domingo, 31 de agosto de 2014

DICEN...

Siempre me acordaré del segundo día más feliz de mi vida. El día en el que supe que vendrías. No sólo fue un día de alegría, fue un día de emoción, tanto tiempo esperando. Fue un día de miedo, ¿estaremos preparados? Fue un día de dudas, ¿lo haremos bien? Y, me acordaré siempre, fue el día en el que empezaron a decir.
Decían qué alegría. Pero sus sonrisas a media asta decían pero por dios, que sois muy mayores. Lo tomarán por vuestro nieto. Tanto tu madre como yo notamos esa hipocresía, pero nos dio igual. Queríamos un hijo, llevábamos tanto tiempo intentándolo… Nos dio igual el dinero. Nos dolieron los fracasos porque cada uno nos hacía pensar que serías inalcanzable. Nos dio igual la edad. Seguimos intentándolo hasta que llegó la buena noticia.
El vientre de tu madre fue creciendo, y decían qué tripa más redonda y más bonita, será niña. El brillo en sus ojos gritaba no sabéis lo que estáis haciendo, será vuestra nieta. Pero nos daba igual tu sexo. Te queríamos a ti, fueses lo que fueses. Éramos felices. Tu madre cada día te sentía más en su interior. Mis manos comenzaron a notarte por el exterior. Cada día estabas más aquí.
Siempre recordaré el día más feliz de mi vida. El día en el que viniste. Al final tubo que ser cesárea. Entonces, tanto los labios como los ojos coincidían al decir. Decían que era normal, si hubiese sido más joven habría sido perfecto, pero a su edad. Pero me daba igual porque me aseguraban que tu madre estaba perfectamente. Aunque me llevaron a aquel despacho. Es niño, me informaron, pero hay algo que no ha salido del todo bien, un problema que no percibimos en las pruebas que realizamos durante la gestación. Me asusté.
Te vi antes que tu madre. Ella todavía dormía. Tú ya estabas bien despierto, mirándolo todo con esos ojos tan especiales que todavía no veían. Acerqué mi meñique a tu mano y lo cogiste por reflejo, lo cogiste fuerte y no lo soltaste. Entonces supe que no había ningún problema. Supe que eras perfecto. Supe que eras exactamente lo que habíamos estado esperando todos aquellos años. Supe que serías la mayor felicidad de nuestra vida.
Y tu madre despertó. Y os presenté. Y ella te miró sorprendida de arriba abajo. Y lloró. Y besó esos ojos que lo decían todo. Es perfecto, dijo.
Sí, desde el momento en que te vimos supimos que no habría problema que no pudiésemos superar. Supimos que eras fuerte. Que nadie lograría infravalorarte. Que eras nuestra vida. Que íbamos a ser felices el resto de nuestra vida gracias a ti. Y en ese momento sonreíste por primera vez uniéndonos todavía más. Y desde ese momento no han parado de decir.
Dicen que es una crueldad haber dejado que nacieras. Hubiese sido mucho mejor que hubiésemos abortado y haber adoptado un niño que cargar con algo así el resto de nuestra vida. Jamás han querido darse cuenta de que siempre ha sido al contrario. Cada sonrisa sincera que nos has regalado durante todos estos años nos ha descargado de los problemas y de los miedos. Cada abrazo que nos has dado tan lleno de verdadero amor nos ha descargado de todas las hipocresías, de todas las habladurías, y nos han hecho centrarnos en lo verdaderamente importante, tú, tu vida, tu educación, nuestra vida, nuestra felicidad.
Dicen que se nos ve mayores por culpa de todo lo que tenemos que hacer por ti, total, para que no entienda nada, con su retraso… Dicen. Parecen haber olvidado que ya nos veían mayores cuando todavía estabas viniendo. No quieren darse cuenta de que hemos hecho por ti exactamente lo mismo que ellos por sus hijos, educarte lo mejor posible.
Cuando oigo esto siempre me acuerdo de cuando eras niño. Siempre jugabas a los superhéroes. Realmente te creías un superhéroe. Tu poder: cambiar la cara de la gente. Esa etapa duró en ti mucho más que en el resto de niños. Ya eras un joven cuando llegaste feliz a casa asegurándonos que habías evolucionado, que habías aumentado tus poderes. No sólo puedo cambiar la cara de la gente, papis. Les pongo su verdadera cara. Como no entendimos, nos explicaste. Desde que recuerdo, a la gran mayoría de gente le cambia la cara cuando se cruza conmigo. Les cambio la cara. Eso ya lo sabéis. Pero hoy me he dado cuenta de que lo que hago es ponerle su verdadera cara. Una cara que parece normal, se cruza conmigo y se convierte en una cara de pena, en una cara hipócrita, en una cara falsa… Debéis estar orgullosos de mí, me estoy convirtiendo en un gran superhéroe.
Por supuesto que estábamos orgullosos. Siempre lo hemos estado y siempre lo estaremos. Y dicen que no entiendes, que tienes un retraso. Y yo digo que son ellos los que no entienden, que el hecho de que vayas algo más lento no significa que tengas retraso, sino que vas sobre seguro.
Dicen que somos egoístas, que no pensamos en ti. Cuando vosotros no estéis, ¿quién cuidará de él?, ¿lo habéis pensado? Será un marrón para quién lo tenga que cuidar. Odio cuando dicen esto. Claro que pensamos en ti. Cada día, a cada hora. Pero no porque tengas que ser una carga, sino porque eres nuestra descarga. Eres nuestra vida. Eres nuestra felicidad.
Que te quedarás solo, dicen. No. Creo que esa chica a la que ayer cogías de la mano será una gran compañera. Sé que tú vas a ser su mejor compañero. No creo que vayas a ser un marrón para ella. Como has hecho con nosotros desde que viniste, te transformarás en su luz blanca. Le enseñarás a ver el mundo con tus ojos tan especiales. Gracias a ti, su vida será cada vez más sincera, más feliz. Sé que no serás ninguna carga porque jamás lo has sido.
Hoy estamos aquí, sentados junto a esa chica, viendo cómo recoges tu diploma. Orgullosos. Has acabado tu grado. Orgullosos. Todos los profesores hablan maravillas de ti. Orgullosos. La empresa en la que has hecho las prácticas te ha ofrecido un buen contrato. Orgullosos. Sabemos que vas a tener todo lo que te mereces. Felices.
Y siempre han dicho. Pero nunca se han esforzado en conocerte. Y dicen. Pero no ven ni escuchan. Y dirán. Pero nos da igual. Porque durante toda tu vida has logrado lo que te has propuesto, como se ha de lograr, poco a poco y sobre seguro. Porque la gente habla y dice sin saber que la felicidad no está en una mente rápida, sino en una vida disfrutada. Porque, desde que viniste, nos has hecho disfrutar de nuestra vida. Porque sabemos que tú has disfrutado y disfrutarás cada día de tu vida. Porque, digan lo que digan, sabemos que jamás apagarán la sinceridad de tu sonrisa ni el amor de tus abrazos. Porque, digan lo que digan, sabemos que jamás cambiarán esa mirada tan especial, esa mirada tan única. Tu mirada.



Digo, dices, dicen, decimos, decís… Decidme, ¿por qué no nos miramos al espejo antes de hablar de nadie? J

viernes, 29 de agosto de 2014

SIN CORAZÓN

Dicen que es una leyenda. Pero no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se le oye gritar en las noches de luna roja… Pero no quiero empezar esta historia por el final. Me gustaría que conocieses su historia desde el principio. Y todo empieza aquí, en esta vieja casa…
Unos años antes del cambio de siglo, nació en esta misma casa un niño precioso. Sí, nació aquí. Su madre no quiso ir al hospital por miedo a que se lo robasen.
Mi madre siempre dijo que fue el bebé más bonito que había visto en su vida. Que no volvería a ver a otro así. Nació mirándolo todo y dicen que, en vez de llorar, soltó una sonora carcajada al mundo.
Se convirtió en un niño muy inteligente que crecía feliz junto a su madre. Un niño al que no le costaba hacer amigos. Un niño con los sentimientos a flor de piel. Ayudaba a quien lo necesitase. Lloraba si alguien sufría y reía si alguien era feliz. Un niño sensible, el más sensible que conocí jamás.
El primer recuerdo de mi vida es su cara mirándome. Su sonrisa hablándome. Su mano revoloteándome el pelo. Desde ese día nos hicimos inseparables. Se convirtió en mi mejor amigo, en mi confidente para todo. Me ayudaba con las matemáticas. Me daba muy buenos consejos con los chicos…
Pero un día no vino al parque como cada tarde después de clase. Esperé. Pregunté si alguien lo había visto. Me enteré de que no había ido al instituto. No era normal. Nunca enfermaba. ¿No le habrá pasado algo a su madre? Me preocupé. Nadie sabía nada. Y llamé por teléfono y no lo cogió. Y fui a su casa y nadie abrió. No se puede haber ido sin despedirse. Y volví a llamar pero nadie abría. Y fui a mi casa. Y mis padres estaban demasiado serios. Y me sentaron en el sofá. Y ha pasado algo muy malo. Y se lo han llevado de urgencia. Y están operándolo. Y no saben si saldrá.
Me pasé los meses siguientes yendo al hospital al acabar las clases. Quería que despertase ya. Quería volver a hablar con él. Quería volver a notar su sonrisa. Quería que me volviese a revolver el pelo, como hacía cada tarde. Pero seguía allí cada tarde. Tumbado. Durmiendo. Pálido.
Ha sido una operación muy complicada, pero ha salido mejor de lo que pensábamos, decían los médicos. Las constantes se han estabilizado bien. No ha habido rechazo. Sólo cabe esperar a que salga del coma.
Por fin me atreví a preguntar qué le pasaba a mi amigo. Por qué no despertaba. Su corazón era demasiado grande, me contó su madre emocionada, creció demasiado. Crecía cada año que pasaba, hasta que llegó el día en el que no pudo crecer más. Me contó que su cuerpo se había quedado pequeño para su corazón. Que no tenían tiempo para esperar un corazón nuevo. Que habían experimentado con mi amigo. Que mi amigo ya no tenía corazón. Que tenía una bomba mecánica que habría que ajustar cada año para que bombease acorde a su ritmo de crecimiento. Que esa bomba le había salvado la vida. Que todo saldría bien.
Pero despertó y algo no iba bien. Era él. Era su voz. Era su cuerpo. Pero el brillo de sus ojos ya no era y su sonrisa no aparecía. Es normal que esté aturdido, decían. Ha sido una intervención muy dura. Y me hablaba y era él. Pero el tono de su voz no era.
Y salió del hospital y seguía siendo sin ser. Y venía puntual cada tarde al parque. Y hablábamos. Y era un tono tan lineal. Y yo reía. Y él no. Y le hacían daño a alguien y le daba igual. Y alguien gritaba de felicidad y seguía igual. Habían convertido a mi amigo, a mi confidente, en un robot de carne y hueso.
A las pocas semanas todos lo conocían como el loco sin corazón. Y le daba igual. Y seguía con la misma expresión neutra. Y seguía con el mismo comportamiento extraño. Y seguía mecánico. Y seguía como si la vida no le aportase nada.
Desde la operación no es el mismo niño, explicaba su madre a la mía. Ya no siente. No me sonríe. No me demuestra amor como antes, que lo hacía a todas horas. Ya no llora conmigo cuando me acuerdo de su padre. Ya no ríe conmigo cuando le cuento alguna anécdota. Ya no está. Esa máquina lo ha vuelto insensible. Pero si lo pienso fríamente es lo mejor, decía mientras lloraba de dolor. Así nadie le hará sufrir como a mí. Por más que lo abandonen a su suerte. Por más que lo traten como a un aprovechado. Por más que hablen de él a sus espaldas. Por más insultos. Nadie le hará sufrir.
Pero le dolía. Le dolía en el alma no sentirse querida por su hijo de la misma manera que a mí me dolía no sentirme querida por mi mejor amigo, mi confidente.
Y el loco sin corazón creció. Y fue el mejor de su promoción en la universidad. Y no tardó en ascender en su trabajo. Y seguía igual. Mecánico. Insensible. Hasta el momento en el que le obligué a venir a la fiesta de fin de año.
Allí estaba ella. Estudiante Erasmus. Inglesa. Todos se reían de ella por lo torpe que era. Tropezó. Cayó encima de mi amigo. Lo siento, se disculpó. Si ya soy torpe, imagina con el cava… Arguyó con ese acento tan típico acrecentado por el alcohol. Mi amigo la miró para aceptar las disculpas. Entonces noté que algo cambió. Algo pequeño. Algo que sólo yo, que lo conocía desde la infancia, percibí. Sus ojos volvieron a ser sus ojos por un instante. Sus ojos se llenaron de sentimiento. Sus ojos ya no se apartaron de ella.
Y quedaban cada tarde en el parque. Y su tono volvió a ser. Y empezaron a enlazar sus manos. Y su sonrisa volvió a ser. Y empezaron a besarse. Y mi amigo volvió a ser.
Sólo un pequeño detalle se me escapó. Estaba tan emocionada de volver a ver vivir a mi amigo. Sólo me di cuenta de ese gesto cuando era demasiado tarde. Sólo cuando era demasiado tarde supe que no era normal que se llevase la mano al pecho tan a menudo.
Y el tiempo de Erasmus acabó. No sé cuándo podré volver, lloraba ella. Tengo que acabar los estudios y ahorrar para poder pagarme el viaje. Me voy contigo, se desesperaba él. No puedes dejar a tu madre sola, se lamentaba ella. No puedo ser sin ti, se derrumbaba él.
Los acompañé al aeropuerto. Nunca había visto una luna tan grande. Nunca había visto una luna tan roja. El coche lleno de tristeza. Lleno de llantos. Lleno de desesperación. Lleno de amor. Lleno de despedida.
Y la hora llegó. Y los dos lloraron. Y ella se fue. Y él lloró. Y el avión partió. Y el grito más doloroso que se ha escuchado jamás desgarró el alma de todos los presentes en aquel aeropuerto. Y mi amigo cayó.
Y ahora sé que cada vez que se llevaba la mano al pecho es porque esa máquina que le pusieron de pequeño se estaba agrietando. Cada sentimiento la agrietaba. Cada emoción la agrietaba. Los últimos meses se había agrietado tanto que no soportó el dolor de la despedida.
Dicen que es una leyenda. Pero no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se le oye gritar en las noches de luna roja. Pero no, él y su amor acabaron con aquella despedida. Se quedaron en aquel aeropuerto.



Vivimos en un mundo de gente robotizada, gente con miedo a sentir, con miedo a ser. Decidme, ¿no os gustaría romper esa mecánica? J

domingo, 24 de agosto de 2014

MANOS ENLAZADAS

Una mañana más. La misma hora. El mismo andén. La misma gente esperando el mismo tren. Pero no es una mañana como las demás. Hoy todo está más triste de lo normal en el ya de por sí triste andén de las seis de la mañana.
Todo el mundo está en su sitio: el joven que intenta que la música de sus cascos lo ayude a no dormirse para no perder el tren, la mujer mirando las vías y soñando con la rosa roja que lleva dentro de la novela de su regazo, la pareja que habla a susurros por miedo a romper el silencio dormido de esas horas, la buena estudiante que repasa con ahínco los apuntes del día anterior, yo en mi rincón observándolo todo mientras espero y él.
Pero a todos nos falta algo. Sobre todo a él. Él y yo sabemos que no volveremos a escuchar esa risa cargada de cafeína que se encargaba de despertarnos cada día a estas horas. Él y yo sabemos que no volveremos a disfrutar de esa voz clara, esa voz que no tenía miedo del silencio.
Hace diez meses apareció por primera ver en nuestro andén (no puedo evitar considerarlo de nuestra propiedad a esa hora. Siempre los mismos. Siempre en la misma posición. Siempre esperando lo mismo). Imposible no fijarse en ella, aunque lo primero que hicimos fue escucharla. Ya entró en el andén riéndose. Carcajadas limpias. Carcajadas sonoras. Carcajadas llenas de vida. Carcajadas que nos sacaron a todos de nuestro sopor matutino. No pudimos evitar mirarla extrañados. Perdón, se disculpó al darse cuenta de que todos la mirábamos. Acaba de llegarme algo muy gracioso y no he podido evitar reírme, se sonrojó.
Su rubor siguió aumentando cuando lo vio mirándola extrañado. Su cara cambió. En su sonrisa se abrió el reconocimiento. En sus ojos brilló el recuerdo de todo lo imaginado por una niña y que nunca pasó. ¡Hola! Veo que no me recuerdas, ¿verdad?, dijo sentándose a su lado. Ante sus ojos de extrañeza continuó, claro hace tanto tiempo. Ella no susurraba. Ella hablaba sin miedo. Creo que ese fue el motivo por el que decidí acercarme y volver a robar unas conversaciones que sólo les pertenecían a ellos. Lo siento, pero no sé quién es señorita. Sí, claro que lo sabes… ¿Te acuerdas de cuando vivías en casa de tus padres? ¿Te acuerdas de la niña regordeta que vivía en frente? Hizo una mueca divertida señalándose.
La sorpresa se fue abriendo paso en su rostro y la incredulidad en sus ojos. ¿Tú? Pero, ¿cómo quieres que te reconozca? ¡Dios, cómo has cambiado! ¡Claro que he cambiado! Con todo el tiempo que hace que no nos vemos… Sin embargo tú estás exactamente igual, su sonrisa se alegra sinceramente del reencuentro. ¿Cómo voy a estar igual después de más de veinte años? Se extraña él. Si no lo estuvieras me hubiese pasado como a ti, ¿no? No te hubiese reconocido. Vuelve a reír. ¿Reconocerte? ¿Cuántos años tenías cuando me fui del barrio?, pregunta. Sí, te fuiste a la universidad y ya no volviste. Yo tenía seis años. ¿Y te extraña que no te reconozca?
Los dos entraron riendo al tren. Un tren que se llenó de recuerdos y de sonrisas. Durante las primeras conversaciones que les robé supe que cuando acabó la universidad él volvió a la ciudad, pero con una vida ya hecha. Que trabaja desde entonces en el mismo sitio, a jornada completa en la capital. Ella sólo trabaja por las tardes, así que aprovechó para apuntarse a un curso semipresencial. Los lunes y los martes por la mañana tenía que pasarlos en la capital. El resto de mañanas las iba a dedicar a estudiar. Él casado desde hace años, un matrimonio que ya había caído en la rutina, en la monotonía, en el cariño sin amor, en la costumbre. Era su hijo preadolescente lo que llenaba realmente su vida. Ella enamorada de su vida. Llena de proyectos.
Durante las primeras semanas descubrí cómo fueron esos años en el barrio. Descubrí que no sólo hablaban con la voz, hablaban con todo el cuerpo. Descubrí que en sus ojos comenzaba a brillar la ilusión de lo que podría ser. Descubrí que se sentaban cada vez más juntos. Descubrí su recuerdo preferido… ¡Cuántas veces habré contado la historia de la niña que me seguía sin parar! Rió él mientras recordaban. ¡Sí!, lo acompañó en sus risas. Y me empeñaba en cogerte la mano, ¿recuerdas? Y tú me decías aquella chulería que me sentaba tan mal “tu mano le viene muy pequeña a la mía”, me dejabas plantada y te ibas a chulear delante de la rubia aquella…
Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Sin decir nada él enlazó sus dedos con los de ella. Ahora encajan a la perfección, dijo mirándola a los ojos. Y algo explotó en su interior. Y algo intenso los unió en ese momento, y los unió para siempre. Y sus ojos se besaron por primera vez. Y sus manos ya no se separaron.
Cada lunes y cada martes lo primero que hacían al verse es enlazar sus manos. Y hablar de ellos. Hablar de su presente. Hablar de su pasado. Entre los dos una norma no escrita: no hablar del matrimonio que, en el fondo, sabían que jamás se iba a romper. Hablaban y reían. Hablaban y disfrutaban de ese momento juntos, su momento. Hablaban soñando con que todo podría quedarse así para siempre. Hablaban con la voz y sus ojos se besaban con el alma, con el corazón. Y sus manos enlazadas.
El resto de la semana el andén se veía más triste. A él se lo adivinaba ansioso por que llegase el momento de volver a verla, de volver a enlazar sus manos.
Ayer ella llegó muy nerviosa. Tenía el examen final y no quería fallar. El la tranquilizó enlazando con ternura sus dedos entre los de ella. Y se dieron cuenta de que era el último lunes. Y se dieron cuenta de que los recuerdos se quedan en la memoria. Y se dieron cuenta de que su matrimonio es presente. Y se dieron cuenta de que su futuro no está en un tren. Y en su cuerpo tristeza. Y en sus ojos desesperación. Y en sus manos la añoranza de saber que no volverán a enlazarse. Y llegaron a la capital. Y llegó la hora de separarse. Y no podían. Y sus manos encajadas a la perfección. Y sus ojos se besaron más que nunca. Se besaron con la desesperación de las despedidas indeseadas.
Y hoy en el andén sólo se escucha el silencio. Se nota su tristeza y su amargura. Ella no viene. Él mira su mano y la cierra con fuerza intentando retener el recuerdo de su tacto. Él aprieta los labios añorando los besos que nunca se dieron.Y subimos al tren que ya no tiene recuerdos ni sonrisas. Vuelve a ser el tren de siempre, soporífero a las seis de la mañana.
¡Uf! Creía que no llegaba, nos altera una voz que sube de un salto al vagón. Perdón por el retraso pero he tenido una mañana de perros, sonríe. Y se sienta junto a él. Y enlazan sus manos sin pensarlo. Y le explica a sus ojos sorprendidos que va a aprovechar las mañanas para ir a la capital a buscar trabajo a media jornada. Le explica a sus labios paralizados que quiere combinarlo con su trabajo vespertino. Le explica a las lágrimas que caen por sus mejillas que igual lo encuentra enseguida que le lleva toda una vida. Le asegura al amor de su vida que le da igual porque le encanta ese tren. Y sus sonrisas se miran felices sabiendo que las mañanas son suyas. Y sus ojos se besan con la pasión del reencuentro, sabiendo que ese tren es lo que les salva de su presente. Y sus manos se enlazan. Ya no se sueltan. Encajan a la perfección.



¿Creéis que la felicidad está en tenerlo todo? Yo creo que está en disfrutar de lo que se tiene, aunque parezca poco J

viernes, 22 de agosto de 2014

HÉROE

Era noche oscura, ninguna estrella la iluminaba. Era noche oscura, la luna llena se escondía tras las nubes espesas. Y llovía. Llovía con fuerza. Llovía con rabia. Llovía con desesperación.
En su habitación, iluminada por la tenue luz de una lámpara de noche, sentado en su gran cama, acuna tiernamente al pequeño acomodado entre sus brazos. Lo acuna mientras tararea la canción que sabe que más le gusta. Lo acuna y no puede evitar que una gota de tristeza resbale por su mejilla.
¿Por qué lloras papá? Se preocupa el pequeño, ¿estás triste? ¿Lo dices por esta lágrima, cariño? Ha salido sin querer. No te preocupes. Es porque me voy con mamá, ¿verdad? Todos dicen que es mejor así, que así nadie sufre más. Pero no quiero que te quedes triste. Veo que sigues escuchando a escondidas nuestras conversaciones… Sí, se supone que se acabará todo. No más sufrimientos. Cada vez más lágrimas se precipitan por sus mejillas. Pero entenderás que te voy a echar de menor, ¿verdad? Eres lo más grande que me ha pasado nunca. Eres el hijo que todo padre quisiera tener. Eres lo que me ha dado la vida estos últimos años. Eres lo que me ha dado ganas de seguir adelante. Sé que tu madre te va a cuidar como nadie y que vas a estar tranquilo y bien. Pero no vas a estar aquí. Es tristeza. Es saber que voy a pensar en ti cada día, a cada hora, a cada minuto. Es saber que me va a doler mucho que te vayas. Es añoranza. Es saber que te voy a echar mucho de menos. Pero nos vamos a volver a ver papá, dice el pequeño intentando frenar las lágrimas. Sí, cariño. Por supuesto que nos volveremos a ver. Voy a estar pensando en ti sin parar hasta ese día. Intenta dibujar una mueca divertida, pero lo único que dibuja es desesperación y tristeza.
¿Voy a dormir, papá? Sí, cariño. Creo que es hora. Cierra los ojos y duerme. Descansa. Estoy nervioso. ¿Me cuentas el cuento del héroe otra vez? Nunca me cansaré de escucharlo. Por supuesto, accede llorando mientras sigue meciéndolo.
Hace unos años nació no lejos de aquí un niño destinado a ser un héroe. Un niño que jamás tendría color en el cabello, ni en las cejas, ni en las pestañas. Un niño que, aunque veía perfectamente no tenía color en los ojos. Un niño cuya piel era casi transparente. Un niño tan especial que jamás vio diferencias entre él y los demás. Un niño tan especial que le encantaba vivir. Un niño tan especial que, desde que nació, sonreía a todo lo que veía, a todo lo que le pasaba. Un niño tan especial que jamás lloró por no molestar a nadie. Un niño tan especial que vivía para intentar hacer felices a todos los que le rodeaban.
Ya siendo bebé, si veía a alguien serio, a alguien triste, a alguien preocupado, a alguien estresado, se le acercaba, fuese quien fuese, le cogía un dedo con su tierna manita y lo miraba con esa cara tan especial hasta que cambiaba la expresión de su rostro y le arrancaba una sonrisa sincera. Sólo entonces se ensanchaba la sonrisa del bebé y se alejaba. Por aquel entonces sus padres ya llegaron a la conclusión de que era un niño mucho más especial de lo que creían. Era un niño tan especial que no le gustaba la tristeza. Fue por aquel entonces cuando empezó a conocérselo como “el Pequeño Héroe”.
La respiración del pequeño se iba relajando mientras su padre continuaba contando…
Sin perder esa sonrisa y esa mirada tan especiales, el Pequeño Héroe iba creciendo con el único deseo de ver feliz a todo el mundo. Curando a todo el que necesitase ser feliz. Curando cada vez a más gente.
Un día el Pequeño Héroe entró en casa y se encontró con la tristeza cara a cara. Algo pasaba. Le sonrió y preguntó “¿qué haces en mi casa?” “He venido a por tu padre” le contestó. El la miró con esa cara tan especial y le contestó decidido “no voy a dejar que te lo lleves. Lo sabes, ¿verdad?” La tristeza emitió una sonora carcajada “eso ya lo veremos”, dijo acomodándose en la casa. El pequeño fue a ver qué le pasaba a su padre.
Su padre le contó que acababan de llegar del hospital. Y que su madre estaba enferma. Y que lo habían detectado tarde. Y que no había solución. Y que quedaba poco tiempo. Y, como un héroe, sonrió cada día animando a sus padres. Y, como un héroe, cogió el dedo de su madre cada día. Y, como un héroe, cogió el dedo de su padre cada día. Y sonreía de aquella manera tan especial. Y, como un héroe, acompañó a su padre el día del funeral cogiéndolo del dedo.
Y desde ese momento coge el dedo de su padre cada día. Y la tristeza sigue acomodada en la casa. Y coge el dedo de su padre a cada hora. Y la tristeza se ríe de él. Y coge el dedo de su padre a cada minuto. Y él está dispuesto a que la tristeza de marche de allí. Y nadie se dio cuenta de que, al coger el dedo de alguien, el Pequeño Héroe no sólo eliminaba lo que pudiese pasarle. Cada dedo triste que cogía le transmitía algo oscuro que lo iba destrozando por dentro. Sólo él lo sabía. Y no quería decir nada para que el mundo continuase feliz a su alrededor. Cuando el mundo se dio cuenta ya era demasiado tarde.
Los músculos del pequeño se relajan. Su padre lo mira. Llora. Ya no respira…
Y esta vez la tristeza te ha ganado, cariño. Sigue aquí y ya no se irá. Porque ya te has ido con tu madre. Porque ya no estás. Porque eras lo único que me importaba en este mundo desde que ella se fue. Porque no me di cuenta de lo que te estaba haciendo. Porque mi tristeza te destrozó. Porque intentaste que se fuera y no supe ayudarte. Porque se quedará aquí hasta que llegue el día en que pueda volver a veros.
Y es verdad, cariño. Tú ya no sufrirás más. Por fin desaparece ese dolor que has aguantado sonriendo durante estos años. Pero yo sí que sufriré. No dejaré de sufrir por haberte hecho esto. Y sufrirá el mundo, que ya no tiene a su héroe para convertir sus desdichas en felicidad.
Ya sé por qué se reía de ti la tristeza, cariño. Se reía porque sabía lo que te estaba pasando. Sabía que jamás le ganarías. Sabía que la tristeza del mundo te estaba matando.
Era noche oscura, ninguna estrella la iluminaba. Era noche oscura, la luna llena se escondía tras las nubes espesas. Y lloraba. Lloraba con fuerza. Lloraba con rabia. Lloraba con desesperación.


Tristeza, preocupaciones, estrés, decepciones… Decidme, ¿realmente vale la pena dejar que nuestra vida pase así? J

martes, 19 de agosto de 2014

SONRISA TRISTE

Gracias a mi trabajo veo cientos de sonrisas al día. Cada una de ellas muy distinta. Veo sonrisas sinceras y sonrisas hipócritas. Sonrisas seductoras y sonrisas seducidas. Sonrisas de avaricia y sonrisas de conformismo. Sonrisas sorprendidas y sonrisas sorprendentes. Sonrisas ruidosas y sonrisas silenciosas. Sonrisas pensativas y sonrisas pensadas. Sonrisas llenas y sonrisas vacías. Pero jamás llegué a pensar que vería una sonrisa así…
Vino por primera vez hace dos semanas. Imposible no fijarse. No era uno de nuestros clientes habituales. La suerte lo sentó en una de mis mesas. ¡Buenos días, señor! ¿Qué le pongo? En el momento que levantó la mirada para responder sentí que algo se me rompía dentro. Jamás pensé que pudiese llegar a caber tanta tristeza en una sonrisa. ¿Se encuentra bien? Me preocupé. Sí, gracias, respondió con esa sonrisa sin alegría, con esos ojos sin esperanza. ¿Podría ponerme un café sólo y una magdalena, por favor? Perdone. Enseguida se lo traigo.
Estuvo sentado observando su café. Observando su magdalena. Almorzando con parsimonia. Observando todo lo que pasaba a su alrededor. Cada vez que me cruzaba por delante de su mesa me dedicaba una de sus sonrisas. No sabía que esas sonrisas duelen. Duelen mucho. Rompen. Por mucho que se esforzase no lograba eliminar esa horrible tristeza. ¿Qué puede pasarle a alguien para que se rompa así su sonrisa?
¿Cuánto le debo, señorita? Preguntó al final. Nada. Hoy le invito yo. No, no. Insisto en que me cobre, por favor. Mmmm… Vamos a hacer una cosa. Si viene usted mañana con mejor cara, le dejaré que me pague, ¿vale? Noté que algo cayó. No, su tristeza seguía inmóvil en su sonrisa. Pero sí, se notó en sus ojos. Un pequeño ladrillo del muro de desesperanza que los cubría cayó en ese momento.
Me alegré. Sinceramente, me alegré. No sé por qué, pero me alegré. No lo conocía de nada, y aun así me alegré. Me alegré de ver que algo cambiaba y de imaginar que había sido por mí. No pude evitar preocuparme por aquella tristeza, por aquella desesperanza. No pude evitar alegrarme al ver que toda aquella fortaleza perdía un pequeño ladrillo.
A partir de entonces ha venido cada día a la misma hora. Se ha sentado en la misma mesa. Ha pedido lo mismo. No ha hablado con nadie. Lo ha observado todo. Su sonrisa siempre triste. Sus ojos, poco a poco, tiñéndose de una pequeña luz de esperanza. Y pagó cada almuerzo. Y cada vez que pagaba parecía que caía otro ladrillo. Y cada vez que venía yo me sentía mejor.
Tan absorta estaba en sus ojos y en su sonrisa, que no me fijé en su aspecto hasta hace dos días. Ve preparando ya el café y la magdalena, que ahí viene el andrajoso ese al que tanto sonríes, me comentó una compañera. Levanté la vista y lo vi. Demasiado delgado, la ropa demasiado ancha para él. Ropa limpia pero ajada. Rostro limpio pero ajado. Cabello limpio pero enmarañado. Aunque en sus ojos seguía brillando esa pequeña esperanza, un oscuro surco los rodeaba. Su triste sonrisa abrigada por una barba mal cuidada.
Llamé la atención a mi compañera. ¿Quién eres tú para hablar así de nadie? ¿Se ha portado mal algún día? ¿Ha molestado a algún cliente? ¿Se ha ido sin pagar? Ten mucho cuidado. Mientras se siente y se comporte como un cliente es un cliente y se le trata como a los demás. Me da igual cómo vaya vestido, lo que aparente ser y lo que pienses de él. ¿Entendido? La chica bajó la cabeza disculpándose y yo salí a atender la mesa.
¡Buenos días! Enseguida le saco lo de siempre, ¿no? Un café bien calentito con acompañamiento. Muchas gracias, respondió con su dolorosa sonrisa. Ese día le cambié su magdalena por un bocadillo de jamón con tomate, aceite de oliva y queso y un croissant con mermelada de fresas. Lo que me corresponde a mí para almorzar cada día.
Perdone, señorita. Esto es demasiado. Yo con una magdalena lo tengo bien. Se escandalizó. Y yo también, contesté con la sonrisa más amplia que encontré. Verá, continué, me he fijado en que, día a día, hay algo que va cambiando a mejor en su cara. Y he pensado que si almorzando una magdalena ha ido mejorando su humor, si almuerza un poco más mañana vendrá totalmente renovado. ¡Igual viene hasta dando volteretas, fíjese! Su risa sonó sincera, pero demasiado triste. ¡Ah! Y luego, cuando se vaya, no insista. Esto ya está pagado.
Se quedó sentado en su mesa. Almorzando con parsimonia. Saboreando cada bocado, cada sorbo. No habló con nadie. Me observó trabajar. Me regaló su mirada más esperanzada. Me regaló su sonrisa más feliz. Pero seguía siendo la sonrisa más triste que veré jamás.
Ayer me preocupé cuando no vino a su hora habitual. Cuando lo comenté en voz alta un compañero, que estaba a punto de acabar su turno, recordó. Perdona, se me había olvidado completamente. Esta mañana ha venido un señor tristón a desayunar. Ha pedido un café sólo y una magdalena. Ha preguntado por ti y me ha pedido que te diese esto en cuanto entrases, dijo entregándome un arrugado papel doblado en cuatro.

¡Buenos días, señorita!
Hoy he decidido venir antes de hora. Espero que me disculpe. Seguro que si hubiese venido a la mima hora hubiese logrado usted, con esa energía vital que la caracteriza, que todo se pospusiese otro día más. Y todo tenía que haber acabado ayer.
Igual se pregunta por qué me dirijo a usted ahora. Creo que lo hago porque es usted la única persona que me ha tratado sinceramente bien en los últimos años.
Me arrepiento de no haberle preguntado su nombre. Pero ya, ¿para qué? El caso es que ha logrado verme. Eso me sorprendió desde el primer día. Hace muchísimo que soy invisible para todos.
Hace años la empresa en la que trabajaba quebró y quedamos todos en la calle. Yo era muy bueno en lo que hacía y comencé a buscar trabajo. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y todos mis compañeros empezaron a trabajar de nuevo. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y todos me animaban “pronto encontrarás algo”. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y la subvención se acabó. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y mi mujer se fue con su familia y se llevó a mi hija. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y ya no tengo familia. Y para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y resulta que todos los amigos que pensaba que tenía no existen. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y el banco me echó de mi casa. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y ya nadie me habla, ya nadie me mira. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y sólo me queda lo que tengo en el bolsillo. Pero para mí ya es imposible encontrar trabajo.
Hace un tiempo que sólo puedo permitirme tomar un café sólo y una magdalena al día. Allá donde fuera a tomarlo me miraban mal, e incluso me echaron de alguna cafetería. Me trataban como al desahuciado que soy. ¡Bendita suerte que me trajo hasta aquí! Aquí llegué con la vida rota. Con el alma destrozada. Aquí la encontré a usted. Usted me vio. Usted me miró. Usted me hizo sentir que era nuevamente alguien. Decidí dejar en este local el último dinero que me quedaba. Y he venido cada día hasta que no me ha quedado un céntimo.
Ayer vine dispuesto a despedirme. Pero llegó usted regalándome mayor manjar que he probado en mucho tiempo e hizo que volviese a venir hoy. Un día más… 
Usted igual no se ha dado cuenta, pero me ha regalado tantas cosas durante estas semanas. Sonrisas, esperanza, humanidad, vida… Supe que no podría despedirme nunca de usted. Por eso he venido hoy antes de hora. Por eso he gastado mis últimas monedas en mi último café sólo con magdalena. Por eso le escribo estas palabras. Porque, aunque me encantaría volver a verla, no puedo alargarlo ni un día más.
Pero no quiero irme sin darle las gracias. Gracias por darme esperanzas. Gracias por regalarme cada mirada. Gracias por regalarme cada palabra. Gracias por regalarme cada sonrisa. Gracias por demostrarme que todavía se puede encontrar algún humano en este mundo. Gracias por regalarme un día más.
¡Gracias!

Ahora que sabía el por qué de aquella sonrisa, de aquella mirada, me quedé más preocupada. Estuve todo el día buscando con la mirada por si pasaba cerca. Quería que siguiese viniendo. Yo pagaría su almuerzo. Quería que la esperanza acabase de abrirse paso en sus ojos, que la alegría aflorase a su sonrisa. Pero no lo veía por ningún lado. Di muchas vueltas para volver a casa. Pero no lo veía por ningún lado. Quería ayudarle a encontrar algo con lo que ganarse la vida. Pero no lo veía por ningún lado. Quería que se quedara en la cochera para pasar las noches mientras encontrara algo. Pero no lo veía por ningún lado.
Y por fin lo vi. 
Sintecho muere tras precipitarse por el puente de la autopista, anunciaban por la noticias. Y era él. Se precipitó. Su vida rota y su alma destrozada volaron, sin importarles la nada que tenían, hasta que su cuerpo se destrozó en la nada absoluta.
Y me dolió. Y lloré. Y soñé llorando. Y me duele ver su mesa vacía. Y me duele verla llena con sonrisas mentirosas y con sonrisas verdaderas. Y me duele recordar su sonrisa.
Por mucho que me esfuerce jamás lograré borrar esa sonrisa de mi memoria.



Somos la raza más inteligente, la raza más poderosa. Somos la raza humana. Pero, decidme, ¿somos humanos? J

domingo, 17 de agosto de 2014

EL PEQUEÑO ASUSTADO

Por fin. He logrado entender. Ya sé lo que te pasa. Ya sé por qué estás aquí. Increíble. No volveré a hacer que salgas de aquí. Nunca. Este no es tu lugar, pero aquí estarás tranquilo.
Según me han contado, al nacer no lloraste cuando te palmearon el trasero, pero no se preocuparon porque ya naciste con los ojos abiertos y respirabas con normalidad. Dicen que ya le sonreías a la vida. Sólo arrancaste a llorar cuando te pusieron en brazos de tu madre. Me aseguraron que llorabas y temblabas sin parar. Desesperada tu madre le pidió a tu padre que te cogiese y aún fue peor. Chillabas. Temblabas. Era como si luchases por desasirte de esos brazos. Sólo cuando tu hermana te cogió te calmaste.
Pero esto no acabó aquí. Tu madre no pudo darte de mamar porque en cuanto la veías llorabas como el primer día. Fue tu hermana la que estuvo alimentándote durante toda la infancia porque si tu padre se ofrecía a darte el biberón comenzaba de nuevo el llanto estridente.
Tus padres lo intentaron todo. Te compraban regalos. Te cantaban. Cambiaban de peinado. Tu padre se afeitó por si lo que te asustaba era la barba… Pero sólo te tranquilizabas cuando tu hermana estaba contigo. La mirabas a ella y sólo a ella, no querías ver a tus padres. O no querías que ellos te viesen a ti. O las dos cosas. Si los mirabas rompías a llorar de nuevo.
Ya de bebé comenzaron a medicarte para tratar de curar esa enfermedad que nadie sabía lo que era. Pero seguías llorando.
Cuando comenzaste a caminar pensaron que toda la medicación te empezaba a hacer efecto porque dejaste de llorar. Pero comenzaste a huir de tus padres. Y te escondías bajo la cama. Y te escondías bajo la mesa. Y te metías en el armario. Y asías con fuerza la mano de tu hermana. Y te escondías detrás de ella. Siempre con esa cara de miedo. Siempre temblando. Sólo te tranquilizabas cuando mirabas a tu hermana. Sólo a tu hermana.
Y tus padres, preocupados te llevaban al médico, que recetaba más medicinas mientras tú permanecías encogido bajo la camilla de reconocimiento. Asustado. Cada día más asustado. Sólo sonreías cuando mirabas a tu hermana.
Y llegó el día de empezar la guardería. Y tuvo que llevarte tu hermana. E ibas feliz mirándola. Y entraste. Y sonreíste. Y tu hermana se emocionó. Y mirabas a los otros niños y sonreías. ¡Qué cara de felicidad! Y se acercó la profesora para saludarte. Y te asustaste. Y corriste bajo una mesa a última fila. Y algunos niños se reían de ti. Y tú temblabas cada vez más. Y tu hermana tuvo que salir de allí, no te preocupes, ya me ocupo yo, le dijo la profesora. Y tú no saliste de debajo de la mesa. No dejaste de temblar. Y cada día te escondías bajo la mesa. Y cada día más niños se reían de ti. Y cada día tú más asustado.
La directora habló con tus padres porque nunca habían tenido un caso igual. Te llevaron a que te hiciesen todo tipo de pruebas. Pero todas salían bien, está perfectamente sano, concluían. Pero cada vez te medicaban más. Y cada día tú más asustado.
Pronto comenzaron las pesadillas. Llantos, gritos, histeria, miedo, horror… Y tus padres, desesperados, no podían ayudarte. Sólo te tranquilizabas cuando mirabas a tu hermana. No pensamos permitir que duerma contigo, la riñeron. Y las pesadillas cada vez eran peores.
Decidieron entonces llevarte al psicólogo. Pasaste toda la visita temblando tras el diván, con los ojos llenos de miedo. Dicen que cuando el psicólogo se acercaba para hablarte salías corriendo para esconderte en otro lugar. El miedo sólo se iba de tus ojos cuando mirabas a tu hermana. Ya en la primera visita diagnosticaron que tenías que venir aquí.
La imagen de tu llegada me quedó grabada en la retina. Una familia destrozada. Unos padres que lloraban desconsolados, una niña preadolescente con la preocupación dibujada en la cara y un niño de cuatro años que no apartaba la mirada de su hermana. El mayor impacto que he recibido en la vida fue darme cuenta de que eras tú el que te quedabas ingresado. ¿Un niño de cuatro años aquí? ¿Por qué?, ¿qué ha hecho? Se asusta mucho de todo, tiene pesadillas, no habla más que con su hermana, no mira más que a su hermana… Lo hemos intentado todo... Nos han asegurado que ésta es la única solución, lloró tu madre. Prometí dedicarme por entero a tu caso, averiguar qué te pasaba e intentar sanarte para que pudieses volver con tu familia.
En ese momento me volví hacia ti y te saludé. Y me miraste. Y sonreíste. Y tus padres emitieron un pequeño grito sorprendido. Y tú no apartabas tu mirada y tu sonrisa de mí. Y tu hermana se relajó por primera vez en cuatro años. Y tu mirada y tu sonrisa fijas en mí. ¿Cómo te llamas? Pregunté. Jose, me sonreíste. ¿Te importaría quedarte unos días aquí conmigo y con unos amigos? ¿Tú vas a estar siempre? Te interesaste. Por supuesto, lo prometo. Una sombra de miedo cruzó tus ojos y tu sonrisa de desvaneció. ¿No me dejarás con los monstruos? Nunca, te aseguré. Simplemente volviste a sonreír, miraste a tu hermana y le diste un beso, me miraste, me cogiste la mano y me acompañaste sin mirar a tus padres.
Pasaste la primera noche en una habitación acolchada, atado. Tus padres dijeron que te volvías muy agresivo con las pesadillas. Pero nos dimos cuenta de que esa agresividad es muy fácil de controlar en un niño tan pequeño. A partir de entonces duermes en tu habitación, tranquilo. Sin acolchamientos en las paredes ni ataduras.
Estudié tu historial. Llevo cuatro años haciéndolo y ya me lo sé de memoria. Todavía no entiendo por qué te medicaron tanto si nadie sabía lo que te pasaba. Te retiré la medicación enseguida. Me di cuenta de que no temías al resto de pacientes. Noté que aprendes muy fácilmente cualquier materia. Hablaba contigo cada día. Eras un chico normal. ¿Qué hacías aquí dentro?
Las pesadillas no tardaron en desaparecer. Cada día estabas más tranquilo. Cada día estabas más feliz. Cada día me extrañaba más. ¿Qué hacías aquí dentro? Como te veía confiado me atreví a preguntarte ¿estás bien, ya no tienes miedo? Ya no hay monstruos, respondiste mientras montabas un puzzle. Tu cerebro siempre ha estado por encima de la media y ahora me doy cuenta.
Dado que parecías curado, decidí darte el alta. Llamé a tus padres. Llegaron enseguida. Saliste feliz a abrazar a tu hermana. Tu hermana llorando emocionada. Tu madre se acercó a darte un abrazo. Tú quedaste petrificado. No respirabas. No pestañeabas. Miraste a tu padre. Tu piel palideció. Me miraste con un horror que nunca había visto antes. No dejes que me cojan, susurraste. Prometiste que estarías siempre, dijiste. Que no me dejarías con los monstruos, tu voz se alzaba. Lo prometiste, gritaste enloquecido.
Tu hermana rompió a llorar. Tu padre rompió a gritar. Tu madre rompió en histeria. Tu rompiste mi vida de estudios, jamás he visto algo así. Rompiste mis hipótesis, parecías totalmente sano. Rompiste mis conclusiones, ¿qué te pasaba? Rompiste mi corazón, no podía dejarte ir.
Te cogí en un abrazo y te llevé a tu habitación. ¿Aquí hay monstruos? Me preocupé. No. Quédate aquí un momento. Respira. Vuelvo enseguida.
Disculpen pero no entiendo qué ha podido suceder. Jose ha ido mejorando día a día desde que lo trajeron. Ya no sufre pesadillas, habla con todo el mundo, le estamos dando lecciones para que no pierda el hilo para cuando vaya a la escuela y aprende muy rápidamente. No entiendo esta recaída a qué se debe. Nos ha llamado monstruos, es lo único que acertaba a llorar tu madre. Cuando volví a tu habitación estabas tranquilo, tan sonriente como de costumbre, pintando uno de los dibujos que te imprimí el día anterior para que te llevases a casa. Aquí estoy bien. Aquí no hay monstruos.
Decidido a saber qué pasaba por tu mente te pregunté dónde habías visto monstruos a lo largo de tu corta vida. He pasado los últimos cuatro años dedicados casi exclusivamente a ti y a investigar profundamente a tus monstruos.
Logré averiguar que durante el embarazo de tu hermana despidieron a tu madre. Jamás logró encontrar otro trabajo. Desesperada comenzó a beber. Y cada día bebía más. Y no encontraba trabajo. Y ella bebía. Y su marido se alejaba de ella. Y ella bebía. Y su hija tenía que hacer las tareas de casa. Y ella bebía. Y venía alguien de visita. Y ella aparentaba normalidad. Y pasaban los años. Y ella bebía. Y volvió a quedar embarazada. Y no lo esperaba. Y su marido no es el padre. Y su marido lo sabe. Y ella bebía.
Averigüé que cuando se enteró de que tu hermana iba a nacer, tu padre fue a celebrarlo a un casino con sus amigos. Y ganó dinero. Y pensó que iba a ganar siempre. Y jugaba. Y su hija nació. Y él jugaba. Y su mujer no ganaba dinero. Y él jugaba. Y cada vez tenían menos. Y él jugaba. Y no le llegaba el sueldo. Y él jugaba. Y vendió su alianza. Y él jugaba. Y siguió vendiendo joyas. Y él jugaba. Y su mujer tuvo un hijo con otro. Y él jugaba.
Hace seis meses cerraron la guardería a la que te llevaron. La profesora acusada de maltratar a algunos niños.
La semana pasada detuvieron al psicólogo que te trató. Cobraba bien a los pacientes pero el no pagaba al gobierno.
El doctor que se dedicó a drogarte ha sido el más difícil de investigar. Relacionado con una red de trata de blancas ha huido del país.
Y por fin. He logrado entender. Ya sé lo que te pasa. Ya sé por qué estás aquí. Increíble.
Son tus ojos, Jose, no eres tú. Tú estás bien. Eres perfecto. Pero tus ojos ven la realidad, no las apariencias. Tus ojos son capaces de ver mientras que los del resto del mundo están ciegos… Estabas rodeado de monstruos y sólo tú podías verlos.
Aquí estás bien porque todos se muestran como son, en su locura son sinceros, en sus delirios no mienten a nadie. Aquí hay gente rara pero no monstruos
No. No vas a tener que salir si no quieres. Quédate con nosotros. Tu hermana me ha dicho que vendrá cada día a estar contigo después del trabajo.
Gracias, Jose. Gracias por darme esperanzas. Gracias por mostrarme que todavía hay gente capaz de ver.


Vivimos en una sociedad basada en apariencias y mentiras. Decidme, si pudieseis ver la realidad, ¿creéis que os gustaría? J

viernes, 15 de agosto de 2014

SIEMPRE

Ya anoche me acosté nerviosa. Ha sido una de las peores noches de mi vida. La he pasado dando vueltas en la cama, viendo pasar los minutos. Viendo pasar las horas. Viendo pasar esas ovejas que no me ayudaron a conciliar ese sueño que no llegó. Viendo la luna. Viendo las estrellas. Viendo las imágenes de lo que me ha sucedido, viéndolas tan reales como si estuviesen sucediendo de nuevo. Increíble pero cierto, ha pasado. Me cuesta creerlo. Me pongo más nerviosa. Empieza a cambiar la luz que asoma por mi ventana. El día me saluda y me recuerda burlón que ya no voy a dormir. Y hoy todo tiene que salir bien. No puede fallar nada. Y me pregunto cómo voy a vivir el día de hoy si todavía no he podido separarme del de ayer. Pero voy a tener que hacerlo. Oh, bendita cafeína, ayúdame a despejarme, ayuda a mi mente para que todo salga bien.
Creo que nunca he estado tan nerviosa. Tengo que preparar la reunión más importante de mi vida para esta tarde. Hay mucho que hacer y los nervios me tienen paralizada. No sé por dónde empezar. Me pongo más nerviosa. Me meto bajo el chorro de la ducha. Agua fría. Funciona. Sigo nerviosa pero mi mente empieza a poner las cosas en orden. Me visto, cojo mis papeles y salgo decidida de casa. Dispuesta a prepararlo todo. Convencida de que todo va a salir bien. Todo tiene que salir bien.
Siempre pasa lo mismo camino del trabajo. Los mismos semáforos en rojo, los mismos semáforos en verde. La misma gente en los mismos pasos de peatones, con distinto disfraz pero siempre mirando al suelo o a los escaparates o a sus móviles. Como siempre, la gente no se da cuenta de que hay ojos a los que mirar. Ojos que dicen. Ojos que expresan. Como siempre, son ojos invisibles.
Como siempre, llego cinco minutos antes. Pero hoy no es como siempre y mis compañeros lo notan. ¿Estás bien?, me preguntan. Te veo algo estresada, se preocupan. Sí, tranquilos, todo va bien. Anoche estaba demasiado nerviosa no pegué ojo. Voy a hablar con el director. Nos vemos en veinte minutos en la sala y os explico, ¿vale? Igual necesito vuestra ayuda. Los dejo preocupados, pero no quiero entretenerme más. Voy directa al despacho del director y le hablo de todo lo sucedido. Accede a ayudarme y baja conmigo a la sala para reunirse con el resto.
Acabo la reunión con la impresión de haber contagiado mi nerviosismo a los demás. Pero todos sabemos que es un nerviosismo sano, un nerviosismo feliz. Todo va a salir bien.
Las horas pasan y trabajamos para que todo esté en orden. Las horas pasan y nos empeñamos en aparentar que es un día más. Las horas pasan y los nervios crecen. Las horas pasan y me molesta el reloj donde está. Las horas pasan y es extraño que el reloj ya no esté en su sitio, que esté sobre la puerta de entrada. Las horas pasan pero no importa mirar a otro lado para saber cuánto tiempo queda. Las horas pasan con la misma ilusión, la misma expectación.
Y llega la hora y no pasa nada. Y pasan los minutos y me preocupo. Y pasan los minutos y me pregunto si habrá pasado algo. Y pasan los minutos y mis compañeros me miran interrogantes. Y pasan los minutos y me desespero. Y pasan los minutos y estaba segura de que iba a venir a las cinco. Y pasan los minutos y yo sé que es puntual. Y pasan los minutos e igual se ha arrepentido y no ha podido avisarme. Y pasan los minutos y los nervios acuden a mis ojos. Y pasan los minutos y la decepción se hace dueña del lugar. Y pasan los minutos y ya sé que no vendrá porque han pasado demasiados minutos. Las seis y dieciséis minutos.
Todos nos sobresaltamos al escuchar el timbre. Los nervios me hacen romper la naturalidad al levantarme del sofá. Intento aparentar tranquilidad al acercarme a la puerta pero me es imposible. Imposible relajarme, me van a estallar las sienes. Abro la puerta y la emoción se anuda en mi garganta impidiéndome saludar y haciendo que las lágrimas peleen con mi cerebro para salir de mis ojos.
Perdone por el retraso, joven. Me equivoqué de autobús y me ha tocado dar una vuelta un poco larga para llegar. Todos los nervios acumulados salen en forma de risa y lágrimas. Veo extrañeza en sus ojos, pero ya da igual. Todo va a salir bien. Pero no es tarde, ¿no? Se preocupa. Todavía puedo salir a ver ese sauce llorón tan especial que dice usted que tienen aquí, ¿verdad? Por supuesto que sí. Pase.
Al escuchar que alguien nombraba su sauce llorón baja, extrañada, la mirada del reloj. Y ahí están esos ojos tan intensos, negros. Tan grandes, negros. Tan redondos, negros. Tan brillantes, negros. Esos ojos que no han cambiado después de toda una vida. Esos ojos con los que ha estado soñando toda su vida. Esos ojos que pensaba que no volvería a ver la están mirando sorprendidos, emocionados, enamorados.
Y el mar Mediterráneo se desboca en los ojos de Manuela. Y las piernas le tiemblan cuando se levanta del sofá. Y Rosita no puede moverse. No puede hablar. El pasado vuelve a ser presente. La felicidad vuelve a inundar su corazón. Los ojos de Manuela se acercan lentamente, tan llenos de lágrimas, tan llenos de sorpresa, tan llenos de incredulidad, tan llenos de emoción, tan llenos de pasado, tan llenos de amor como los suyos.
Y Rosita alza una flor que trae sin poder dejar de mirar a sus ojos. Te he traído la más bonita de la ciudad, la voz sale en un hilo entrecortado. Como siempre se emociona Manuela. Siempre, para siempre, lloran las dos mientras se abrazan.
Y el reloj canta las seis y media. Y enlazan sus manos. Y sonrientes como siempre me piden que las acompañe al sauce llorón. ¿Sabe, joven? Tenía usted toda la razón. Me encanta este sauce, es lo más especial que me ha pasado en toda la vida. Muchas gracias. La emoción seguía creciendo en mi pecho. Muchas gracias por devolverme a mi vida lloró Manuela.
Y las dejo sentadas bajo las ramas del sauce llorón, con las manos enlazadas, con el amor en unos ojos que no pueden dejar de mirarse, hablando de sus recuerdos en común, hablando de sus recuerdos únicos, hablando de cada flor que han recogido a las seis y media durante toda una vida, hablando de cada flor que han besado a las ocho imaginándose los ojos de su amada, hablándose con la voz y  con los ojos. Amándose con los ojos y con el alma.
Y cuando vuelvo al centro estoy decidida a hablar con el director, pero me doy cuenta de que no hace falta. Lo veo en la expresión del director. Lo veo en los ojos de mis compañeros. Rosita se quedará en el centro. No podemos volver a separarlas. No tenemos derecho. Ya las obligaron a vivir a medias demasiado tiempo. Se merecen vivir plenamente siempre. Para siempre.
Y el destino ha tomado la misma decisión. Ya han sufrido demasiado. No pueden volver a separarse.
Y es la hora. Y salgo para darles la noticia y acompañarlas al comedor. Y están mirándose. Y están sonriéndose. Y sus manos enlazadas. Y la flor más bonita de la ciudad entre las dos. Y ya se lo han dicho todo. Y ya han recuperado sus vidas. Y me doy cuenta de que el destino ha llegado antes que yo.
Ya está todo arreglado. Ya hay un nuevo pacto firmado, un acuerdo que pasará de director a director mientras el centro permanezca en pie. Cada tarde, a las seis y media en punto se ha de recoger una flor, la más bonita del lugar, y depositarla sobre la tumba que hay bajo las ramas del sauce llorón del jardín, el lugar donde, a partir de mañana a las seis y media, descansarán Manuela y Rosita con sus manos enlazadas, sonriéndose, mirándose, amándose…
Siempre…
Para siempre.



Dicen que hay lazos invisibles que unen a las personas que han de estar juntas y que nadie puede romperlos… ¿Pensáis que es así? J

jueves, 14 de agosto de 2014

PARA SIEMPRE

Sólo supe que la había echado de menos cuando volví a verla tres semanas después. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo importante me había faltado esas semanas. No sé quién es, pero me acabo de dar cuenta de que ilumina las tardes de los sábados. Es la única persona de las que veo que no mira al suelo o a los escaparates. Ella va despacio, sonriendo, mirando un sueño con esos ojos tan oscuros y brillantes. ¿Por qué no habrá más gente así?
Perdone joven, ¿nos conocemos? Sin darme cuenta no he dejado de mirarla mientras me dejaba llevar por mis pensamientos. No, perdone si la he incomodado. Simplemente estaba pensando que hacía semanas que no la veía. Ah, como he visto que me miraba así y a mí ya me empieza a fallar la memoria… ¿Qué quiere decir que no me ve desde hace semanas? Defecto profesional, supongo. No la entretengo, siga su camino. Seguro que nos vemos el sábado que viene. ¿Tiene usted tiempo? Me pregunta. Me ha dejado usted llena de curiosidad y siempre voy con mucho tiempo de sobra a mis citas. ¿Me invita a un té y me explica?
¿Citas? Ahora era a mí a quien corroía la curiosidad… Ofrezco mi brazo a su anciana mano y vamos a sentarnos en una cafetería cercana.
Dígame, ¿cómo es que ha puesto esta cara de felicidad cuando me ha visto si no me conoce? Me pregunta. Como ya le he dicho debe de ser defecto profesional. Supongo que los que ejercemos la psicología nos fijamos más de lo normal en la gente, o a lo mejor soy sólo yo, no lo sé. El caso es que me gusta observar a la gente con la  me cruzo por la calle, sus movimientos, sus expresiones, la posición de su cuerpo… Raro, ¿no?
Hace dos años que llegué a esta ciudad por trabajo. Como libro los sábados por la tarde, aprovecho realizar las compras semanales. Ya el primer sábado que pasé en la ciudad no pude evitar fijarme en usted, creo que sólo conozco a otra persona que sonría así. Me encanta esa sonrisa y el brillo de su mirada. Lo siento, no quiero incomodarla, pero es así. Durante estas semanas me ha extrañado mucho no verla, pero pensé que igual se había ido de vacaciones a algún lado, que tenía visita… Vaya usted a saber, en estas fechas puede haber mil motivos para no estar paseando por el centro el sábado por la tarde. Y hoy me he dado cuenta de que realmente me alegra la tarde ver esa sonrisa y esos ojos. Sí. La he echado de menos. Espero que no le moleste que se lo diga así.
¡Uy! No, qué va. ¿Cómo me va a molestar? Es lo más bonito que me han dicho en muchos años. Sinceramente, nunca me he dado cuenta de si sonrío o no, pero sí, seguro que lo hago. No puedo evitar sonreír cuando pienso en mi gran amor. Y si usted siempre viene por aquí a la misma hora me ve justo cuando voy a mi cita diaria, es normal que me vea sonriendo. Me confiesa. Las citas de las que me habló antes… Se me escapa. No vaya usted a psicoanalizarme, ¿eh, joven? Me ruborizo. No, perdone, es mera curiosidad. No se moleste pero, me ha extrañado que una mujer de su edad tenga citas
Una risa, abierta, clara, juvenil, sincera sale de sus labios. Una risa que parece robada, que parece no pertenecer a ese rostro tan ajado. No puedo evitar sonreírme. O sea que, según los psicoanalistas de hoy en día, las mujeres de noventa y un años no podemos acudir a citas, ¿no? Pues acudo a bastantes con mi médico de cabecera últimamente. Los dos reímos sin poder ni querer contenernos durante un rato. De hecho, si no me ha visto usted estas semanas es porque he tenido unos problemillas de salud. Pero nada grabe.
Así que, el gran amor de su vida es su médico de cabecera, me río. De pronto le cambia la cara, la melancolía y la tristeza sustituyen a la alegría de cada sábado. Lo siento, no quería molestar. Cambiemos de tema.
No, joven, no. No es el médico de cabecera. ¿Me puede hacer un favor? Hace mucho que no hablo así con nadie. ¿Le importa acompañarme? Le hablaré de mi amor por el camino, así no se sorprenderá cuando lleguemos. No me gustaría llegar tarde. No lo he hecho en toda mi vida. Por supuesto, la acompaño. Le ofrezco mi brazo y nos ponemos en camino.
Tras unos segundos de silencio pregunto ¿dónde vamos? Aquí cerca, quince minutos andando como mucho. Al jardín del caserón. ¿Lo conoce? Claro que lo conozco. Un parque precioso. Sí, el más bonito de la ciudad. Cuando yo era niña y el parque era realmente el jardín de los señores más ricos de la ciudad yo ya correteaba entre sus árboles. ¿Sí? Me sorprendo. ¿Ha vivido toda la vida en esta ciudad? Curioseo. No, toda la vida no, pero casi…
Mis padres son ecuatorianos. Bueno, y no también. Nací allá. Pero siendo yo muy niña tuvimos que salir del país buscando una vida mejor. El destino nos trajo a España, donde mi padre nos llevaba a mi madre y a mí de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de trabajo en trabajo. Llegamos a esta ciudad cuando yo acababa de cumplir los diecisiete años. Ha pasado toda una vida ya. Se agacha con mucho esfuerzo y coge una flor, la huele y vuelve a mostrarme esa sonrisa que tanto he echado de menos estas semanas. Sonríe a su pasado, a sus recuerdos, a la vida que fue…
Ya llevábamos tres semanas en la ciudad. Yo quería encontrar trabajo para ayudar a mis padres y poder asentarnos en un hogar fijo. Ya estaba cansada de tanto viaje. Cada tarde daba vueltas por el pueblo de tienda en tienda, de casa en casa, buscando a quien necesitase de mis servicios, para limpiar, cuidar niños, cocinar… Lo que fuese. Necesitaba trabajar ya. Un día no pude evitar fijarme en unos ojos como no había visto otros. Unos ojos de forma perfecta, de pestañas largas y de color único. Los segundos en los que los estuve mirando sentí como que estaba mirando al mar a la cara. Intensos. Eran los ojos de una niña de cabellos largos y dorados. Iba acompañada de su madre. No pude evitar seguirlas. Entraron en la gran casa que coronaba estos jardines… Tardé tres días en reunir fuerzas para llamar a la puerta de la casa y pedir trabajo. Me ofrecieron un puesto en la cocina y acepté sin dudarlo. Y ahí estaban esos ojos de mar, rodeados de los rasgos más delicados que había visto nunca. No tardamos en hacernos amigas, las dos de edades parecidas. Quedábamos para pasear y hablar cada tarde en mi hora libre. Pero era una amistad que no gustaba mucho a sus padres. Por lo que acabamos escondiéndonos para poder vernos. No se escandalice, joven. Ella es el gran amor al que vengo a ver cada tarde.
La historia me absorbe tanto que no me doy cuenta de que hemos atravesado todo el parque. Estamos al lado del gran sauce llorón que marca el límite sur. Miro el reloj. Las seis y veinticinco de la tarde. No puedo articular palabra alguna.
Es justo aquí donde nos escondíamos para poder vernos cada día. Es justo aquí donde todo acabó. Es justo aquí donde todo sigue cada día. Créame, joven, es imposible que nadie haya llegado a ser tan feliz como nosotras lo fuimos aquel mes de mayo, hace ya más de setenta años. Pero su madre nos vio. Se la llevó de mi lado con unos gritos horrendos. No creo que tenga fuerzas de volver a oír lo que escuche de boca de la gran señora aquella tarde. Fui corriendo a la casa. Preocupada. Asustada. El señor me llamó a su despacho. Y me gritó. Y me golpeó. Y me insultó. Y siguió golpeándome. Y me escupió. Y no paraba de golpearme. Y cuando desperté, cuatro días después, ya no estaba en la casa. Estaba en el hospital. Y cuando mi carne cicatrizó y mis huesos soldaron volví a la casa. Y allí no había nadie. Y nadie supo decirme qué había pasado con Manuela. Y nadie volvió jamás a esa casa. Y desde aquel día vengo cada tarde a la misma hora que nos veíamos. Y le traigo las flores más bonitas. Y sé que allá donde esté ella seguirá acordándose de mí cada tarde… Porque lo nuestro es para siempre.
Con todo el vello del cuerpo erizado no puedo evitar que las lágrimas llenen mis ojos. Perdone pero me acabo de dar cuenta de que no le he preguntado su nombre... Ella vuelve de sus recuerdos y responde con una amplia sonrisa aun con mi edad, me siguen llamando Rosita. Emoción, alegría, nervios, ansia explotaron en mi pecho ¿Puedo preguntarle qué le pasó después de todo aquello? Claro. Mis padres, al saber lo sucedido, vinieron al hospital para insultarme y anunciarme que no me empeñase en buscarlos, renegaron de mí. Le di lástima al director del hospital y me contrató para limpiar las habitaciones y cambiar las camas. Accedió a dejarme libre todas las tardes para poder estar aquí a las seis y media siempre que a las ocho volviese a estar allí. Y allí estuve hasta que me jubilé.
¿Le puedo pedir un favor, Rosita? Claro, joven. Mire, hace dos años que vine aquí para trabajar en la sección de psicología de un centro que hay al otro lado de la ciudad. No sé si sabe dónde le digo. Un centro de mayores que antes era regentado por monjas… Sí, sé dónde me dice, usted. No querrá ingresarme, ¿no? Aunque sea mayor me valgo perfectamente. Le recuerdo que me ha dicho que no iba a psicoanalizarme. No, no me malinterprete, no quiero ingresarla, ni mucho menos. Sólo quiero que conozca otra gente de su edad. Mañana por la tarde yo estaré allí. Venga usted también, por favor. Pero le acabo de decir que cada tarde tengo una cita y, aunque me cae muy bien, no voy a romper mi promesa por usted, no se ofenda. No se preocupe por su cita. Nosotros, en nuestro jardín también tenemos un sauce llorón. Le prometo que a las seis y media podrá salir usted y podrá estar allí hasta las ocho sin que nadie le moleste. Nadie le hará preguntas. Por favor. No se lo pediría si no fuese importante. Creo que mis lágrimas la han convencido porque le arranco una promesa. Mañana a las cinco estará en el centro. La creo. Vendrá.
Se nota en su mirada que le duele saber que va a separarse de su sauce llorón una tarde. Como si le fallase a su gran amor. Quédese tranquila, Rosita. Nuestro sauce la enamorará tanto como la enamoró este.
No esté usted tan segura. Este sauce llorón es lo más especial que he tenido todos estos años.
Créame, el nuestro también lo es. Muy especial. Ya lo verá. La enamorará.
¿Cómo puede saberlo?
Lo sé…



Hay quien lo llama casualidad. Hay quien lo llama destino… ¿Vosotros cómo lo llamaríais? J

martes, 12 de agosto de 2014

BAJO EL SAUCE LLORÓN

Cuando entré por primera vez al centro, estando en prácticas, ella ya estaba ingresada. Una mujer que no hablaba mucho ni con los demás pacientes ni con nosotros. Mayor, de entre todos los allí ingresados, sin duda, de las más mayores, aunque me sería imposible adivinar su edad.
Más de una vez llegué a pensar que ese no era el centro en el que debería estar. No era simplemente una persona mayor como los demás, había algo en su mirada, en su comportamiento, que me hacía pensar que su mente se había perdido hace mucho tiempo, a muchos kilómetros de allí.
Cada mañana la veo levantarse, sus ojos tristes, unos ojos que sólo se separan del suelo para mirar sus ajadas manos que, de vez en cuando, golpeaban suavemente su pecho, justo en el momento en el que lágrimas de algún recuerdo afloran y llenan silenciosamente su rostro.
Tras la ducha matutina es la que más se arregla. Un moño blanco perfectamente recogido aparece en su nuca, un traje que no ha perdido la elegancia con los años, unos zapatos en consonancia y su perfume de rosas. Se dirige tranquila a la sala común, se sienta en el viejo sofá y, sólo entonces, levanta la mirada. Una mirada tan azul, una mirada tan profunda como el mar Mediterráneo. Una mirada llena de ilusiones, una mirada expectante. Jamás vi una mirada así en una persona de su edad. Una mirada que no se apartaba del reloj de pared.
El primer día sentí curiosidad y pregunté a mis compañeros. Está esperando a que lleguen las seis y media de la tarde, me informaron. ¿Quién viene a esa hora? Nadie. Nunca viene nadie a verla. A esa hora saldrá, se sentará bajo el sauce llorón que hay en el jardín y allí cerrará los ojos, sonreirá y, si encuentra alguna, cogerá una flor, la olerá, la besará y la dejará junto a una de las raíces. Nadie supo contestarme por qué. Es algo que ha hecho siempre. Nunca responde cuando le preguntamos. Cuando yo llegué también me sorprendió, pero al final ya no le das importancia. La dejamos hacer, no molesta ni hace mal a nadie. Además, parece tan feliz… Fueron sus respuestas.
Entonces me interesé por las personas que la ingresaron, ¿quién la había dejado allí y no había vuelto a visitarla? Igual era ese el motivo de su enajenación. La única respuesta que obtuve fue ya estaba aquí cuando yo entré, no sé.
Ya esa primera semana de prácticas me obsesioné con aquella a la que llaman “la del sauce”. Ni enfermeros ni pacientes saben su nombre real. A los pocos días solicité una entrevista con el director del centro para pedirle permiso para tratar personalmente a aquella mujer. ¿Qué pretendes, que cambie sus hábitos? Después de tanto tiempo no creo que logres nada. No, sólo pretendo que hable conmigo, que me cuente su historia, a ver si se rompe su mutismo y logramos que se relacione con el resto de pacientes. Aun sin fe en que consiguiese algo, accedió a que lo intentase.
Le pedí al director su informe y los datos de las personas que la ingresaron para poder hablar con ellos por si sufría algún tipo de depresión cuando la trajeron. Para empezar a tirar por algún lado. ¡Uf! A saber dónde estará ese informe… Lo buscaré. Pasa mañana por la tarde a ver si ha habido suerte. Aunque sí te puedo decir que no creo que encuentres vivas a las personas que la ingresaron. Esta mujer ya estaba aquí cuando yo entré a trabajar hace veinticinco años. Cuando me ascendieron a director, mi antecesora me contó que estaba aquí ya cuando ella comenzó, pero que entonces era una trabajadora interna. Pasaba las noches aquí cuidando de los ancianos al igual que lo hacía durante el día. Sólo paraba de trabajar a las seis y media de la tarde para realizar exactamente el mismo ritual que realiza hoy en día y a las ocho volvía al trabajo para el turno de cenas. Las monjas que le vendieron el asilo a mi antecesora le dijeron que esa mujer había de pasar aquí trabajando el resto de sus días. El asilo firmó un contrato con sus padres el día que la ingresaron y no se puede romper. Pero claro que lo rompimos. Cuando ya no estaba en edad de trabajar le dijimos que ya no tenía que hacerlo más, y le dejamos vivir aquí. No tiene lugar al que ir. ¿Sus padres? Me horroricé. Pero, ¿qué hizo para merecer eso? Eso se lo llevaron las monjas en forma de secreto. Lo que sí que dijeron es que ella mismo plantó el sauce llorón que hay en el jardín para sentarse cada tarde a su sombra durante una hora y media a descansar.
Quedé petrificada por esta historia. Ahora, más que nunca necesitaba saber qué pasó. Por qué va cada tarde a la misma hora a su sauce. Por qué la flor. Por qué un sauce. Qué hizo.
Jamás se encontró su informe, pero aún así me senté cada día a su lado en el sofá y pregunté preguntas sin respuesta. Hasta que simplemente me dediqué a hacerle compañía intentando adivinar lo que pasaba por su mente. Y cada tarde me sentaba a su lado junto a su sauce llorón esperando a que me hablara. Pero nunca hablaba. Y así pasé mis primeros dos años aquí, hasta que la semana pasada me habló.
Hoy me ha traído una flor, la más bonita de todas las que hay aquí, dijo señalando una pequeña flor que arrancó antes de sentarse bajo a su sauce llorón. Sí que es bonita, contesté sorprendida. Siempre escoge las más bonitas para mí, dijo con la mirada más radiante, con la sonrisa más enamorada que he visto jamás. Cerró los ojos sin dejar de sonreír y no dijo nada más aquella tarde.
Ayer no arrancó ninguna flor y me atreví a preguntarle. ¿No ha venido? Siempre, para siempre, respondió. No ha traído flor, le dije. No habrá encontrado ninguna lo suficientemente bonita, pero no pasa nada, me basta con que esté aquí conmigo. La misma mirada, la misma sonrisa. Y yo cada vez más perdida. Y antes de levantarse volvió a repetir siempre, para siempre, con una lágrima rodándole por la mejilla. Aunque su sonrisa enamorada no desapareció.
Esta mañana, mientras esperábamos en el sofá, se me ocurrió preguntarle qué significaba siempre, para siempre. Apartó la mirada del reloj para mirarme. Una mirada lúcida. La profundidad del mar Mediterráneo ante mis ojos. A las seis y media. Siempre. Para siempre. Volvió a mirar al reloj y volvió a ser la de siempre.
Esta tarde no ha arrancado ninguna flor. Nos hemos sentado bajo las ramas del sauce llorón y, sin dejar de sonreír, me ha mirado tranquilamente y me ha contado: me llamo Manuela Díaz Antúnez. Mi padre, Antonio Díaz Juárez, una de las grandes fortunas de la ciudad, me trajo aquí hace setenta y cuatro años. Mi condena, pasar mi vida cuidando a los ancianos que viniesen al asilo de día y de noche. Las monjas que antes llevaban esto, al firmar aquel contrato, accedieron a ingresar en sus cuentas una buena suma mensual…
Me ha sorprendido tanto saber de ella que no he podido articular palabra…
Este mi castigo. Mi pecado, Rosita… Su cara se transformó en esa pura felicidad en la que se transformaba cada tarde bajo su sauce. Hace muchos años, toda una vida, acompañaba a mi madre por el centro de la ciudad cuando nos cruzamos con unos ojos muy intensos, negros. Muy grandes, negros. Muy redondos, negros. Muy brillantes, negros. Esos ojos se quedaron en mi mente hasta tres días después, cuando los volví a ver en casa de mis padres. Para mi sorpresa la dueña de esos ojos, un par de años mayor que yo, había venido a pedir trabajo. Era inmigrante y necesitaba trabajar, de lo que fuese, era buena en cualquier cosa. Acabó trabajando en la cocina. Realmente era buena. Cada tarde libraba de seis y media a ocho y empezamos a acostumbrarnos a hablar y pasear todos los días. Cuando mi padre se enteró me amonestó. No debes pasear en compañía del servicio, Manuela. Has de buscar compañías que no retrasen su formación como señorita. Pero ya era tarde, Rosita y yo sólo esperábamos que llegasen las seis y media para hablar. Así que para que no nos vieran nos íbamos al rincón más alejado del jardín de atrás de la casa y nos escondíamos bajo las ramas de un sauce llorón que había allí.
Durante esas tardes escondidas me enteré de que no había sido casualidad que pidiese trabajo a mis padres. Me enteré de que ella también se fijó en mis ojos. Me enteré de que no pudo evitar seguirnos para averiguar dónde encontrarme. Me enteré que no podría volver a separarme de ella en mi vida.
Era Mayo. Había muchas flores. Siempre cogía la más bonita para mí. Antes de irnos yo besaba la flor sin dejar de mirar aquellos ojos. Ella besaba la flor sin dejar de mirarme a los ojos. Nunca me olvidaré de aquella mirada. Mañana a las seis y media se despedía. Siempre, decía yo, para siempre. La flor siempre se quedaba junto al sauce. Ella se iba y yo esperaba un rato. Yo me iba y las dos fingíamos no vernos.
Pero un día mi madre paseó cerca del sauce y nos vio. Me llevó a casa a tirones. Me gritaron. Me insultaron. Me pegaron. Al día siguiente me trajeron aquí. Firmaron el contrato. Y no volví a verlos. Y no la volví a ver. Y las monjas se santiguaban cada vez que me veían. Y les pedí plantar un sauce para que hiciese sombra en el jardín y poder descansar. Y me creyeron. Y lo planté. Y no sé qué habrá sido de ella. Y vengo cada día a nuestra hora para estar con su recuerdo, con sus ojos. Y seguiré viniendo siempre, cada día, para siempre.
Mi única reacción fueron las lágrimas. 
Sé que ella, en algún lugar, también acudirá siempre, a las seis y media, para siempre.
Pero, ¿cómo puedes estar tan segura?
Lo sé…


 Marginamos al “políticamente incorrecto”, vivimos de apariencias, nos ponemos máscaras que nos vienen grandes… ¿Pensáis que somos felices así? J