jueves, 14 de agosto de 2014

PARA SIEMPRE

Sólo supe que la había echado de menos cuando volví a verla tres semanas después. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo importante me había faltado esas semanas. No sé quién es, pero me acabo de dar cuenta de que ilumina las tardes de los sábados. Es la única persona de las que veo que no mira al suelo o a los escaparates. Ella va despacio, sonriendo, mirando un sueño con esos ojos tan oscuros y brillantes. ¿Por qué no habrá más gente así?
Perdone joven, ¿nos conocemos? Sin darme cuenta no he dejado de mirarla mientras me dejaba llevar por mis pensamientos. No, perdone si la he incomodado. Simplemente estaba pensando que hacía semanas que no la veía. Ah, como he visto que me miraba así y a mí ya me empieza a fallar la memoria… ¿Qué quiere decir que no me ve desde hace semanas? Defecto profesional, supongo. No la entretengo, siga su camino. Seguro que nos vemos el sábado que viene. ¿Tiene usted tiempo? Me pregunta. Me ha dejado usted llena de curiosidad y siempre voy con mucho tiempo de sobra a mis citas. ¿Me invita a un té y me explica?
¿Citas? Ahora era a mí a quien corroía la curiosidad… Ofrezco mi brazo a su anciana mano y vamos a sentarnos en una cafetería cercana.
Dígame, ¿cómo es que ha puesto esta cara de felicidad cuando me ha visto si no me conoce? Me pregunta. Como ya le he dicho debe de ser defecto profesional. Supongo que los que ejercemos la psicología nos fijamos más de lo normal en la gente, o a lo mejor soy sólo yo, no lo sé. El caso es que me gusta observar a la gente con la  me cruzo por la calle, sus movimientos, sus expresiones, la posición de su cuerpo… Raro, ¿no?
Hace dos años que llegué a esta ciudad por trabajo. Como libro los sábados por la tarde, aprovecho realizar las compras semanales. Ya el primer sábado que pasé en la ciudad no pude evitar fijarme en usted, creo que sólo conozco a otra persona que sonría así. Me encanta esa sonrisa y el brillo de su mirada. Lo siento, no quiero incomodarla, pero es así. Durante estas semanas me ha extrañado mucho no verla, pero pensé que igual se había ido de vacaciones a algún lado, que tenía visita… Vaya usted a saber, en estas fechas puede haber mil motivos para no estar paseando por el centro el sábado por la tarde. Y hoy me he dado cuenta de que realmente me alegra la tarde ver esa sonrisa y esos ojos. Sí. La he echado de menos. Espero que no le moleste que se lo diga así.
¡Uy! No, qué va. ¿Cómo me va a molestar? Es lo más bonito que me han dicho en muchos años. Sinceramente, nunca me he dado cuenta de si sonrío o no, pero sí, seguro que lo hago. No puedo evitar sonreír cuando pienso en mi gran amor. Y si usted siempre viene por aquí a la misma hora me ve justo cuando voy a mi cita diaria, es normal que me vea sonriendo. Me confiesa. Las citas de las que me habló antes… Se me escapa. No vaya usted a psicoanalizarme, ¿eh, joven? Me ruborizo. No, perdone, es mera curiosidad. No se moleste pero, me ha extrañado que una mujer de su edad tenga citas
Una risa, abierta, clara, juvenil, sincera sale de sus labios. Una risa que parece robada, que parece no pertenecer a ese rostro tan ajado. No puedo evitar sonreírme. O sea que, según los psicoanalistas de hoy en día, las mujeres de noventa y un años no podemos acudir a citas, ¿no? Pues acudo a bastantes con mi médico de cabecera últimamente. Los dos reímos sin poder ni querer contenernos durante un rato. De hecho, si no me ha visto usted estas semanas es porque he tenido unos problemillas de salud. Pero nada grabe.
Así que, el gran amor de su vida es su médico de cabecera, me río. De pronto le cambia la cara, la melancolía y la tristeza sustituyen a la alegría de cada sábado. Lo siento, no quería molestar. Cambiemos de tema.
No, joven, no. No es el médico de cabecera. ¿Me puede hacer un favor? Hace mucho que no hablo así con nadie. ¿Le importa acompañarme? Le hablaré de mi amor por el camino, así no se sorprenderá cuando lleguemos. No me gustaría llegar tarde. No lo he hecho en toda mi vida. Por supuesto, la acompaño. Le ofrezco mi brazo y nos ponemos en camino.
Tras unos segundos de silencio pregunto ¿dónde vamos? Aquí cerca, quince minutos andando como mucho. Al jardín del caserón. ¿Lo conoce? Claro que lo conozco. Un parque precioso. Sí, el más bonito de la ciudad. Cuando yo era niña y el parque era realmente el jardín de los señores más ricos de la ciudad yo ya correteaba entre sus árboles. ¿Sí? Me sorprendo. ¿Ha vivido toda la vida en esta ciudad? Curioseo. No, toda la vida no, pero casi…
Mis padres son ecuatorianos. Bueno, y no también. Nací allá. Pero siendo yo muy niña tuvimos que salir del país buscando una vida mejor. El destino nos trajo a España, donde mi padre nos llevaba a mi madre y a mí de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de trabajo en trabajo. Llegamos a esta ciudad cuando yo acababa de cumplir los diecisiete años. Ha pasado toda una vida ya. Se agacha con mucho esfuerzo y coge una flor, la huele y vuelve a mostrarme esa sonrisa que tanto he echado de menos estas semanas. Sonríe a su pasado, a sus recuerdos, a la vida que fue…
Ya llevábamos tres semanas en la ciudad. Yo quería encontrar trabajo para ayudar a mis padres y poder asentarnos en un hogar fijo. Ya estaba cansada de tanto viaje. Cada tarde daba vueltas por el pueblo de tienda en tienda, de casa en casa, buscando a quien necesitase de mis servicios, para limpiar, cuidar niños, cocinar… Lo que fuese. Necesitaba trabajar ya. Un día no pude evitar fijarme en unos ojos como no había visto otros. Unos ojos de forma perfecta, de pestañas largas y de color único. Los segundos en los que los estuve mirando sentí como que estaba mirando al mar a la cara. Intensos. Eran los ojos de una niña de cabellos largos y dorados. Iba acompañada de su madre. No pude evitar seguirlas. Entraron en la gran casa que coronaba estos jardines… Tardé tres días en reunir fuerzas para llamar a la puerta de la casa y pedir trabajo. Me ofrecieron un puesto en la cocina y acepté sin dudarlo. Y ahí estaban esos ojos de mar, rodeados de los rasgos más delicados que había visto nunca. No tardamos en hacernos amigas, las dos de edades parecidas. Quedábamos para pasear y hablar cada tarde en mi hora libre. Pero era una amistad que no gustaba mucho a sus padres. Por lo que acabamos escondiéndonos para poder vernos. No se escandalice, joven. Ella es el gran amor al que vengo a ver cada tarde.
La historia me absorbe tanto que no me doy cuenta de que hemos atravesado todo el parque. Estamos al lado del gran sauce llorón que marca el límite sur. Miro el reloj. Las seis y veinticinco de la tarde. No puedo articular palabra alguna.
Es justo aquí donde nos escondíamos para poder vernos cada día. Es justo aquí donde todo acabó. Es justo aquí donde todo sigue cada día. Créame, joven, es imposible que nadie haya llegado a ser tan feliz como nosotras lo fuimos aquel mes de mayo, hace ya más de setenta años. Pero su madre nos vio. Se la llevó de mi lado con unos gritos horrendos. No creo que tenga fuerzas de volver a oír lo que escuche de boca de la gran señora aquella tarde. Fui corriendo a la casa. Preocupada. Asustada. El señor me llamó a su despacho. Y me gritó. Y me golpeó. Y me insultó. Y siguió golpeándome. Y me escupió. Y no paraba de golpearme. Y cuando desperté, cuatro días después, ya no estaba en la casa. Estaba en el hospital. Y cuando mi carne cicatrizó y mis huesos soldaron volví a la casa. Y allí no había nadie. Y nadie supo decirme qué había pasado con Manuela. Y nadie volvió jamás a esa casa. Y desde aquel día vengo cada tarde a la misma hora que nos veíamos. Y le traigo las flores más bonitas. Y sé que allá donde esté ella seguirá acordándose de mí cada tarde… Porque lo nuestro es para siempre.
Con todo el vello del cuerpo erizado no puedo evitar que las lágrimas llenen mis ojos. Perdone pero me acabo de dar cuenta de que no le he preguntado su nombre... Ella vuelve de sus recuerdos y responde con una amplia sonrisa aun con mi edad, me siguen llamando Rosita. Emoción, alegría, nervios, ansia explotaron en mi pecho ¿Puedo preguntarle qué le pasó después de todo aquello? Claro. Mis padres, al saber lo sucedido, vinieron al hospital para insultarme y anunciarme que no me empeñase en buscarlos, renegaron de mí. Le di lástima al director del hospital y me contrató para limpiar las habitaciones y cambiar las camas. Accedió a dejarme libre todas las tardes para poder estar aquí a las seis y media siempre que a las ocho volviese a estar allí. Y allí estuve hasta que me jubilé.
¿Le puedo pedir un favor, Rosita? Claro, joven. Mire, hace dos años que vine aquí para trabajar en la sección de psicología de un centro que hay al otro lado de la ciudad. No sé si sabe dónde le digo. Un centro de mayores que antes era regentado por monjas… Sí, sé dónde me dice, usted. No querrá ingresarme, ¿no? Aunque sea mayor me valgo perfectamente. Le recuerdo que me ha dicho que no iba a psicoanalizarme. No, no me malinterprete, no quiero ingresarla, ni mucho menos. Sólo quiero que conozca otra gente de su edad. Mañana por la tarde yo estaré allí. Venga usted también, por favor. Pero le acabo de decir que cada tarde tengo una cita y, aunque me cae muy bien, no voy a romper mi promesa por usted, no se ofenda. No se preocupe por su cita. Nosotros, en nuestro jardín también tenemos un sauce llorón. Le prometo que a las seis y media podrá salir usted y podrá estar allí hasta las ocho sin que nadie le moleste. Nadie le hará preguntas. Por favor. No se lo pediría si no fuese importante. Creo que mis lágrimas la han convencido porque le arranco una promesa. Mañana a las cinco estará en el centro. La creo. Vendrá.
Se nota en su mirada que le duele saber que va a separarse de su sauce llorón una tarde. Como si le fallase a su gran amor. Quédese tranquila, Rosita. Nuestro sauce la enamorará tanto como la enamoró este.
No esté usted tan segura. Este sauce llorón es lo más especial que he tenido todos estos años.
Créame, el nuestro también lo es. Muy especial. Ya lo verá. La enamorará.
¿Cómo puede saberlo?
Lo sé…



Hay quien lo llama casualidad. Hay quien lo llama destino… ¿Vosotros cómo lo llamaríais? J

No hay comentarios:

Publicar un comentario