Creo que siempre me he quejado
de lo dormido que está el andén a las seis de la mañana. Faroles somnolientos
iluminando caras que esperan despertarse, conversaciones susurradas, gestos
silenciosos. Siempre la misma gente. Siempre la misma hora. Siempre las mismas
caras. Pero cuando lo pienso, me doy cuenta de que siempre pasa algo distinto
que hace que este andén, a esta hora, se convierta en un lugar muy especial. Un
lugar sorprendente. Una hora única en la que suceden historias que se quedarán
grabadas en mi mente de por vida.
Hace seis días, cuando llegué,
me di cuenta de que éramos todos los de siempre más uno. Todos estaban
exactamente en el mismo lugar en el que los encuentro cada mañana, pero, a
excepción de una mujer que siempre mira al lugar por el que ha de aparecer el
tren, todos miraban a un señor que se había sentado en el suelo, junto a la
puerta.
Me coloqué en mi sitio de
siempre y también me dediqué a observarlo, aunque espero haber disimulado más
que mis desconocidos compañeros de cada mañana. Un señor de mediana edad. Unos
harapos, que en su día fueron buenas ropas, cubrían su cuerpo. Unos zapatos sin
brillo y casi sin suela, sus pies. Un viejo sombrero calado hasta las orejas
protegía su canosa cabeza del frío de aquella mañana. En su mirada vida. En sus labios
felicidad.
Los susurros hipnotizantes que
solían adormecer el andén a esa hora habían desaparecido aquella mañana, de
manera que todos podíamos oír el monólogo de nuestro improvisado invitado. Sí,
aquí fue donde nos vimos por primera vez, decía. Aquí nos cogimos de la mano
por primera vez. Qué lástima que hayan quitado nuestro banco, recordaba. Estaba
deseando que me dejasen salir de allí para poder volver. Esta hora. La hora
mágica. Nuestra hora. Nuestro andén. Nuestro tren. Nuestra vía. Imposible de
olvidar nuestro primer paseo juntos. Falta nuestro banco, pero la magia sigue
aquí, ¿la notas?
Lo dejamos hablando cuando
subimos al tren. Todos los susurros desaparecidos se transformaron en
conversaciones asombradas. Todos reconocían a aquel señor. Todos menos yo. Me
decidí, una vez más, a robar un poco de aquellas conversaciones ajenas para
poder saber quién era.
Era aquel empresario de fama.
Imposible reconocerlo después de cinco años. Cuánto daño habían hecho esos
cinco años en él. Cuánto daño le había causado la vida. Un universitario
bastante informado aseguraba que tras la muerte de su mujer enloqueció. Fue
entonces cuando comenzó a hablar solo. Una mujer que aseguraba haberlo conocido
en sus años de bonanza dijo que lo abandonó todo. Dejó de ir a trabajar,
informó, dejó de hablar con nadie que no fuera él mismo, se negaba a cambiarse
de ropa. Es verdad, aseguró alguien que trabajó con él, ¿os habéis fijado?
Todavía lleva el mismo traje que llevaba el día que murió su esposa. Pobre, se
lamentó una chica que enlazaba su mano con la del amor de su vida, se ve que
eran una pareja perfecta, que estaban muy unidos. Yo también enloquecería si me
pasase algo así. Pero, ¿no lo internaron? Preguntó una mujer más bien asustada.
Sí, anunció el estudiante, pero la gente ya hace días que anuncia que lo iban a
soltar. Se ve que lo dejan salir por el día, no supone ningún peligro para la
sociedad. Por la noche tiene que volver.
Cada día que ha pasado desde
entonces ha ido aumentando mi curiosidad hacia este gran señor arruinado por la
locura de una pérdida. Sí, todos hemos robado las conversaciones que ha estado
manteniendo consigo mismo estos días. Pero yo, justamente yo, no puedo seguir
haciéndolo. Una especie de atracción hacia él ha ido creciendo dentro de mí y
ayer, sin poder ni querer evitarlo, me senté junto a él.
Buenos días, ¿puedo ayudarle en
algo? Me sonrió mirándome con aquellos ojos tan vivos. Espero no molestar, me
disculpé. Si le molesta lo que voy a decirle dígalo y me marcho. Ya nada me
puede molestar, me aseguró. Es que desde que sé quién es usted mi curiosidad
aumenta cada día. La curiosidad es lo mejor que le puede pasar a nuestra mente.
Dígame. Desde que apareció usted aquí en el andén, todo el mundo habla de la
gran relación que tenían usted y su mujer, la relación perfecta, aseguran. Todo
el mundo habla de lo que sufrió durante la enfermedad. Todo el mundo habla de
su muerte y de cómo usted enloqueció. Todo el mundo habla de un internamiento.
Todo el mundo tiene miedo por su liberación. Su sonrisa crecía sinceramente
mientras le hablaba. Su vida durante estos años ha debido de ser un auténtico
infierno. Pero, en cambio, cada día, lo veo aquí sentado. Cada día su mirada
tiene un brillo más vivo. Cada día su sonrisa es más feliz. Igual me dice que
no me importa, pero no lo entiendo. Nadie estaría tan feliz pasándolo tan mal.
Así que, ¿se ha fijado?
Comenzó. Sí, cada día estoy más feliz. Cada día me siento más vivo. Porque cada
día estoy más muerto. Ante mi mirada de extrañeza continuó.
Hace doce años, yo iba cada día
a la capital a trabajar. No me iba nada mal. Siempre me ha gustado el tren, así
que venía cada día a esta misma hora, a este mismo andén, a esperar ese mismo
tren que coges tú cada mañana. Mi lugar era este. Aquí había un banco. No sé
por qué lo quitaron. Conforme llegaba me sentaba aquí a esperar, y mientras el
tren llegaba, hacía como usted, lo observaba todo. Un buen día llegó ella, una
chica preciosa. Una chica llena de vida. Una chica llena de ilusiones. Se sentó
aquí, a mi lado. Ese mismo día comenzamos a hablar y descubrí que era preciosa
por fuera y que era hermosa por dentro. Ese mismo día supe que no podría
separarme de ella. Cada día venía y se sentaba a mi lado. Cada día intimábamos
más. Cada viaje a la capital era irrepetiblemente hermoso.
En este banco comenzó nuestra
relación. En este banco nos dimos nuestro primer beso. El primer paseo largo
que dimos juntos partió desde aquí, desde este mismo andén. Fuimos siguiendo la
vía. Fuimos siguiendo nuestros sueños juntos. Fue un paseo tan especial, que
dos años más tarde decidí repetirlo para pedirle matrimonio. Todo el mundo
tiene razón. Lo nuestro siempre ha sido perfecto. Estamos hechos el uno para el
otro y tuvimos la suerte de coincidir en este banco, a esta hora.
Los cinco años que estuvimos
casados fueron los más felices de mi vida. Unos años perfectos. Una vida
perfecta. Pero enferrmó. Y sufrí. Y su sonrisa jamás desapareció. Y la
enfermedad corría demasiado. Y no puedo dejar de sonreír cuando te tengo cerca,
me aseguraba. Y no pudimos hacer nada. Y no te preocupes cariño, siempre estaré
aquí, no me puedo separar de ti, me sonreía. Y un día ya no abrió los ojos.
Pero me di cuenta de que cumplía
su promesa. Jamás se fue. Sigue aquí conmigo porque no podemos estar separados.
Pero nuestra vida ahora es sólo nuestra. Ya no la compartimos con nadie. Lo
llaman locura porque sé que nadie puede verla más que yo. Pero la veo. Y la
oigo. Y me sigue sonriendo después de estos años. Y sigue igual. Y no quiero
cambiarme el traje para que me siga reconociendo, porque yo sí he cambiado. Y
han intentado curarme esta supuesta locura. Y yo no quiero. No podría vivir sin
ella.
Es curioso. Cuando nos casamos
nos unieron hasta que la muerte nos separase. Y la muerte no ha podido
separarnos. Lo que ahora nos separa es la vida. Mi vida. Porque noto su tacto
pero no puedo tocarla. Porque noto sus brazos pero no puedo abrazarla. Porque
veo sus labios pero no puedo besarla.
Sí, creo que jamás ha habido una
unión como la nuestra. Tan unidos estamos que he llegado a coger su misma
enfermedad. Ella misma me lo anunció hace unos días. Cuando los médicos lo
corroboraron les pedí, por favor, que me dejasen salir de allí. Sólo quería
volver aquí. Volver a pasear con ella. Para volver a unirme a ella.
Determinaron que no soy mala persona, así que me dejan venir cada mañana. Y
aquí me siento a esperar como cuando nos conocimos. A esperar hablando con ella
como cuando nos conocimos. A esperar a que llegue el momento de hacer ese
paseo.
Y si cada día me nota usted más
feliz es porque cada día noto que estoy más cerca de volver tocarla. A
abrazarla. A besarla. Y si cada día me nota usted más vivo es porque sé que
cuando muera volveré a vivir con ella. Y si hoy estoy más feliz que nunca es
porque me ha dicho que hoy es el día. Que ha llegado el momento.
Se levantó trabajosamente del
suelo y se dispuso a salir del andén para seguir las vías como en aquel paseo que
tanto marcó su vida. Pero llovía a cantaros. No puede salir así del andén, le
grité, con esta lluvia y este viento. Tranquilo amigo, no moriré de un catarro,
se despidió sonriendo más vivo que nunca.
Y salió del andén. Y comenzó a
seguir las vías. Y nadie podía apartar la mirada de él. Y el viento no azotaba
sus ropas. Y el agua no tocaba su cuerpo. Y junto a las huellas que él iba
dejando en el barro aparecían otras de unos pies más pequeños, más finos. Unos
pies de mujer.
Todos
temen la locura. Pero, decidme, ¿no seríais felices con una locura así? J

No hay comentarios:
Publicar un comentario