con mucho tiempo de sobra a mis citas. ¿Me
invita a un té y me explica?
¿Citas? Ahora era a mí a quien
corroía la curiosidad… Ofrezco mi brazo a su anciana mano y vamos a sentarnos
en una cafetería cercana.
Dígame, ¿cómo es
que ha puesto esta cara de felicidad cuando me ha visto si no me conoce? Me
pregunta. Como ya le he dicho debe de ser defecto profesional. Supongo que los
que ejercemos la psicología nos fijamos más de lo normal en la gente, o a lo
mejor soy sólo yo, no lo sé. El caso es que me gusta observar a la gente con
la me cruzo por la calle, sus
movimientos, sus expresiones, la posición de su cuerpo… Raro, ¿no?
Hace dos años que llegué a esta
ciudad por trabajo. Como libro los sábados por la tarde, aprovecho realizar las
compras semanales. Ya el primer sábado que pasé en la ciudad no pude evitar
fijarme en usted, creo que sólo conozco a otra persona que sonría así. Me
encanta esa sonrisa y el brillo de su mirada. Lo siento, no quiero incomodarla,
pero es así. Durante estas semanas me ha extrañado mucho no verla, pero pensé
que igual se había ido de vacaciones a algún lado, que tenía visita… Vaya usted
a saber, en estas fechas puede haber mil motivos para no estar paseando por el
centro el sábado por la tarde. Y hoy me he dado cuenta de que realmente me
alegra la tarde ver esa sonrisa y esos ojos. Sí. La he echado de menos. Espero
que no le moleste que se lo diga así.
¡Uy! No, qué va. ¿Cómo me va a
molestar? Es lo más bonito que me han dicho en muchos años. Sinceramente, nunca
me he dado cuenta de si sonrío o no, pero sí, seguro que lo hago. No puedo
evitar sonreír cuando pienso en mi gran amor. Y si usted siempre viene por aquí
a la misma hora me ve justo cuando voy a mi cita diaria, es normal que me vea sonriendo. Me confiesa. Las citas
de las que me habló antes… Se me escapa. No vaya usted a psicoanalizarme, ¿eh,
joven? Me ruborizo. No, perdone, es mera curiosidad. No se moleste pero, me ha
extrañado que una mujer de su edad tenga citas…
Una risa, abierta, clara,
juvenil, sincera sale de sus labios. Una risa que parece robada, que parece no
pertenecer a ese rostro tan ajado. No puedo evitar sonreírme. O sea que, según
los psicoanalistas de hoy en día, las mujeres de noventa y un años no podemos
acudir a citas, ¿no? Pues acudo a bastantes con mi médico de cabecera
últimamente. Los dos reímos sin poder ni querer contenernos durante un rato. De
hecho, si no me ha visto usted estas semanas es porque he tenido unos
problemillas de salud. Pero nada grabe.
Así que, el gran amor de su vida
es su médico de cabecera, me río. De pronto le cambia la cara, la melancolía y
la tristeza sustituyen a la alegría de cada sábado. Lo siento, no quería
molestar. Cambiemos de tema.
No, joven, no. No es el médico
de cabecera. ¿Me puede hacer un favor? Hace mucho que no hablo así con nadie.
¿Le importa acompañarme? Le hablaré de mi amor por el camino, así no se
sorprenderá cuando lleguemos. No me gustaría llegar tarde. No lo he hecho en
toda mi vida. Por supuesto, la acompaño. Le ofrezco mi brazo y nos ponemos en
camino.
Tras unos segundos de silencio
pregunto ¿dónde vamos? Aquí cerca, quince minutos andando como mucho. Al jardín
del caserón. ¿Lo conoce? Claro que lo conozco. Un parque precioso. Sí, el más
bonito de la ciudad. Cuando yo era niña y el parque era realmente el jardín de
los señores más ricos de la ciudad yo ya correteaba entre sus árboles. ¿Sí? Me
sorprendo. ¿Ha vivido toda la vida en esta ciudad? Curioseo. No, toda la vida
no, pero casi…
Mis padres son ecuatorianos.
Bueno, y no también. Nací allá. Pero siendo yo muy niña tuvimos que salir del
país buscando una vida mejor. El destino nos trajo a España, donde mi padre nos
llevaba a mi madre y a mí de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de trabajo
en trabajo. Llegamos a esta ciudad cuando yo acababa de cumplir los diecisiete
años. Ha pasado toda una vida ya. Se agacha con mucho esfuerzo y coge una flor,
la huele y vuelve a mostrarme esa sonrisa que tanto he echado de menos estas
semanas. Sonríe a su pasado, a sus recuerdos, a la vida que fue…
Ya llevábamos tres semanas en la
ciudad. Yo quería encontrar trabajo para ayudar a mis padres y poder asentarnos
en un hogar fijo. Ya estaba cansada de tanto viaje. Cada tarde daba vueltas por
el pueblo de tienda en tienda, de casa en casa, buscando a quien necesitase de
mis servicios, para limpiar, cuidar niños, cocinar… Lo que fuese. Necesitaba
trabajar ya. Un día no pude evitar fijarme en unos ojos como no había visto
otros. Unos ojos de forma perfecta, de pestañas largas y de color único. Los
segundos en los que los estuve mirando sentí como que estaba mirando al mar a
la cara. Intensos. Eran los ojos de una niña de cabellos largos y dorados. Iba
acompañada de su madre. No pude evitar seguirlas. Entraron en la gran casa que
coronaba estos jardines… Tardé tres días en reunir fuerzas para llamar a la
puerta de la casa y pedir trabajo. Me ofrecieron un puesto en la cocina y
acepté sin dudarlo. Y ahí estaban esos ojos de mar, rodeados de los rasgos más
delicados que había visto nunca. No tardamos en hacernos amigas, las dos de
edades parecidas. Quedábamos para pasear y hablar cada tarde en mi hora libre.
Pero era una amistad que no gustaba mucho a sus padres. Por lo que acabamos
escondiéndonos para poder vernos. No se escandalice, joven. Ella es el gran
amor al que vengo a ver cada tarde.
La historia me absorbe tanto que
no me doy cuenta de que hemos atravesado todo el parque. Estamos al lado del
gran sauce llorón que marca el límite sur. Miro el reloj. Las seis y
veinticinco de la tarde. No puedo articular palabra alguna.
Es justo aquí donde nos
escondíamos para poder vernos cada día. Es justo aquí donde todo acabó. Es
justo aquí donde todo sigue cada día. Créame, joven, es imposible que nadie
haya llegado a ser tan feliz como nosotras lo fuimos aquel mes de mayo, hace ya
más de setenta años. Pero su madre nos vio. Se la llevó de mi lado con unos
gritos horrendos. No creo que tenga fuerzas de volver a oír lo que escuche de
boca de la gran señora aquella tarde. Fui corriendo a la casa. Preocupada.
Asustada. El señor me llamó a su despacho. Y me gritó. Y me golpeó. Y me insultó.
Y siguió golpeándome. Y me escupió. Y no paraba de golpearme. Y cuando
desperté, cuatro días después, ya no estaba en la casa. Estaba en el hospital.
Y cuando mi carne cicatrizó y mis huesos soldaron volví a la casa. Y allí no
había nadie. Y nadie supo decirme qué había pasado con Manuela. Y nadie volvió
jamás a esa casa. Y desde aquel día vengo cada tarde a la misma hora que nos
veíamos. Y le traigo las flores más bonitas. Y sé que allá donde esté ella
seguirá acordándose de mí cada tarde… Porque lo nuestro es para siempre.
Con todo el vello del cuerpo
erizado no puedo evitar que las lágrimas llenen mis ojos. Perdone pero me acabo
de dar cuenta de que no le he preguntado su nombre... Ella
vuelve de sus recuerdos y responde con una amplia sonrisa aun con mi edad, me
siguen llamando Rosita. Emoción, alegría, nervios, ansia explotaron en mi pecho
¿Puedo preguntarle qué le pasó después de todo aquello? Claro. Mis padres, al
saber lo sucedido, vinieron al hospital para insultarme y anunciarme que no me
empeñase en buscarlos, renegaron de mí. Le di lástima al director del hospital
y me contrató para limpiar las habitaciones y cambiar las camas. Accedió a
dejarme libre todas las tardes para poder estar aquí a las seis y media siempre
que a las ocho volviese a estar allí. Y allí estuve hasta que me jubilé.
¿Le puedo pedir un favor,
Rosita? Claro, joven. Mire, hace dos años que vine aquí para trabajar
en la sección de psicología de un centro que hay al otro lado de la ciudad. No
sé si sabe dónde le digo. Un centro de mayores que antes era regentado por
monjas… Sí, sé dónde me dice, usted. No querrá ingresarme, ¿no? Aunque sea
mayor me valgo perfectamente. Le recuerdo que me ha dicho que no iba a
psicoanalizarme. No, no me malinterprete, no quiero ingresarla, ni mucho menos.
Sólo quiero que conozca otra gente de su edad. Mañana por la tarde yo estaré
allí. Venga usted también, por favor. Pero le acabo de decir que cada tarde
tengo una cita y, aunque me cae muy bien, no voy a romper mi promesa por usted, no se ofenda. No se preocupe por su cita. Nosotros, en nuestro jardín también
tenemos un sauce llorón. Le prometo que a las seis y media podrá salir usted y
podrá estar allí hasta las ocho sin que nadie le moleste. Nadie le hará
preguntas. Por favor. No se lo pediría si no fuese importante. Creo que mis
lágrimas la han convencido porque le arranco una promesa. Mañana a las cinco
estará en el centro. La creo. Vendrá.
Se nota en su mirada que le
duele saber que va a separarse de su sauce llorón una tarde. Como si le fallase
a su gran amor. Quédese tranquila, Rosita. Nuestro sauce la enamorará tanto
como la enamoró este.
No esté usted tan segura. Este
sauce llorón es lo más especial que he tenido todos estos años.
Créame, el nuestro también
lo es. Muy especial. Ya lo verá. La enamorará.
¿Cómo puede saberlo?
Lo sé…
Hay quien lo
llama casualidad. Hay quien lo llama destino… ¿Vosotros cómo lo llamaríais? J

No hay comentarios:
Publicar un comentario