Era noche oscura, ninguna
estrella la iluminaba. Era noche oscura, la luna llena se escondía tras las
nubes espesas. Y llovía. Llovía con fuerza. Llovía con rabia. Llovía con
desesperación.
En su habitación, iluminada por
la tenue luz de una lámpara de noche, sentado en su gran cama, acuna
tiernamente al pequeño acomodado entre sus brazos. Lo acuna mientras tararea la
canción que sabe que más le gusta. Lo acuna y no puede evitar que una gota de
tristeza resbale por su mejilla.
¿Por qué lloras papá? Se
preocupa el pequeño, ¿estás triste? ¿Lo
dices por esta lágrima, cariño? Ha salido sin querer. No te preocupes. Es
porque me voy con mamá, ¿verdad? Todos dicen que es mejor así, que así nadie
sufre más. Pero no quiero que te quedes triste. Veo que sigues escuchando a escondidas nuestras conversaciones… Sí, se
supone que se acabará todo. No más sufrimientos. Cada vez más lágrimas se
precipitan por sus mejillas. Pero
entenderás que te voy a echar de menor, ¿verdad? Eres lo más grande que me ha
pasado nunca. Eres el hijo que todo padre quisiera tener. Eres lo que me ha
dado la vida estos últimos años. Eres lo que me ha dado ganas de seguir
adelante. Sé que tu madre te va a cuidar como nadie y que vas a estar tranquilo
y bien. Pero no vas a estar aquí. Es tristeza. Es saber que voy a pensar en ti
cada día, a cada hora, a cada minuto. Es saber que me va a doler mucho que te
vayas. Es añoranza. Es saber que te voy a echar mucho de menos. Pero nos
vamos a volver a ver papá, dice el pequeño intentando frenar las lágrimas. Sí, cariño. Por supuesto que nos volveremos
a ver. Voy a estar pensando en ti sin parar hasta ese día. Intenta dibujar
una mueca divertida, pero lo único que dibuja es desesperación y tristeza.
¿Voy a dormir, papá? Sí, cariño. Creo que es hora. Cierra los
ojos y duerme. Descansa. Estoy nervioso. ¿Me cuentas el cuento del héroe
otra vez? Nunca me cansaré de escucharlo. Por
supuesto, accede llorando mientras sigue meciéndolo.
Hace unos años nació no lejos de aquí un niño destinado a ser un
héroe. Un niño que jamás tendría color en el cabello, ni en las cejas, ni en
las pestañas. Un niño que, aunque veía perfectamente no tenía color en los
ojos. Un niño cuya piel era casi transparente. Un niño tan especial que jamás
vio diferencias entre él y los demás. Un niño tan especial que le encantaba
vivir. Un niño tan especial que, desde que nació, sonreía a todo lo que veía, a
todo lo que le pasaba. Un niño tan especial que jamás lloró por no molestar a
nadie. Un niño tan especial que vivía para intentar hacer felices a todos los
que le rodeaban.
Ya siendo bebé, si veía a alguien serio, a alguien triste, a alguien
preocupado, a alguien estresado, se le acercaba, fuese quien fuese, le cogía un
dedo con su tierna manita y lo miraba con esa cara tan especial hasta que
cambiaba la expresión de su rostro y le arrancaba una sonrisa sincera. Sólo
entonces se ensanchaba la sonrisa del bebé y se alejaba. Por aquel entonces sus
padres ya llegaron a la conclusión de que era un niño mucho más especial de lo
que creían. Era un niño tan especial que no le gustaba la tristeza. Fue por
aquel entonces cuando empezó a conocérselo como “el Pequeño Héroe”.
La respiración del pequeño se
iba relajando mientras su padre continuaba contando…
Sin perder esa sonrisa y esa mirada tan especiales, el Pequeño Héroe
iba creciendo con el único deseo de ver feliz a todo el mundo. Curando a todo
el que necesitase ser feliz. Curando cada vez a más gente.
Un día el Pequeño Héroe entró en casa y se encontró con la tristeza
cara a cara. Algo pasaba. Le sonrió y preguntó “¿qué haces en mi casa?” “He
venido a por tu padre” le contestó. El la miró con esa cara tan especial y le
contestó decidido “no voy a dejar que te lo lleves. Lo sabes, ¿verdad?” La
tristeza emitió una sonora carcajada “eso ya lo veremos”, dijo acomodándose en
la casa. El pequeño fue a ver qué le pasaba a su padre.
Su padre le contó que acababan de llegar del hospital. Y que su madre
estaba enferma. Y que lo habían detectado tarde. Y que no había solución. Y que
quedaba poco tiempo. Y, como un héroe, sonrió cada día animando a sus padres. Y, como un héroe, cogió el dedo de su madre cada día. Y, como un héroe, cogió el dedo
de su padre cada día. Y sonreía de aquella manera tan especial. Y, como un héroe, acompañó a su padre el día del funeral cogiéndolo del dedo.
Y desde ese momento coge el dedo de su padre cada día. Y la tristeza sigue
acomodada en la casa. Y coge el dedo de su padre a cada hora. Y la tristeza se
ríe de él. Y coge el dedo de su padre a cada minuto. Y él está dispuesto a que
la tristeza de marche de allí. Y nadie se dio cuenta de que, al coger el dedo
de alguien, el Pequeño Héroe no sólo eliminaba lo que pudiese pasarle. Cada
dedo triste que cogía le transmitía algo oscuro que lo iba destrozando por
dentro. Sólo él lo sabía. Y no quería decir nada para que el mundo continuase
feliz a su alrededor. Cuando el mundo se dio cuenta ya era demasiado
tarde.
Los músculos del pequeño se
relajan. Su padre lo mira. Llora. Ya no respira…
Y esta vez la tristeza te ha ganado, cariño. Sigue aquí y ya no se
irá. Porque ya te has ido con tu madre. Porque ya no estás. Porque eras lo
único que me importaba en este mundo desde que ella se fue. Porque no me di
cuenta de lo que te estaba haciendo. Porque mi tristeza te destrozó. Porque
intentaste que se fuera y no supe ayudarte. Porque se quedará aquí hasta que
llegue el día en que pueda volver a veros.
Y es verdad, cariño. Tú ya no sufrirás más. Por fin desaparece ese
dolor que has aguantado sonriendo durante estos años. Pero yo sí que sufriré. No
dejaré de sufrir por haberte hecho esto. Y sufrirá el mundo, que ya no tiene a
su héroe para convertir sus desdichas en felicidad.
Ya sé por qué se reía de ti la tristeza, cariño. Se reía porque sabía
lo que te estaba pasando. Sabía que jamás le ganarías. Sabía que la tristeza
del mundo te estaba matando.
Era noche oscura, ninguna
estrella la iluminaba. Era noche oscura, la luna llena se escondía tras las
nubes espesas. Y lloraba. Lloraba con fuerza. Lloraba con rabia. Lloraba con
desesperación.
Tristeza, preocupaciones,
estrés, decepciones… Decidme, ¿realmente vale la pena dejar que nuestra vida
pase así? J

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