domingo, 24 de agosto de 2014

MANOS ENLAZADAS

Una mañana más. La misma hora. El mismo andén. La misma gente esperando el mismo tren. Pero no es una mañana como las demás. Hoy todo está más triste de lo normal en el ya de por sí triste andén de las seis de la mañana.
Todo el mundo está en su sitio: el joven que intenta que la música de sus cascos lo ayude a no dormirse para no perder el tren, la mujer mirando las vías y soñando con la rosa roja que lleva dentro de la novela de su regazo, la pareja que habla a susurros por miedo a romper el silencio dormido de esas horas, la buena estudiante que repasa con ahínco los apuntes del día anterior, yo en mi rincón observándolo todo mientras espero y él.
Pero a todos nos falta algo. Sobre todo a él. Él y yo sabemos que no volveremos a escuchar esa risa cargada de cafeína que se encargaba de despertarnos cada día a estas horas. Él y yo sabemos que no volveremos a disfrutar de esa voz clara, esa voz que no tenía miedo del silencio.
Hace diez meses apareció por primera ver en nuestro andén (no puedo evitar considerarlo de nuestra propiedad a esa hora. Siempre los mismos. Siempre en la misma posición. Siempre esperando lo mismo). Imposible no fijarse en ella, aunque lo primero que hicimos fue escucharla. Ya entró en el andén riéndose. Carcajadas limpias. Carcajadas sonoras. Carcajadas llenas de vida. Carcajadas que nos sacaron a todos de nuestro sopor matutino. No pudimos evitar mirarla extrañados. Perdón, se disculpó al darse cuenta de que todos la mirábamos. Acaba de llegarme algo muy gracioso y no he podido evitar reírme, se sonrojó.
Su rubor siguió aumentando cuando lo vio mirándola extrañado. Su cara cambió. En su sonrisa se abrió el reconocimiento. En sus ojos brilló el recuerdo de todo lo imaginado por una niña y que nunca pasó. ¡Hola! Veo que no me recuerdas, ¿verdad?, dijo sentándose a su lado. Ante sus ojos de extrañeza continuó, claro hace tanto tiempo. Ella no susurraba. Ella hablaba sin miedo. Creo que ese fue el motivo por el que decidí acercarme y volver a robar unas conversaciones que sólo les pertenecían a ellos. Lo siento, pero no sé quién es señorita. Sí, claro que lo sabes… ¿Te acuerdas de cuando vivías en casa de tus padres? ¿Te acuerdas de la niña regordeta que vivía en frente? Hizo una mueca divertida señalándose.
La sorpresa se fue abriendo paso en su rostro y la incredulidad en sus ojos. ¿Tú? Pero, ¿cómo quieres que te reconozca? ¡Dios, cómo has cambiado! ¡Claro que he cambiado! Con todo el tiempo que hace que no nos vemos… Sin embargo tú estás exactamente igual, su sonrisa se alegra sinceramente del reencuentro. ¿Cómo voy a estar igual después de más de veinte años? Se extraña él. Si no lo estuvieras me hubiese pasado como a ti, ¿no? No te hubiese reconocido. Vuelve a reír. ¿Reconocerte? ¿Cuántos años tenías cuando me fui del barrio?, pregunta. Sí, te fuiste a la universidad y ya no volviste. Yo tenía seis años. ¿Y te extraña que no te reconozca?
Los dos entraron riendo al tren. Un tren que se llenó de recuerdos y de sonrisas. Durante las primeras conversaciones que les robé supe que cuando acabó la universidad él volvió a la ciudad, pero con una vida ya hecha. Que trabaja desde entonces en el mismo sitio, a jornada completa en la capital. Ella sólo trabaja por las tardes, así que aprovechó para apuntarse a un curso semipresencial. Los lunes y los martes por la mañana tenía que pasarlos en la capital. El resto de mañanas las iba a dedicar a estudiar. Él casado desde hace años, un matrimonio que ya había caído en la rutina, en la monotonía, en el cariño sin amor, en la costumbre. Era su hijo preadolescente lo que llenaba realmente su vida. Ella enamorada de su vida. Llena de proyectos.
Durante las primeras semanas descubrí cómo fueron esos años en el barrio. Descubrí que no sólo hablaban con la voz, hablaban con todo el cuerpo. Descubrí que en sus ojos comenzaba a brillar la ilusión de lo que podría ser. Descubrí que se sentaban cada vez más juntos. Descubrí su recuerdo preferido… ¡Cuántas veces habré contado la historia de la niña que me seguía sin parar! Rió él mientras recordaban. ¡Sí!, lo acompañó en sus risas. Y me empeñaba en cogerte la mano, ¿recuerdas? Y tú me decías aquella chulería que me sentaba tan mal “tu mano le viene muy pequeña a la mía”, me dejabas plantada y te ibas a chulear delante de la rubia aquella…
Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Sin decir nada él enlazó sus dedos con los de ella. Ahora encajan a la perfección, dijo mirándola a los ojos. Y algo explotó en su interior. Y algo intenso los unió en ese momento, y los unió para siempre. Y sus ojos se besaron por primera vez. Y sus manos ya no se separaron.
Cada lunes y cada martes lo primero que hacían al verse es enlazar sus manos. Y hablar de ellos. Hablar de su presente. Hablar de su pasado. Entre los dos una norma no escrita: no hablar del matrimonio que, en el fondo, sabían que jamás se iba a romper. Hablaban y reían. Hablaban y disfrutaban de ese momento juntos, su momento. Hablaban soñando con que todo podría quedarse así para siempre. Hablaban con la voz y sus ojos se besaban con el alma, con el corazón. Y sus manos enlazadas.
El resto de la semana el andén se veía más triste. A él se lo adivinaba ansioso por que llegase el momento de volver a verla, de volver a enlazar sus manos.
Ayer ella llegó muy nerviosa. Tenía el examen final y no quería fallar. El la tranquilizó enlazando con ternura sus dedos entre los de ella. Y se dieron cuenta de que era el último lunes. Y se dieron cuenta de que los recuerdos se quedan en la memoria. Y se dieron cuenta de que su matrimonio es presente. Y se dieron cuenta de que su futuro no está en un tren. Y en su cuerpo tristeza. Y en sus ojos desesperación. Y en sus manos la añoranza de saber que no volverán a enlazarse. Y llegaron a la capital. Y llegó la hora de separarse. Y no podían. Y sus manos encajadas a la perfección. Y sus ojos se besaron más que nunca. Se besaron con la desesperación de las despedidas indeseadas.
Y hoy en el andén sólo se escucha el silencio. Se nota su tristeza y su amargura. Ella no viene. Él mira su mano y la cierra con fuerza intentando retener el recuerdo de su tacto. Él aprieta los labios añorando los besos que nunca se dieron.Y subimos al tren que ya no tiene recuerdos ni sonrisas. Vuelve a ser el tren de siempre, soporífero a las seis de la mañana.
¡Uf! Creía que no llegaba, nos altera una voz que sube de un salto al vagón. Perdón por el retraso pero he tenido una mañana de perros, sonríe. Y se sienta junto a él. Y enlazan sus manos sin pensarlo. Y le explica a sus ojos sorprendidos que va a aprovechar las mañanas para ir a la capital a buscar trabajo a media jornada. Le explica a sus labios paralizados que quiere combinarlo con su trabajo vespertino. Le explica a las lágrimas que caen por sus mejillas que igual lo encuentra enseguida que le lleva toda una vida. Le asegura al amor de su vida que le da igual porque le encanta ese tren. Y sus sonrisas se miran felices sabiendo que las mañanas son suyas. Y sus ojos se besan con la pasión del reencuentro, sabiendo que ese tren es lo que les salva de su presente. Y sus manos se enlazan. Ya no se sueltan. Encajan a la perfección.



¿Creéis que la felicidad está en tenerlo todo? Yo creo que está en disfrutar de lo que se tiene, aunque parezca poco J

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