lunes, 8 de septiembre de 2014

LA EJECUCIÓN

Un ruido tremendo lo despierta. Joder! Piensa, ¿qué es ese ruido que me taladra la cabeza? Busca su origen y el movimiento brusco de la cabeza hace que se maree y sienta náuseas. Sí que fue brutal la cena de anoche, piensa. Jamás he tenido una resaca así…
Coge el móvil, el aparato que estaba emitiendo aquel sonido que hoy le parecía infernal. Siento llamar tan temprano, anuncia la voz de su compañero, y más hoy. La de anoche fue la mejor cena que hemos tenido nunca en el departamento. ¡Buf! Mi cabeza está totalmente de acuerdo contigo. Responde con voz pastosa. ¿Qué pasa? F. J. Muñoz ha aparecido muerto en la calle del Sur, frente a su casa. El jefe nos quiere allí en cuarenta y cinco minutos. ¿Quién? Pregunta intentando lubricar la garganta con saliva sin éxito. ¿Cómo que quién?, ¿no sabes quién es F.J.? El gran joyero que vino hace unos años desde el norte, el dueño de la cadena de joyerías más exclusivas y seguras del país… Bueno, da igual, ya sé que no estás muy puesto en sociedad. Nos vemos en cuarenta y cinto minutos. Sí, vale, contesta torpemente, me doy una ducha fría, me tomo un buen café y voy. No está muy lejos de mi casa. ¡Ok! Ten cuidado con el coche. Pensaba que yo estaba mal, pero veo que tú acabaste peor que yo la fiesta… Corta la llamada riéndose.
Mira su móvil con fastidio mientras intenta darse prisa, pero su cuerpo hoy está demasiado lento. No responde. Los reflejos se deben de haber escondido detrás de ese horrible dolor de cabeza. Espero que el jefe no se moleste si llego unos minutos tarde, piensa entumecido.
Mientras se ducha intenta poner la mente en orden. No recuerda nada. ¿Tanto bebió? Debe de ser… Pero, ¿por qué lo hizo? Pensaba que había superado ya la ruptura, pero igual no. Tendría que hablar con ese psicólogo nuevo que han puesto en el departamento. ¿Vino anoche a la cena? Pensó. ¡Joder! Ni siquiera me acuerdo de la gente que fue. No voy a volver a probar el alcohol en mi vida… Piensa mientras se coge las sienes con fuerza para ver si así se calman.
Llega a la calle del Sur cinco minutos tarde y se encuentra a su compañero con cara de circunstancias y a su jefe con cara de pocos amigos. ¿Se puede saber por qué llegas tan tarde? Lo saluda a gritos su jefe. Te recuerdo que anoche tuvimos la cena del departamento, responde pidiendo calma con la mano. Por lo visto me lo pasé demasiado bien y mi cuerpo no reacciona a la velocidad que me gustaría a estas horas. ¡Me da igual tu cuerpo! Aulló el superior sin compasión. El que me importa es el que está ahí tirado, ejecutado. Tenemos que examinarlo todo antes de que lleguen los forenses y tú lo estás atrasando todo.
Todos esos gritos nerviosos iban a hacer que le estallase la cabeza. ¿Estás bien? Se preocupó su compañero. Tienes la peor cara que te he visto nunca. Sinceramente, no, no lo estoy, se sinceró. No sé qué cojones mezclé ayer. Te juro que vuelvo a beber en mi vida. Y encima, el alcohol me hace tener pesadillas. Imagínate la nochecita. La pesadilla de hoy ha sido mucho peor que las demás… En consonancia con la curda, supongo. Intentó reírse de su ocurrencia, pero se arrepintió a la primera carcajada. ¿Has vuelto a soñar con tu ex? No, lo de hoy ha sido mucho peor. Luego te cuento. Vamos a lo nuestro, si no “Mr. Bulldog” volverá a ladrar y no está mi cabeza para soportarlo.
Se acercan al cadáver, un señor no muy alto, vestido con traje caro, muerto al lado de un coche de gama alta con el cristal de la puerta del piloto reventado. A simple vista se ve el orificio de la bala. Uno sólo. En la nuca. Ejecutado. Un gran charco de sangre baña su cabeza ladeada. Comienza a notar palpitaciones en sus, hoy hipersensibles, sienes. Se acerca a ver la cara de la víctima y nota como su cuerpo comienza a bombear el desayuno acompañado de bilis hacia su boca. Se incorpora para respirar y pensar con claridad pero es demasiado tarde. No puede evitar que la amarga mezcla salga disparada por su boca.
Pero, tío, ¿qué te pasa? Ni que fuera el primer cadáver que ves… Y éste no está entre los asesinatos más crueles que hemos investigado. Se preocupa cada vez más su compañero. Tú has pillado alguna enfermedad. No, en serio, estoy bien, intenta tranquilizarlo. Anoche… Vas a tener que dejarte el alcohol en serio, ¿eh? Anda apártate un poco y respira, no vaya a ser que el olor a sangre te haga vomitar de nuevo. Acabo yo aquí y te acompaño a comisaría. No estás para conducir.
Decide hacer caso a su compañero y apartarse. No puede ser. Le duele cada vez más la cabeza. Vuelven las náuseas.
Ya en comisaría entran en el despacho del jefe y se sientan ante él para informarle. Sólo habla su compañero. Como bien ha verificado usted nada más llegar, se trata de una ejecución, informa. Un solo disparo en la nuca. Siguen las palpitaciones. A quemarropa. Vuelven las náuseas. Los de balística han encontrado el casquillo incrustado en el asiento del copiloto de su coche, lo están analizando. Le va a estallar la cabeza. Por la trayectoria podemos decir que le dispararon que quien lo hizo es más alto que la víctima. La bala atravesó el cristal del piloto del coche. No quiere volver a vomitar, no aquí. Posible móvil, el robo, han desaparecido su cartera, su reloj, su alianza y las llaves del coche. Aunque es raro, si querían el coche, ¿por qué lo dejan ahí?, y su móvil seguía en el bolsillo interior de su chaqueta. Es como si le hubiesen quitado sólo lo que tenía a mano. Todo le da vueltas. ¿Han hablado con su viuda? Inquiere el jefe. No, responde su compañero, no responde a las llamadas. Seguimos intentándolo. Insistan, ordena a voces. Quiero saber si se iba o si llegaba, si ha sufrido algún tipo de amenaza, si tenía algún enemigo declarado. Hay que resolver esto cuanto antes. La prensa se nos está echando encima.
Ya está resuelto, se oye a sí mismo. Se pone de pie y deposita su arma reglamentaria y su placa sobre la mesa. Yo maté a ese señor anoche, confiesa mientras caen lágrimas de sus ojos. Ante la cara de asombro de sus acompañantes continúa, llevad mi revolver a los de balística, comprobarán que fue disparado hace pocas horas y que el casquillo que han encontrado coincide con mi munición. La cartera y todo lo demás lo encontraréis en el contenedor de basuras que hay en la esquina de la calle del Pino con la calle Marcial.
¿Estás de broma, no? Preguntó nervioso su compañero. ¡No tiene gracia! Gritó su jefe.
No, no tiene gracia. Y no, no estoy bromeando. He sido yo. Sus manos tiemblan. No para de llorar.
Pero me dijiste que no lo conocías. También llora.
Hasta anoche no lo había visto en mi vida. Lo juro.
Y, puestos a confesar, ¿por qué lo hiciste? Inquiere su jefe cada vez más nervioso.
Sinceramente, no lo sé…
Su compañero se levanta para esposarlo mientras su jefe llama al laboratorio y a balística. ¿Por qué? Pregunta desesperado su compañero.
No lo sé…



Yo sí lo sé… Os lo iré contando, tranquilos J

viernes, 5 de septiembre de 2014

JUNTO A LA PUERTA DEL ANDÉN

Creo que siempre me he quejado de lo dormido que está el andén a las seis de la mañana. Faroles somnolientos iluminando caras que esperan despertarse, conversaciones susurradas, gestos silenciosos. Siempre la misma gente. Siempre la misma hora. Siempre las mismas caras. Pero cuando lo pienso, me doy cuenta de que siempre pasa algo distinto que hace que este andén, a esta hora, se convierta en un lugar muy especial. Un lugar sorprendente. Una hora única en la que suceden historias que se quedarán grabadas en mi mente de por vida.
Hace seis días, cuando llegué, me di cuenta de que éramos todos los de siempre más uno. Todos estaban exactamente en el mismo lugar en el que los encuentro cada mañana, pero, a excepción de una mujer que siempre mira al lugar por el que ha de aparecer el tren, todos miraban a un señor que se había sentado en el suelo, junto a la puerta.
Me coloqué en mi sitio de siempre y también me dediqué a observarlo, aunque espero haber disimulado más que mis desconocidos compañeros de cada mañana. Un señor de mediana edad. Unos harapos, que en su día fueron buenas ropas, cubrían su cuerpo. Unos zapatos sin brillo y casi sin suela, sus pies. Un viejo sombrero calado hasta las orejas protegía su canosa cabeza del frío de aquella mañana. En su mirada vida. En sus labios felicidad.
Los susurros hipnotizantes que solían adormecer el andén a esa hora habían desaparecido aquella mañana, de manera que todos podíamos oír el monólogo de nuestro improvisado invitado. Sí, aquí fue donde nos vimos por primera vez, decía. Aquí nos cogimos de la mano por primera vez. Qué lástima que hayan quitado nuestro banco, recordaba. Estaba deseando que me dejasen salir de allí para poder volver. Esta hora. La hora mágica. Nuestra hora. Nuestro andén. Nuestro tren. Nuestra vía. Imposible de olvidar nuestro primer paseo juntos. Falta nuestro banco, pero la magia sigue aquí, ¿la notas?
Lo dejamos hablando cuando subimos al tren. Todos los susurros desaparecidos se transformaron en conversaciones asombradas. Todos reconocían a aquel señor. Todos menos yo. Me decidí, una vez más, a robar un poco de aquellas conversaciones ajenas para poder saber quién era.
Era aquel empresario de fama. Imposible reconocerlo después de cinco años. Cuánto daño habían hecho esos cinco años en él. Cuánto daño le había causado la vida. Un universitario bastante informado aseguraba que tras la muerte de su mujer enloqueció. Fue entonces cuando comenzó a hablar solo. Una mujer que aseguraba haberlo conocido en sus años de bonanza dijo que lo abandonó todo. Dejó de ir a trabajar, informó, dejó de hablar con nadie que no fuera él mismo, se negaba a cambiarse de ropa. Es verdad, aseguró alguien que trabajó con él, ¿os habéis fijado? Todavía lleva el mismo traje que llevaba el día que murió su esposa. Pobre, se lamentó una chica que enlazaba su mano con la del amor de su vida, se ve que eran una pareja perfecta, que estaban muy unidos. Yo también enloquecería si me pasase algo así. Pero, ¿no lo internaron? Preguntó una mujer más bien asustada. Sí, anunció el estudiante, pero la gente ya hace días que anuncia que lo iban a soltar. Se ve que lo dejan salir por el día, no supone ningún peligro para la sociedad. Por la noche tiene que volver.
Cada día que ha pasado desde entonces ha ido aumentando mi curiosidad hacia este gran señor arruinado por la locura de una pérdida. Sí, todos hemos robado las conversaciones que ha estado manteniendo consigo mismo estos días. Pero yo, justamente yo, no puedo seguir haciéndolo. Una especie de atracción hacia él ha ido creciendo dentro de mí y ayer, sin poder ni querer evitarlo, me senté junto a él.
Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? Me sonrió mirándome con aquellos ojos tan vivos. Espero no molestar, me disculpé. Si le molesta lo que voy a decirle dígalo y me marcho. Ya nada me puede molestar, me aseguró. Es que desde que sé quién es usted mi curiosidad aumenta cada día. La curiosidad es lo mejor que le puede pasar a nuestra mente. Dígame. Desde que apareció usted aquí en el andén, todo el mundo habla de la gran relación que tenían usted y su mujer, la relación perfecta, aseguran. Todo el mundo habla de lo que sufrió durante la enfermedad. Todo el mundo habla de su muerte y de cómo usted enloqueció. Todo el mundo habla de un internamiento. Todo el mundo tiene miedo por su liberación. Su sonrisa crecía sinceramente mientras le hablaba. Su vida durante estos años ha debido de ser un auténtico infierno. Pero, en cambio, cada día, lo veo aquí sentado. Cada día su mirada tiene un brillo más vivo. Cada día su sonrisa es más feliz. Igual me dice que no me importa, pero no lo entiendo. Nadie estaría tan feliz pasándolo tan mal.
Así que, ¿se ha fijado? Comenzó. Sí, cada día estoy más feliz. Cada día me siento más vivo. Porque cada día estoy más muerto. Ante mi mirada de extrañeza continuó.
Hace doce años, yo iba cada día a la capital a trabajar. No me iba nada mal. Siempre me ha gustado el tren, así que venía cada día a esta misma hora, a este mismo andén, a esperar ese mismo tren que coges tú cada mañana. Mi lugar era este. Aquí había un banco. No sé por qué lo quitaron. Conforme llegaba me sentaba aquí a esperar, y mientras el tren llegaba, hacía como usted, lo observaba todo. Un buen día llegó ella, una chica preciosa. Una chica llena de vida. Una chica llena de ilusiones. Se sentó aquí, a mi lado. Ese mismo día comenzamos a hablar y descubrí que era preciosa por fuera y que era hermosa por dentro. Ese mismo día supe que no podría separarme de ella. Cada día venía y se sentaba a mi lado. Cada día intimábamos más. Cada viaje a la capital era irrepetiblemente hermoso.
En este banco comenzó nuestra relación. En este banco nos dimos nuestro primer beso. El primer paseo largo que dimos juntos partió desde aquí, desde este mismo andén. Fuimos siguiendo la vía. Fuimos siguiendo nuestros sueños juntos. Fue un paseo tan especial, que dos años más tarde decidí repetirlo para pedirle matrimonio. Todo el mundo tiene razón. Lo nuestro siempre ha sido perfecto. Estamos hechos el uno para el otro y tuvimos la suerte de coincidir en este banco, a esta hora.
Los cinco años que estuvimos casados fueron los más felices de mi vida. Unos años perfectos. Una vida perfecta. Pero enferrmó. Y sufrí. Y su sonrisa jamás desapareció. Y la enfermedad corría demasiado. Y no puedo dejar de sonreír cuando te tengo cerca, me aseguraba. Y no pudimos hacer nada. Y no te preocupes cariño, siempre estaré aquí, no me puedo separar de ti, me sonreía. Y un día ya no abrió los ojos.
Pero me di cuenta de que cumplía su promesa. Jamás se fue. Sigue aquí conmigo porque no podemos estar separados. Pero nuestra vida ahora es sólo nuestra. Ya no la compartimos con nadie. Lo llaman locura porque sé que nadie puede verla más que yo. Pero la veo. Y la oigo. Y me sigue sonriendo después de estos años. Y sigue igual. Y no quiero cambiarme el traje para que me siga reconociendo, porque yo sí he cambiado. Y han intentado curarme esta supuesta locura. Y yo no quiero. No podría vivir sin ella.
Es curioso. Cuando nos casamos nos unieron hasta que la muerte nos separase. Y la muerte no ha podido separarnos. Lo que ahora nos separa es la vida. Mi vida. Porque noto su tacto pero no puedo tocarla. Porque noto sus brazos pero no puedo abrazarla. Porque veo sus labios pero no puedo besarla.
Sí, creo que jamás ha habido una unión como la nuestra. Tan unidos estamos que he llegado a coger su misma enfermedad. Ella misma me lo anunció hace unos días. Cuando los médicos lo corroboraron les pedí, por favor, que me dejasen salir de allí. Sólo quería volver aquí. Volver a pasear con ella. Para volver a unirme a ella. Determinaron que no soy mala persona, así que me dejan venir cada mañana. Y aquí me siento a esperar como cuando nos conocimos. A esperar hablando con ella como cuando nos conocimos. A esperar a que llegue el momento de hacer ese paseo.
Y si cada día me nota usted más feliz es porque cada día noto que estoy más cerca de volver tocarla. A abrazarla. A besarla. Y si cada día me nota usted más vivo es porque sé que cuando muera volveré a vivir con ella. Y si hoy estoy más feliz que nunca es porque me ha dicho que hoy es el día. Que ha llegado el momento.
Se levantó trabajosamente del suelo y se dispuso a salir del andén para seguir las vías como en aquel paseo que tanto marcó su vida. Pero llovía a cantaros. No puede salir así del andén, le grité, con esta lluvia y este viento. Tranquilo amigo, no moriré de un catarro, se despidió sonriendo más vivo que nunca.
Y salió del andén. Y comenzó a seguir las vías. Y nadie podía apartar la mirada de él. Y el viento no azotaba sus ropas. Y el agua no tocaba su cuerpo. Y junto a las huellas que él iba dejando en el barro aparecían otras de unos pies más pequeños, más finos. Unos pies de mujer.



Todos temen la locura. Pero, decidme, ¿no seríais felices con una locura así? J

domingo, 31 de agosto de 2014

DICEN...

Siempre me acordaré del segundo día más feliz de mi vida. El día en el que supe que vendrías. No sólo fue un día de alegría, fue un día de emoción, tanto tiempo esperando. Fue un día de miedo, ¿estaremos preparados? Fue un día de dudas, ¿lo haremos bien? Y, me acordaré siempre, fue el día en el que empezaron a decir.
Decían qué alegría. Pero sus sonrisas a media asta decían pero por dios, que sois muy mayores. Lo tomarán por vuestro nieto. Tanto tu madre como yo notamos esa hipocresía, pero nos dio igual. Queríamos un hijo, llevábamos tanto tiempo intentándolo… Nos dio igual el dinero. Nos dolieron los fracasos porque cada uno nos hacía pensar que serías inalcanzable. Nos dio igual la edad. Seguimos intentándolo hasta que llegó la buena noticia.
El vientre de tu madre fue creciendo, y decían qué tripa más redonda y más bonita, será niña. El brillo en sus ojos gritaba no sabéis lo que estáis haciendo, será vuestra nieta. Pero nos daba igual tu sexo. Te queríamos a ti, fueses lo que fueses. Éramos felices. Tu madre cada día te sentía más en su interior. Mis manos comenzaron a notarte por el exterior. Cada día estabas más aquí.
Siempre recordaré el día más feliz de mi vida. El día en el que viniste. Al final tubo que ser cesárea. Entonces, tanto los labios como los ojos coincidían al decir. Decían que era normal, si hubiese sido más joven habría sido perfecto, pero a su edad. Pero me daba igual porque me aseguraban que tu madre estaba perfectamente. Aunque me llevaron a aquel despacho. Es niño, me informaron, pero hay algo que no ha salido del todo bien, un problema que no percibimos en las pruebas que realizamos durante la gestación. Me asusté.
Te vi antes que tu madre. Ella todavía dormía. Tú ya estabas bien despierto, mirándolo todo con esos ojos tan especiales que todavía no veían. Acerqué mi meñique a tu mano y lo cogiste por reflejo, lo cogiste fuerte y no lo soltaste. Entonces supe que no había ningún problema. Supe que eras perfecto. Supe que eras exactamente lo que habíamos estado esperando todos aquellos años. Supe que serías la mayor felicidad de nuestra vida.
Y tu madre despertó. Y os presenté. Y ella te miró sorprendida de arriba abajo. Y lloró. Y besó esos ojos que lo decían todo. Es perfecto, dijo.
Sí, desde el momento en que te vimos supimos que no habría problema que no pudiésemos superar. Supimos que eras fuerte. Que nadie lograría infravalorarte. Que eras nuestra vida. Que íbamos a ser felices el resto de nuestra vida gracias a ti. Y en ese momento sonreíste por primera vez uniéndonos todavía más. Y desde ese momento no han parado de decir.
Dicen que es una crueldad haber dejado que nacieras. Hubiese sido mucho mejor que hubiésemos abortado y haber adoptado un niño que cargar con algo así el resto de nuestra vida. Jamás han querido darse cuenta de que siempre ha sido al contrario. Cada sonrisa sincera que nos has regalado durante todos estos años nos ha descargado de los problemas y de los miedos. Cada abrazo que nos has dado tan lleno de verdadero amor nos ha descargado de todas las hipocresías, de todas las habladurías, y nos han hecho centrarnos en lo verdaderamente importante, tú, tu vida, tu educación, nuestra vida, nuestra felicidad.
Dicen que se nos ve mayores por culpa de todo lo que tenemos que hacer por ti, total, para que no entienda nada, con su retraso… Dicen. Parecen haber olvidado que ya nos veían mayores cuando todavía estabas viniendo. No quieren darse cuenta de que hemos hecho por ti exactamente lo mismo que ellos por sus hijos, educarte lo mejor posible.
Cuando oigo esto siempre me acuerdo de cuando eras niño. Siempre jugabas a los superhéroes. Realmente te creías un superhéroe. Tu poder: cambiar la cara de la gente. Esa etapa duró en ti mucho más que en el resto de niños. Ya eras un joven cuando llegaste feliz a casa asegurándonos que habías evolucionado, que habías aumentado tus poderes. No sólo puedo cambiar la cara de la gente, papis. Les pongo su verdadera cara. Como no entendimos, nos explicaste. Desde que recuerdo, a la gran mayoría de gente le cambia la cara cuando se cruza conmigo. Les cambio la cara. Eso ya lo sabéis. Pero hoy me he dado cuenta de que lo que hago es ponerle su verdadera cara. Una cara que parece normal, se cruza conmigo y se convierte en una cara de pena, en una cara hipócrita, en una cara falsa… Debéis estar orgullosos de mí, me estoy convirtiendo en un gran superhéroe.
Por supuesto que estábamos orgullosos. Siempre lo hemos estado y siempre lo estaremos. Y dicen que no entiendes, que tienes un retraso. Y yo digo que son ellos los que no entienden, que el hecho de que vayas algo más lento no significa que tengas retraso, sino que vas sobre seguro.
Dicen que somos egoístas, que no pensamos en ti. Cuando vosotros no estéis, ¿quién cuidará de él?, ¿lo habéis pensado? Será un marrón para quién lo tenga que cuidar. Odio cuando dicen esto. Claro que pensamos en ti. Cada día, a cada hora. Pero no porque tengas que ser una carga, sino porque eres nuestra descarga. Eres nuestra vida. Eres nuestra felicidad.
Que te quedarás solo, dicen. No. Creo que esa chica a la que ayer cogías de la mano será una gran compañera. Sé que tú vas a ser su mejor compañero. No creo que vayas a ser un marrón para ella. Como has hecho con nosotros desde que viniste, te transformarás en su luz blanca. Le enseñarás a ver el mundo con tus ojos tan especiales. Gracias a ti, su vida será cada vez más sincera, más feliz. Sé que no serás ninguna carga porque jamás lo has sido.
Hoy estamos aquí, sentados junto a esa chica, viendo cómo recoges tu diploma. Orgullosos. Has acabado tu grado. Orgullosos. Todos los profesores hablan maravillas de ti. Orgullosos. La empresa en la que has hecho las prácticas te ha ofrecido un buen contrato. Orgullosos. Sabemos que vas a tener todo lo que te mereces. Felices.
Y siempre han dicho. Pero nunca se han esforzado en conocerte. Y dicen. Pero no ven ni escuchan. Y dirán. Pero nos da igual. Porque durante toda tu vida has logrado lo que te has propuesto, como se ha de lograr, poco a poco y sobre seguro. Porque la gente habla y dice sin saber que la felicidad no está en una mente rápida, sino en una vida disfrutada. Porque, desde que viniste, nos has hecho disfrutar de nuestra vida. Porque sabemos que tú has disfrutado y disfrutarás cada día de tu vida. Porque, digan lo que digan, sabemos que jamás apagarán la sinceridad de tu sonrisa ni el amor de tus abrazos. Porque, digan lo que digan, sabemos que jamás cambiarán esa mirada tan especial, esa mirada tan única. Tu mirada.



Digo, dices, dicen, decimos, decís… Decidme, ¿por qué no nos miramos al espejo antes de hablar de nadie? J

viernes, 29 de agosto de 2014

SIN CORAZÓN

Dicen que es una leyenda. Pero no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se le oye gritar en las noches de luna roja… Pero no quiero empezar esta historia por el final. Me gustaría que conocieses su historia desde el principio. Y todo empieza aquí, en esta vieja casa…
Unos años antes del cambio de siglo, nació en esta misma casa un niño precioso. Sí, nació aquí. Su madre no quiso ir al hospital por miedo a que se lo robasen.
Mi madre siempre dijo que fue el bebé más bonito que había visto en su vida. Que no volvería a ver a otro así. Nació mirándolo todo y dicen que, en vez de llorar, soltó una sonora carcajada al mundo.
Se convirtió en un niño muy inteligente que crecía feliz junto a su madre. Un niño al que no le costaba hacer amigos. Un niño con los sentimientos a flor de piel. Ayudaba a quien lo necesitase. Lloraba si alguien sufría y reía si alguien era feliz. Un niño sensible, el más sensible que conocí jamás.
El primer recuerdo de mi vida es su cara mirándome. Su sonrisa hablándome. Su mano revoloteándome el pelo. Desde ese día nos hicimos inseparables. Se convirtió en mi mejor amigo, en mi confidente para todo. Me ayudaba con las matemáticas. Me daba muy buenos consejos con los chicos…
Pero un día no vino al parque como cada tarde después de clase. Esperé. Pregunté si alguien lo había visto. Me enteré de que no había ido al instituto. No era normal. Nunca enfermaba. ¿No le habrá pasado algo a su madre? Me preocupé. Nadie sabía nada. Y llamé por teléfono y no lo cogió. Y fui a su casa y nadie abrió. No se puede haber ido sin despedirse. Y volví a llamar pero nadie abría. Y fui a mi casa. Y mis padres estaban demasiado serios. Y me sentaron en el sofá. Y ha pasado algo muy malo. Y se lo han llevado de urgencia. Y están operándolo. Y no saben si saldrá.
Me pasé los meses siguientes yendo al hospital al acabar las clases. Quería que despertase ya. Quería volver a hablar con él. Quería volver a notar su sonrisa. Quería que me volviese a revolver el pelo, como hacía cada tarde. Pero seguía allí cada tarde. Tumbado. Durmiendo. Pálido.
Ha sido una operación muy complicada, pero ha salido mejor de lo que pensábamos, decían los médicos. Las constantes se han estabilizado bien. No ha habido rechazo. Sólo cabe esperar a que salga del coma.
Por fin me atreví a preguntar qué le pasaba a mi amigo. Por qué no despertaba. Su corazón era demasiado grande, me contó su madre emocionada, creció demasiado. Crecía cada año que pasaba, hasta que llegó el día en el que no pudo crecer más. Me contó que su cuerpo se había quedado pequeño para su corazón. Que no tenían tiempo para esperar un corazón nuevo. Que habían experimentado con mi amigo. Que mi amigo ya no tenía corazón. Que tenía una bomba mecánica que habría que ajustar cada año para que bombease acorde a su ritmo de crecimiento. Que esa bomba le había salvado la vida. Que todo saldría bien.
Pero despertó y algo no iba bien. Era él. Era su voz. Era su cuerpo. Pero el brillo de sus ojos ya no era y su sonrisa no aparecía. Es normal que esté aturdido, decían. Ha sido una intervención muy dura. Y me hablaba y era él. Pero el tono de su voz no era.
Y salió del hospital y seguía siendo sin ser. Y venía puntual cada tarde al parque. Y hablábamos. Y era un tono tan lineal. Y yo reía. Y él no. Y le hacían daño a alguien y le daba igual. Y alguien gritaba de felicidad y seguía igual. Habían convertido a mi amigo, a mi confidente, en un robot de carne y hueso.
A las pocas semanas todos lo conocían como el loco sin corazón. Y le daba igual. Y seguía con la misma expresión neutra. Y seguía con el mismo comportamiento extraño. Y seguía mecánico. Y seguía como si la vida no le aportase nada.
Desde la operación no es el mismo niño, explicaba su madre a la mía. Ya no siente. No me sonríe. No me demuestra amor como antes, que lo hacía a todas horas. Ya no llora conmigo cuando me acuerdo de su padre. Ya no ríe conmigo cuando le cuento alguna anécdota. Ya no está. Esa máquina lo ha vuelto insensible. Pero si lo pienso fríamente es lo mejor, decía mientras lloraba de dolor. Así nadie le hará sufrir como a mí. Por más que lo abandonen a su suerte. Por más que lo traten como a un aprovechado. Por más que hablen de él a sus espaldas. Por más insultos. Nadie le hará sufrir.
Pero le dolía. Le dolía en el alma no sentirse querida por su hijo de la misma manera que a mí me dolía no sentirme querida por mi mejor amigo, mi confidente.
Y el loco sin corazón creció. Y fue el mejor de su promoción en la universidad. Y no tardó en ascender en su trabajo. Y seguía igual. Mecánico. Insensible. Hasta el momento en el que le obligué a venir a la fiesta de fin de año.
Allí estaba ella. Estudiante Erasmus. Inglesa. Todos se reían de ella por lo torpe que era. Tropezó. Cayó encima de mi amigo. Lo siento, se disculpó. Si ya soy torpe, imagina con el cava… Arguyó con ese acento tan típico acrecentado por el alcohol. Mi amigo la miró para aceptar las disculpas. Entonces noté que algo cambió. Algo pequeño. Algo que sólo yo, que lo conocía desde la infancia, percibí. Sus ojos volvieron a ser sus ojos por un instante. Sus ojos se llenaron de sentimiento. Sus ojos ya no se apartaron de ella.
Y quedaban cada tarde en el parque. Y su tono volvió a ser. Y empezaron a enlazar sus manos. Y su sonrisa volvió a ser. Y empezaron a besarse. Y mi amigo volvió a ser.
Sólo un pequeño detalle se me escapó. Estaba tan emocionada de volver a ver vivir a mi amigo. Sólo me di cuenta de ese gesto cuando era demasiado tarde. Sólo cuando era demasiado tarde supe que no era normal que se llevase la mano al pecho tan a menudo.
Y el tiempo de Erasmus acabó. No sé cuándo podré volver, lloraba ella. Tengo que acabar los estudios y ahorrar para poder pagarme el viaje. Me voy contigo, se desesperaba él. No puedes dejar a tu madre sola, se lamentaba ella. No puedo ser sin ti, se derrumbaba él.
Los acompañé al aeropuerto. Nunca había visto una luna tan grande. Nunca había visto una luna tan roja. El coche lleno de tristeza. Lleno de llantos. Lleno de desesperación. Lleno de amor. Lleno de despedida.
Y la hora llegó. Y los dos lloraron. Y ella se fue. Y él lloró. Y el avión partió. Y el grito más doloroso que se ha escuchado jamás desgarró el alma de todos los presentes en aquel aeropuerto. Y mi amigo cayó.
Y ahora sé que cada vez que se llevaba la mano al pecho es porque esa máquina que le pusieron de pequeño se estaba agrietando. Cada sentimiento la agrietaba. Cada emoción la agrietaba. Los últimos meses se había agrietado tanto que no soportó el dolor de la despedida.
Dicen que es una leyenda. Pero no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se le oye gritar en las noches de luna roja. Pero no, él y su amor acabaron con aquella despedida. Se quedaron en aquel aeropuerto.



Vivimos en un mundo de gente robotizada, gente con miedo a sentir, con miedo a ser. Decidme, ¿no os gustaría romper esa mecánica? J

domingo, 24 de agosto de 2014

MANOS ENLAZADAS

Una mañana más. La misma hora. El mismo andén. La misma gente esperando el mismo tren. Pero no es una mañana como las demás. Hoy todo está más triste de lo normal en el ya de por sí triste andén de las seis de la mañana.
Todo el mundo está en su sitio: el joven que intenta que la música de sus cascos lo ayude a no dormirse para no perder el tren, la mujer mirando las vías y soñando con la rosa roja que lleva dentro de la novela de su regazo, la pareja que habla a susurros por miedo a romper el silencio dormido de esas horas, la buena estudiante que repasa con ahínco los apuntes del día anterior, yo en mi rincón observándolo todo mientras espero y él.
Pero a todos nos falta algo. Sobre todo a él. Él y yo sabemos que no volveremos a escuchar esa risa cargada de cafeína que se encargaba de despertarnos cada día a estas horas. Él y yo sabemos que no volveremos a disfrutar de esa voz clara, esa voz que no tenía miedo del silencio.
Hace diez meses apareció por primera ver en nuestro andén (no puedo evitar considerarlo de nuestra propiedad a esa hora. Siempre los mismos. Siempre en la misma posición. Siempre esperando lo mismo). Imposible no fijarse en ella, aunque lo primero que hicimos fue escucharla. Ya entró en el andén riéndose. Carcajadas limpias. Carcajadas sonoras. Carcajadas llenas de vida. Carcajadas que nos sacaron a todos de nuestro sopor matutino. No pudimos evitar mirarla extrañados. Perdón, se disculpó al darse cuenta de que todos la mirábamos. Acaba de llegarme algo muy gracioso y no he podido evitar reírme, se sonrojó.
Su rubor siguió aumentando cuando lo vio mirándola extrañado. Su cara cambió. En su sonrisa se abrió el reconocimiento. En sus ojos brilló el recuerdo de todo lo imaginado por una niña y que nunca pasó. ¡Hola! Veo que no me recuerdas, ¿verdad?, dijo sentándose a su lado. Ante sus ojos de extrañeza continuó, claro hace tanto tiempo. Ella no susurraba. Ella hablaba sin miedo. Creo que ese fue el motivo por el que decidí acercarme y volver a robar unas conversaciones que sólo les pertenecían a ellos. Lo siento, pero no sé quién es señorita. Sí, claro que lo sabes… ¿Te acuerdas de cuando vivías en casa de tus padres? ¿Te acuerdas de la niña regordeta que vivía en frente? Hizo una mueca divertida señalándose.
La sorpresa se fue abriendo paso en su rostro y la incredulidad en sus ojos. ¿Tú? Pero, ¿cómo quieres que te reconozca? ¡Dios, cómo has cambiado! ¡Claro que he cambiado! Con todo el tiempo que hace que no nos vemos… Sin embargo tú estás exactamente igual, su sonrisa se alegra sinceramente del reencuentro. ¿Cómo voy a estar igual después de más de veinte años? Se extraña él. Si no lo estuvieras me hubiese pasado como a ti, ¿no? No te hubiese reconocido. Vuelve a reír. ¿Reconocerte? ¿Cuántos años tenías cuando me fui del barrio?, pregunta. Sí, te fuiste a la universidad y ya no volviste. Yo tenía seis años. ¿Y te extraña que no te reconozca?
Los dos entraron riendo al tren. Un tren que se llenó de recuerdos y de sonrisas. Durante las primeras conversaciones que les robé supe que cuando acabó la universidad él volvió a la ciudad, pero con una vida ya hecha. Que trabaja desde entonces en el mismo sitio, a jornada completa en la capital. Ella sólo trabaja por las tardes, así que aprovechó para apuntarse a un curso semipresencial. Los lunes y los martes por la mañana tenía que pasarlos en la capital. El resto de mañanas las iba a dedicar a estudiar. Él casado desde hace años, un matrimonio que ya había caído en la rutina, en la monotonía, en el cariño sin amor, en la costumbre. Era su hijo preadolescente lo que llenaba realmente su vida. Ella enamorada de su vida. Llena de proyectos.
Durante las primeras semanas descubrí cómo fueron esos años en el barrio. Descubrí que no sólo hablaban con la voz, hablaban con todo el cuerpo. Descubrí que en sus ojos comenzaba a brillar la ilusión de lo que podría ser. Descubrí que se sentaban cada vez más juntos. Descubrí su recuerdo preferido… ¡Cuántas veces habré contado la historia de la niña que me seguía sin parar! Rió él mientras recordaban. ¡Sí!, lo acompañó en sus risas. Y me empeñaba en cogerte la mano, ¿recuerdas? Y tú me decías aquella chulería que me sentaba tan mal “tu mano le viene muy pequeña a la mía”, me dejabas plantada y te ibas a chulear delante de la rubia aquella…
Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Sin decir nada él enlazó sus dedos con los de ella. Ahora encajan a la perfección, dijo mirándola a los ojos. Y algo explotó en su interior. Y algo intenso los unió en ese momento, y los unió para siempre. Y sus ojos se besaron por primera vez. Y sus manos ya no se separaron.
Cada lunes y cada martes lo primero que hacían al verse es enlazar sus manos. Y hablar de ellos. Hablar de su presente. Hablar de su pasado. Entre los dos una norma no escrita: no hablar del matrimonio que, en el fondo, sabían que jamás se iba a romper. Hablaban y reían. Hablaban y disfrutaban de ese momento juntos, su momento. Hablaban soñando con que todo podría quedarse así para siempre. Hablaban con la voz y sus ojos se besaban con el alma, con el corazón. Y sus manos enlazadas.
El resto de la semana el andén se veía más triste. A él se lo adivinaba ansioso por que llegase el momento de volver a verla, de volver a enlazar sus manos.
Ayer ella llegó muy nerviosa. Tenía el examen final y no quería fallar. El la tranquilizó enlazando con ternura sus dedos entre los de ella. Y se dieron cuenta de que era el último lunes. Y se dieron cuenta de que los recuerdos se quedan en la memoria. Y se dieron cuenta de que su matrimonio es presente. Y se dieron cuenta de que su futuro no está en un tren. Y en su cuerpo tristeza. Y en sus ojos desesperación. Y en sus manos la añoranza de saber que no volverán a enlazarse. Y llegaron a la capital. Y llegó la hora de separarse. Y no podían. Y sus manos encajadas a la perfección. Y sus ojos se besaron más que nunca. Se besaron con la desesperación de las despedidas indeseadas.
Y hoy en el andén sólo se escucha el silencio. Se nota su tristeza y su amargura. Ella no viene. Él mira su mano y la cierra con fuerza intentando retener el recuerdo de su tacto. Él aprieta los labios añorando los besos que nunca se dieron.Y subimos al tren que ya no tiene recuerdos ni sonrisas. Vuelve a ser el tren de siempre, soporífero a las seis de la mañana.
¡Uf! Creía que no llegaba, nos altera una voz que sube de un salto al vagón. Perdón por el retraso pero he tenido una mañana de perros, sonríe. Y se sienta junto a él. Y enlazan sus manos sin pensarlo. Y le explica a sus ojos sorprendidos que va a aprovechar las mañanas para ir a la capital a buscar trabajo a media jornada. Le explica a sus labios paralizados que quiere combinarlo con su trabajo vespertino. Le explica a las lágrimas que caen por sus mejillas que igual lo encuentra enseguida que le lleva toda una vida. Le asegura al amor de su vida que le da igual porque le encanta ese tren. Y sus sonrisas se miran felices sabiendo que las mañanas son suyas. Y sus ojos se besan con la pasión del reencuentro, sabiendo que ese tren es lo que les salva de su presente. Y sus manos se enlazan. Ya no se sueltan. Encajan a la perfección.



¿Creéis que la felicidad está en tenerlo todo? Yo creo que está en disfrutar de lo que se tiene, aunque parezca poco J

viernes, 22 de agosto de 2014

HÉROE

Era noche oscura, ninguna estrella la iluminaba. Era noche oscura, la luna llena se escondía tras las nubes espesas. Y llovía. Llovía con fuerza. Llovía con rabia. Llovía con desesperación.
En su habitación, iluminada por la tenue luz de una lámpara de noche, sentado en su gran cama, acuna tiernamente al pequeño acomodado entre sus brazos. Lo acuna mientras tararea la canción que sabe que más le gusta. Lo acuna y no puede evitar que una gota de tristeza resbale por su mejilla.
¿Por qué lloras papá? Se preocupa el pequeño, ¿estás triste? ¿Lo dices por esta lágrima, cariño? Ha salido sin querer. No te preocupes. Es porque me voy con mamá, ¿verdad? Todos dicen que es mejor así, que así nadie sufre más. Pero no quiero que te quedes triste. Veo que sigues escuchando a escondidas nuestras conversaciones… Sí, se supone que se acabará todo. No más sufrimientos. Cada vez más lágrimas se precipitan por sus mejillas. Pero entenderás que te voy a echar de menor, ¿verdad? Eres lo más grande que me ha pasado nunca. Eres el hijo que todo padre quisiera tener. Eres lo que me ha dado la vida estos últimos años. Eres lo que me ha dado ganas de seguir adelante. Sé que tu madre te va a cuidar como nadie y que vas a estar tranquilo y bien. Pero no vas a estar aquí. Es tristeza. Es saber que voy a pensar en ti cada día, a cada hora, a cada minuto. Es saber que me va a doler mucho que te vayas. Es añoranza. Es saber que te voy a echar mucho de menos. Pero nos vamos a volver a ver papá, dice el pequeño intentando frenar las lágrimas. Sí, cariño. Por supuesto que nos volveremos a ver. Voy a estar pensando en ti sin parar hasta ese día. Intenta dibujar una mueca divertida, pero lo único que dibuja es desesperación y tristeza.
¿Voy a dormir, papá? Sí, cariño. Creo que es hora. Cierra los ojos y duerme. Descansa. Estoy nervioso. ¿Me cuentas el cuento del héroe otra vez? Nunca me cansaré de escucharlo. Por supuesto, accede llorando mientras sigue meciéndolo.
Hace unos años nació no lejos de aquí un niño destinado a ser un héroe. Un niño que jamás tendría color en el cabello, ni en las cejas, ni en las pestañas. Un niño que, aunque veía perfectamente no tenía color en los ojos. Un niño cuya piel era casi transparente. Un niño tan especial que jamás vio diferencias entre él y los demás. Un niño tan especial que le encantaba vivir. Un niño tan especial que, desde que nació, sonreía a todo lo que veía, a todo lo que le pasaba. Un niño tan especial que jamás lloró por no molestar a nadie. Un niño tan especial que vivía para intentar hacer felices a todos los que le rodeaban.
Ya siendo bebé, si veía a alguien serio, a alguien triste, a alguien preocupado, a alguien estresado, se le acercaba, fuese quien fuese, le cogía un dedo con su tierna manita y lo miraba con esa cara tan especial hasta que cambiaba la expresión de su rostro y le arrancaba una sonrisa sincera. Sólo entonces se ensanchaba la sonrisa del bebé y se alejaba. Por aquel entonces sus padres ya llegaron a la conclusión de que era un niño mucho más especial de lo que creían. Era un niño tan especial que no le gustaba la tristeza. Fue por aquel entonces cuando empezó a conocérselo como “el Pequeño Héroe”.
La respiración del pequeño se iba relajando mientras su padre continuaba contando…
Sin perder esa sonrisa y esa mirada tan especiales, el Pequeño Héroe iba creciendo con el único deseo de ver feliz a todo el mundo. Curando a todo el que necesitase ser feliz. Curando cada vez a más gente.
Un día el Pequeño Héroe entró en casa y se encontró con la tristeza cara a cara. Algo pasaba. Le sonrió y preguntó “¿qué haces en mi casa?” “He venido a por tu padre” le contestó. El la miró con esa cara tan especial y le contestó decidido “no voy a dejar que te lo lleves. Lo sabes, ¿verdad?” La tristeza emitió una sonora carcajada “eso ya lo veremos”, dijo acomodándose en la casa. El pequeño fue a ver qué le pasaba a su padre.
Su padre le contó que acababan de llegar del hospital. Y que su madre estaba enferma. Y que lo habían detectado tarde. Y que no había solución. Y que quedaba poco tiempo. Y, como un héroe, sonrió cada día animando a sus padres. Y, como un héroe, cogió el dedo de su madre cada día. Y, como un héroe, cogió el dedo de su padre cada día. Y sonreía de aquella manera tan especial. Y, como un héroe, acompañó a su padre el día del funeral cogiéndolo del dedo.
Y desde ese momento coge el dedo de su padre cada día. Y la tristeza sigue acomodada en la casa. Y coge el dedo de su padre a cada hora. Y la tristeza se ríe de él. Y coge el dedo de su padre a cada minuto. Y él está dispuesto a que la tristeza de marche de allí. Y nadie se dio cuenta de que, al coger el dedo de alguien, el Pequeño Héroe no sólo eliminaba lo que pudiese pasarle. Cada dedo triste que cogía le transmitía algo oscuro que lo iba destrozando por dentro. Sólo él lo sabía. Y no quería decir nada para que el mundo continuase feliz a su alrededor. Cuando el mundo se dio cuenta ya era demasiado tarde.
Los músculos del pequeño se relajan. Su padre lo mira. Llora. Ya no respira…
Y esta vez la tristeza te ha ganado, cariño. Sigue aquí y ya no se irá. Porque ya te has ido con tu madre. Porque ya no estás. Porque eras lo único que me importaba en este mundo desde que ella se fue. Porque no me di cuenta de lo que te estaba haciendo. Porque mi tristeza te destrozó. Porque intentaste que se fuera y no supe ayudarte. Porque se quedará aquí hasta que llegue el día en que pueda volver a veros.
Y es verdad, cariño. Tú ya no sufrirás más. Por fin desaparece ese dolor que has aguantado sonriendo durante estos años. Pero yo sí que sufriré. No dejaré de sufrir por haberte hecho esto. Y sufrirá el mundo, que ya no tiene a su héroe para convertir sus desdichas en felicidad.
Ya sé por qué se reía de ti la tristeza, cariño. Se reía porque sabía lo que te estaba pasando. Sabía que jamás le ganarías. Sabía que la tristeza del mundo te estaba matando.
Era noche oscura, ninguna estrella la iluminaba. Era noche oscura, la luna llena se escondía tras las nubes espesas. Y lloraba. Lloraba con fuerza. Lloraba con rabia. Lloraba con desesperación.


Tristeza, preocupaciones, estrés, decepciones… Decidme, ¿realmente vale la pena dejar que nuestra vida pase así? J

martes, 19 de agosto de 2014

SONRISA TRISTE

Gracias a mi trabajo veo cientos de sonrisas al día. Cada una de ellas muy distinta. Veo sonrisas sinceras y sonrisas hipócritas. Sonrisas seductoras y sonrisas seducidas. Sonrisas de avaricia y sonrisas de conformismo. Sonrisas sorprendidas y sonrisas sorprendentes. Sonrisas ruidosas y sonrisas silenciosas. Sonrisas pensativas y sonrisas pensadas. Sonrisas llenas y sonrisas vacías. Pero jamás llegué a pensar que vería una sonrisa así…
Vino por primera vez hace dos semanas. Imposible no fijarse. No era uno de nuestros clientes habituales. La suerte lo sentó en una de mis mesas. ¡Buenos días, señor! ¿Qué le pongo? En el momento que levantó la mirada para responder sentí que algo se me rompía dentro. Jamás pensé que pudiese llegar a caber tanta tristeza en una sonrisa. ¿Se encuentra bien? Me preocupé. Sí, gracias, respondió con esa sonrisa sin alegría, con esos ojos sin esperanza. ¿Podría ponerme un café sólo y una magdalena, por favor? Perdone. Enseguida se lo traigo.
Estuvo sentado observando su café. Observando su magdalena. Almorzando con parsimonia. Observando todo lo que pasaba a su alrededor. Cada vez que me cruzaba por delante de su mesa me dedicaba una de sus sonrisas. No sabía que esas sonrisas duelen. Duelen mucho. Rompen. Por mucho que se esforzase no lograba eliminar esa horrible tristeza. ¿Qué puede pasarle a alguien para que se rompa así su sonrisa?
¿Cuánto le debo, señorita? Preguntó al final. Nada. Hoy le invito yo. No, no. Insisto en que me cobre, por favor. Mmmm… Vamos a hacer una cosa. Si viene usted mañana con mejor cara, le dejaré que me pague, ¿vale? Noté que algo cayó. No, su tristeza seguía inmóvil en su sonrisa. Pero sí, se notó en sus ojos. Un pequeño ladrillo del muro de desesperanza que los cubría cayó en ese momento.
Me alegré. Sinceramente, me alegré. No sé por qué, pero me alegré. No lo conocía de nada, y aun así me alegré. Me alegré de ver que algo cambiaba y de imaginar que había sido por mí. No pude evitar preocuparme por aquella tristeza, por aquella desesperanza. No pude evitar alegrarme al ver que toda aquella fortaleza perdía un pequeño ladrillo.
A partir de entonces ha venido cada día a la misma hora. Se ha sentado en la misma mesa. Ha pedido lo mismo. No ha hablado con nadie. Lo ha observado todo. Su sonrisa siempre triste. Sus ojos, poco a poco, tiñéndose de una pequeña luz de esperanza. Y pagó cada almuerzo. Y cada vez que pagaba parecía que caía otro ladrillo. Y cada vez que venía yo me sentía mejor.
Tan absorta estaba en sus ojos y en su sonrisa, que no me fijé en su aspecto hasta hace dos días. Ve preparando ya el café y la magdalena, que ahí viene el andrajoso ese al que tanto sonríes, me comentó una compañera. Levanté la vista y lo vi. Demasiado delgado, la ropa demasiado ancha para él. Ropa limpia pero ajada. Rostro limpio pero ajado. Cabello limpio pero enmarañado. Aunque en sus ojos seguía brillando esa pequeña esperanza, un oscuro surco los rodeaba. Su triste sonrisa abrigada por una barba mal cuidada.
Llamé la atención a mi compañera. ¿Quién eres tú para hablar así de nadie? ¿Se ha portado mal algún día? ¿Ha molestado a algún cliente? ¿Se ha ido sin pagar? Ten mucho cuidado. Mientras se siente y se comporte como un cliente es un cliente y se le trata como a los demás. Me da igual cómo vaya vestido, lo que aparente ser y lo que pienses de él. ¿Entendido? La chica bajó la cabeza disculpándose y yo salí a atender la mesa.
¡Buenos días! Enseguida le saco lo de siempre, ¿no? Un café bien calentito con acompañamiento. Muchas gracias, respondió con su dolorosa sonrisa. Ese día le cambié su magdalena por un bocadillo de jamón con tomate, aceite de oliva y queso y un croissant con mermelada de fresas. Lo que me corresponde a mí para almorzar cada día.
Perdone, señorita. Esto es demasiado. Yo con una magdalena lo tengo bien. Se escandalizó. Y yo también, contesté con la sonrisa más amplia que encontré. Verá, continué, me he fijado en que, día a día, hay algo que va cambiando a mejor en su cara. Y he pensado que si almorzando una magdalena ha ido mejorando su humor, si almuerza un poco más mañana vendrá totalmente renovado. ¡Igual viene hasta dando volteretas, fíjese! Su risa sonó sincera, pero demasiado triste. ¡Ah! Y luego, cuando se vaya, no insista. Esto ya está pagado.
Se quedó sentado en su mesa. Almorzando con parsimonia. Saboreando cada bocado, cada sorbo. No habló con nadie. Me observó trabajar. Me regaló su mirada más esperanzada. Me regaló su sonrisa más feliz. Pero seguía siendo la sonrisa más triste que veré jamás.
Ayer me preocupé cuando no vino a su hora habitual. Cuando lo comenté en voz alta un compañero, que estaba a punto de acabar su turno, recordó. Perdona, se me había olvidado completamente. Esta mañana ha venido un señor tristón a desayunar. Ha pedido un café sólo y una magdalena. Ha preguntado por ti y me ha pedido que te diese esto en cuanto entrases, dijo entregándome un arrugado papel doblado en cuatro.

¡Buenos días, señorita!
Hoy he decidido venir antes de hora. Espero que me disculpe. Seguro que si hubiese venido a la mima hora hubiese logrado usted, con esa energía vital que la caracteriza, que todo se pospusiese otro día más. Y todo tenía que haber acabado ayer.
Igual se pregunta por qué me dirijo a usted ahora. Creo que lo hago porque es usted la única persona que me ha tratado sinceramente bien en los últimos años.
Me arrepiento de no haberle preguntado su nombre. Pero ya, ¿para qué? El caso es que ha logrado verme. Eso me sorprendió desde el primer día. Hace muchísimo que soy invisible para todos.
Hace años la empresa en la que trabajaba quebró y quedamos todos en la calle. Yo era muy bueno en lo que hacía y comencé a buscar trabajo. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y todos mis compañeros empezaron a trabajar de nuevo. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y todos me animaban “pronto encontrarás algo”. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y la subvención se acabó. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y mi mujer se fue con su familia y se llevó a mi hija. Pero para alguien de mi edad no es fácil encontrar trabajo. Y ya no tengo familia. Y para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y resulta que todos los amigos que pensaba que tenía no existen. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y el banco me echó de mi casa. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y ya nadie me habla, ya nadie me mira. Pero para alguien de mi edad es muy difícil encontrar trabajo. Y sólo me queda lo que tengo en el bolsillo. Pero para mí ya es imposible encontrar trabajo.
Hace un tiempo que sólo puedo permitirme tomar un café sólo y una magdalena al día. Allá donde fuera a tomarlo me miraban mal, e incluso me echaron de alguna cafetería. Me trataban como al desahuciado que soy. ¡Bendita suerte que me trajo hasta aquí! Aquí llegué con la vida rota. Con el alma destrozada. Aquí la encontré a usted. Usted me vio. Usted me miró. Usted me hizo sentir que era nuevamente alguien. Decidí dejar en este local el último dinero que me quedaba. Y he venido cada día hasta que no me ha quedado un céntimo.
Ayer vine dispuesto a despedirme. Pero llegó usted regalándome mayor manjar que he probado en mucho tiempo e hizo que volviese a venir hoy. Un día más… 
Usted igual no se ha dado cuenta, pero me ha regalado tantas cosas durante estas semanas. Sonrisas, esperanza, humanidad, vida… Supe que no podría despedirme nunca de usted. Por eso he venido hoy antes de hora. Por eso he gastado mis últimas monedas en mi último café sólo con magdalena. Por eso le escribo estas palabras. Porque, aunque me encantaría volver a verla, no puedo alargarlo ni un día más.
Pero no quiero irme sin darle las gracias. Gracias por darme esperanzas. Gracias por regalarme cada mirada. Gracias por regalarme cada palabra. Gracias por regalarme cada sonrisa. Gracias por demostrarme que todavía se puede encontrar algún humano en este mundo. Gracias por regalarme un día más.
¡Gracias!

Ahora que sabía el por qué de aquella sonrisa, de aquella mirada, me quedé más preocupada. Estuve todo el día buscando con la mirada por si pasaba cerca. Quería que siguiese viniendo. Yo pagaría su almuerzo. Quería que la esperanza acabase de abrirse paso en sus ojos, que la alegría aflorase a su sonrisa. Pero no lo veía por ningún lado. Di muchas vueltas para volver a casa. Pero no lo veía por ningún lado. Quería ayudarle a encontrar algo con lo que ganarse la vida. Pero no lo veía por ningún lado. Quería que se quedara en la cochera para pasar las noches mientras encontrara algo. Pero no lo veía por ningún lado.
Y por fin lo vi. 
Sintecho muere tras precipitarse por el puente de la autopista, anunciaban por la noticias. Y era él. Se precipitó. Su vida rota y su alma destrozada volaron, sin importarles la nada que tenían, hasta que su cuerpo se destrozó en la nada absoluta.
Y me dolió. Y lloré. Y soñé llorando. Y me duele ver su mesa vacía. Y me duele verla llena con sonrisas mentirosas y con sonrisas verdaderas. Y me duele recordar su sonrisa.
Por mucho que me esfuerce jamás lograré borrar esa sonrisa de mi memoria.



Somos la raza más inteligente, la raza más poderosa. Somos la raza humana. Pero, decidme, ¿somos humanos? J

domingo, 17 de agosto de 2014

EL PEQUEÑO ASUSTADO

Por fin. He logrado entender. Ya sé lo que te pasa. Ya sé por qué estás aquí. Increíble. No volveré a hacer que salgas de aquí. Nunca. Este no es tu lugar, pero aquí estarás tranquilo.
Según me han contado, al nacer no lloraste cuando te palmearon el trasero, pero no se preocuparon porque ya naciste con los ojos abiertos y respirabas con normalidad. Dicen que ya le sonreías a la vida. Sólo arrancaste a llorar cuando te pusieron en brazos de tu madre. Me aseguraron que llorabas y temblabas sin parar. Desesperada tu madre le pidió a tu padre que te cogiese y aún fue peor. Chillabas. Temblabas. Era como si luchases por desasirte de esos brazos. Sólo cuando tu hermana te cogió te calmaste.
Pero esto no acabó aquí. Tu madre no pudo darte de mamar porque en cuanto la veías llorabas como el primer día. Fue tu hermana la que estuvo alimentándote durante toda la infancia porque si tu padre se ofrecía a darte el biberón comenzaba de nuevo el llanto estridente.
Tus padres lo intentaron todo. Te compraban regalos. Te cantaban. Cambiaban de peinado. Tu padre se afeitó por si lo que te asustaba era la barba… Pero sólo te tranquilizabas cuando tu hermana estaba contigo. La mirabas a ella y sólo a ella, no querías ver a tus padres. O no querías que ellos te viesen a ti. O las dos cosas. Si los mirabas rompías a llorar de nuevo.
Ya de bebé comenzaron a medicarte para tratar de curar esa enfermedad que nadie sabía lo que era. Pero seguías llorando.
Cuando comenzaste a caminar pensaron que toda la medicación te empezaba a hacer efecto porque dejaste de llorar. Pero comenzaste a huir de tus padres. Y te escondías bajo la cama. Y te escondías bajo la mesa. Y te metías en el armario. Y asías con fuerza la mano de tu hermana. Y te escondías detrás de ella. Siempre con esa cara de miedo. Siempre temblando. Sólo te tranquilizabas cuando mirabas a tu hermana. Sólo a tu hermana.
Y tus padres, preocupados te llevaban al médico, que recetaba más medicinas mientras tú permanecías encogido bajo la camilla de reconocimiento. Asustado. Cada día más asustado. Sólo sonreías cuando mirabas a tu hermana.
Y llegó el día de empezar la guardería. Y tuvo que llevarte tu hermana. E ibas feliz mirándola. Y entraste. Y sonreíste. Y tu hermana se emocionó. Y mirabas a los otros niños y sonreías. ¡Qué cara de felicidad! Y se acercó la profesora para saludarte. Y te asustaste. Y corriste bajo una mesa a última fila. Y algunos niños se reían de ti. Y tú temblabas cada vez más. Y tu hermana tuvo que salir de allí, no te preocupes, ya me ocupo yo, le dijo la profesora. Y tú no saliste de debajo de la mesa. No dejaste de temblar. Y cada día te escondías bajo la mesa. Y cada día más niños se reían de ti. Y cada día tú más asustado.
La directora habló con tus padres porque nunca habían tenido un caso igual. Te llevaron a que te hiciesen todo tipo de pruebas. Pero todas salían bien, está perfectamente sano, concluían. Pero cada vez te medicaban más. Y cada día tú más asustado.
Pronto comenzaron las pesadillas. Llantos, gritos, histeria, miedo, horror… Y tus padres, desesperados, no podían ayudarte. Sólo te tranquilizabas cuando mirabas a tu hermana. No pensamos permitir que duerma contigo, la riñeron. Y las pesadillas cada vez eran peores.
Decidieron entonces llevarte al psicólogo. Pasaste toda la visita temblando tras el diván, con los ojos llenos de miedo. Dicen que cuando el psicólogo se acercaba para hablarte salías corriendo para esconderte en otro lugar. El miedo sólo se iba de tus ojos cuando mirabas a tu hermana. Ya en la primera visita diagnosticaron que tenías que venir aquí.
La imagen de tu llegada me quedó grabada en la retina. Una familia destrozada. Unos padres que lloraban desconsolados, una niña preadolescente con la preocupación dibujada en la cara y un niño de cuatro años que no apartaba la mirada de su hermana. El mayor impacto que he recibido en la vida fue darme cuenta de que eras tú el que te quedabas ingresado. ¿Un niño de cuatro años aquí? ¿Por qué?, ¿qué ha hecho? Se asusta mucho de todo, tiene pesadillas, no habla más que con su hermana, no mira más que a su hermana… Lo hemos intentado todo... Nos han asegurado que ésta es la única solución, lloró tu madre. Prometí dedicarme por entero a tu caso, averiguar qué te pasaba e intentar sanarte para que pudieses volver con tu familia.
En ese momento me volví hacia ti y te saludé. Y me miraste. Y sonreíste. Y tus padres emitieron un pequeño grito sorprendido. Y tú no apartabas tu mirada y tu sonrisa de mí. Y tu hermana se relajó por primera vez en cuatro años. Y tu mirada y tu sonrisa fijas en mí. ¿Cómo te llamas? Pregunté. Jose, me sonreíste. ¿Te importaría quedarte unos días aquí conmigo y con unos amigos? ¿Tú vas a estar siempre? Te interesaste. Por supuesto, lo prometo. Una sombra de miedo cruzó tus ojos y tu sonrisa de desvaneció. ¿No me dejarás con los monstruos? Nunca, te aseguré. Simplemente volviste a sonreír, miraste a tu hermana y le diste un beso, me miraste, me cogiste la mano y me acompañaste sin mirar a tus padres.
Pasaste la primera noche en una habitación acolchada, atado. Tus padres dijeron que te volvías muy agresivo con las pesadillas. Pero nos dimos cuenta de que esa agresividad es muy fácil de controlar en un niño tan pequeño. A partir de entonces duermes en tu habitación, tranquilo. Sin acolchamientos en las paredes ni ataduras.
Estudié tu historial. Llevo cuatro años haciéndolo y ya me lo sé de memoria. Todavía no entiendo por qué te medicaron tanto si nadie sabía lo que te pasaba. Te retiré la medicación enseguida. Me di cuenta de que no temías al resto de pacientes. Noté que aprendes muy fácilmente cualquier materia. Hablaba contigo cada día. Eras un chico normal. ¿Qué hacías aquí dentro?
Las pesadillas no tardaron en desaparecer. Cada día estabas más tranquilo. Cada día estabas más feliz. Cada día me extrañaba más. ¿Qué hacías aquí dentro? Como te veía confiado me atreví a preguntarte ¿estás bien, ya no tienes miedo? Ya no hay monstruos, respondiste mientras montabas un puzzle. Tu cerebro siempre ha estado por encima de la media y ahora me doy cuenta.
Dado que parecías curado, decidí darte el alta. Llamé a tus padres. Llegaron enseguida. Saliste feliz a abrazar a tu hermana. Tu hermana llorando emocionada. Tu madre se acercó a darte un abrazo. Tú quedaste petrificado. No respirabas. No pestañeabas. Miraste a tu padre. Tu piel palideció. Me miraste con un horror que nunca había visto antes. No dejes que me cojan, susurraste. Prometiste que estarías siempre, dijiste. Que no me dejarías con los monstruos, tu voz se alzaba. Lo prometiste, gritaste enloquecido.
Tu hermana rompió a llorar. Tu padre rompió a gritar. Tu madre rompió en histeria. Tu rompiste mi vida de estudios, jamás he visto algo así. Rompiste mis hipótesis, parecías totalmente sano. Rompiste mis conclusiones, ¿qué te pasaba? Rompiste mi corazón, no podía dejarte ir.
Te cogí en un abrazo y te llevé a tu habitación. ¿Aquí hay monstruos? Me preocupé. No. Quédate aquí un momento. Respira. Vuelvo enseguida.
Disculpen pero no entiendo qué ha podido suceder. Jose ha ido mejorando día a día desde que lo trajeron. Ya no sufre pesadillas, habla con todo el mundo, le estamos dando lecciones para que no pierda el hilo para cuando vaya a la escuela y aprende muy rápidamente. No entiendo esta recaída a qué se debe. Nos ha llamado monstruos, es lo único que acertaba a llorar tu madre. Cuando volví a tu habitación estabas tranquilo, tan sonriente como de costumbre, pintando uno de los dibujos que te imprimí el día anterior para que te llevases a casa. Aquí estoy bien. Aquí no hay monstruos.
Decidido a saber qué pasaba por tu mente te pregunté dónde habías visto monstruos a lo largo de tu corta vida. He pasado los últimos cuatro años dedicados casi exclusivamente a ti y a investigar profundamente a tus monstruos.
Logré averiguar que durante el embarazo de tu hermana despidieron a tu madre. Jamás logró encontrar otro trabajo. Desesperada comenzó a beber. Y cada día bebía más. Y no encontraba trabajo. Y ella bebía. Y su marido se alejaba de ella. Y ella bebía. Y su hija tenía que hacer las tareas de casa. Y ella bebía. Y venía alguien de visita. Y ella aparentaba normalidad. Y pasaban los años. Y ella bebía. Y volvió a quedar embarazada. Y no lo esperaba. Y su marido no es el padre. Y su marido lo sabe. Y ella bebía.
Averigüé que cuando se enteró de que tu hermana iba a nacer, tu padre fue a celebrarlo a un casino con sus amigos. Y ganó dinero. Y pensó que iba a ganar siempre. Y jugaba. Y su hija nació. Y él jugaba. Y su mujer no ganaba dinero. Y él jugaba. Y cada vez tenían menos. Y él jugaba. Y no le llegaba el sueldo. Y él jugaba. Y vendió su alianza. Y él jugaba. Y siguió vendiendo joyas. Y él jugaba. Y su mujer tuvo un hijo con otro. Y él jugaba.
Hace seis meses cerraron la guardería a la que te llevaron. La profesora acusada de maltratar a algunos niños.
La semana pasada detuvieron al psicólogo que te trató. Cobraba bien a los pacientes pero el no pagaba al gobierno.
El doctor que se dedicó a drogarte ha sido el más difícil de investigar. Relacionado con una red de trata de blancas ha huido del país.
Y por fin. He logrado entender. Ya sé lo que te pasa. Ya sé por qué estás aquí. Increíble.
Son tus ojos, Jose, no eres tú. Tú estás bien. Eres perfecto. Pero tus ojos ven la realidad, no las apariencias. Tus ojos son capaces de ver mientras que los del resto del mundo están ciegos… Estabas rodeado de monstruos y sólo tú podías verlos.
Aquí estás bien porque todos se muestran como son, en su locura son sinceros, en sus delirios no mienten a nadie. Aquí hay gente rara pero no monstruos
No. No vas a tener que salir si no quieres. Quédate con nosotros. Tu hermana me ha dicho que vendrá cada día a estar contigo después del trabajo.
Gracias, Jose. Gracias por darme esperanzas. Gracias por mostrarme que todavía hay gente capaz de ver.


Vivimos en una sociedad basada en apariencias y mentiras. Decidme, si pudieseis ver la realidad, ¿creéis que os gustaría? J

viernes, 15 de agosto de 2014

SIEMPRE

Ya anoche me acosté nerviosa. Ha sido una de las peores noches de mi vida. La he pasado dando vueltas en la cama, viendo pasar los minutos. Viendo pasar las horas. Viendo pasar esas ovejas que no me ayudaron a conciliar ese sueño que no llegó. Viendo la luna. Viendo las estrellas. Viendo las imágenes de lo que me ha sucedido, viéndolas tan reales como si estuviesen sucediendo de nuevo. Increíble pero cierto, ha pasado. Me cuesta creerlo. Me pongo más nerviosa. Empieza a cambiar la luz que asoma por mi ventana. El día me saluda y me recuerda burlón que ya no voy a dormir. Y hoy todo tiene que salir bien. No puede fallar nada. Y me pregunto cómo voy a vivir el día de hoy si todavía no he podido separarme del de ayer. Pero voy a tener que hacerlo. Oh, bendita cafeína, ayúdame a despejarme, ayuda a mi mente para que todo salga bien.
Creo que nunca he estado tan nerviosa. Tengo que preparar la reunión más importante de mi vida para esta tarde. Hay mucho que hacer y los nervios me tienen paralizada. No sé por dónde empezar. Me pongo más nerviosa. Me meto bajo el chorro de la ducha. Agua fría. Funciona. Sigo nerviosa pero mi mente empieza a poner las cosas en orden. Me visto, cojo mis papeles y salgo decidida de casa. Dispuesta a prepararlo todo. Convencida de que todo va a salir bien. Todo tiene que salir bien.
Siempre pasa lo mismo camino del trabajo. Los mismos semáforos en rojo, los mismos semáforos en verde. La misma gente en los mismos pasos de peatones, con distinto disfraz pero siempre mirando al suelo o a los escaparates o a sus móviles. Como siempre, la gente no se da cuenta de que hay ojos a los que mirar. Ojos que dicen. Ojos que expresan. Como siempre, son ojos invisibles.
Como siempre, llego cinco minutos antes. Pero hoy no es como siempre y mis compañeros lo notan. ¿Estás bien?, me preguntan. Te veo algo estresada, se preocupan. Sí, tranquilos, todo va bien. Anoche estaba demasiado nerviosa no pegué ojo. Voy a hablar con el director. Nos vemos en veinte minutos en la sala y os explico, ¿vale? Igual necesito vuestra ayuda. Los dejo preocupados, pero no quiero entretenerme más. Voy directa al despacho del director y le hablo de todo lo sucedido. Accede a ayudarme y baja conmigo a la sala para reunirse con el resto.
Acabo la reunión con la impresión de haber contagiado mi nerviosismo a los demás. Pero todos sabemos que es un nerviosismo sano, un nerviosismo feliz. Todo va a salir bien.
Las horas pasan y trabajamos para que todo esté en orden. Las horas pasan y nos empeñamos en aparentar que es un día más. Las horas pasan y los nervios crecen. Las horas pasan y me molesta el reloj donde está. Las horas pasan y es extraño que el reloj ya no esté en su sitio, que esté sobre la puerta de entrada. Las horas pasan pero no importa mirar a otro lado para saber cuánto tiempo queda. Las horas pasan con la misma ilusión, la misma expectación.
Y llega la hora y no pasa nada. Y pasan los minutos y me preocupo. Y pasan los minutos y me pregunto si habrá pasado algo. Y pasan los minutos y mis compañeros me miran interrogantes. Y pasan los minutos y me desespero. Y pasan los minutos y estaba segura de que iba a venir a las cinco. Y pasan los minutos y yo sé que es puntual. Y pasan los minutos e igual se ha arrepentido y no ha podido avisarme. Y pasan los minutos y los nervios acuden a mis ojos. Y pasan los minutos y la decepción se hace dueña del lugar. Y pasan los minutos y ya sé que no vendrá porque han pasado demasiados minutos. Las seis y dieciséis minutos.
Todos nos sobresaltamos al escuchar el timbre. Los nervios me hacen romper la naturalidad al levantarme del sofá. Intento aparentar tranquilidad al acercarme a la puerta pero me es imposible. Imposible relajarme, me van a estallar las sienes. Abro la puerta y la emoción se anuda en mi garganta impidiéndome saludar y haciendo que las lágrimas peleen con mi cerebro para salir de mis ojos.
Perdone por el retraso, joven. Me equivoqué de autobús y me ha tocado dar una vuelta un poco larga para llegar. Todos los nervios acumulados salen en forma de risa y lágrimas. Veo extrañeza en sus ojos, pero ya da igual. Todo va a salir bien. Pero no es tarde, ¿no? Se preocupa. Todavía puedo salir a ver ese sauce llorón tan especial que dice usted que tienen aquí, ¿verdad? Por supuesto que sí. Pase.
Al escuchar que alguien nombraba su sauce llorón baja, extrañada, la mirada del reloj. Y ahí están esos ojos tan intensos, negros. Tan grandes, negros. Tan redondos, negros. Tan brillantes, negros. Esos ojos que no han cambiado después de toda una vida. Esos ojos con los que ha estado soñando toda su vida. Esos ojos que pensaba que no volvería a ver la están mirando sorprendidos, emocionados, enamorados.
Y el mar Mediterráneo se desboca en los ojos de Manuela. Y las piernas le tiemblan cuando se levanta del sofá. Y Rosita no puede moverse. No puede hablar. El pasado vuelve a ser presente. La felicidad vuelve a inundar su corazón. Los ojos de Manuela se acercan lentamente, tan llenos de lágrimas, tan llenos de sorpresa, tan llenos de incredulidad, tan llenos de emoción, tan llenos de pasado, tan llenos de amor como los suyos.
Y Rosita alza una flor que trae sin poder dejar de mirar a sus ojos. Te he traído la más bonita de la ciudad, la voz sale en un hilo entrecortado. Como siempre se emociona Manuela. Siempre, para siempre, lloran las dos mientras se abrazan.
Y el reloj canta las seis y media. Y enlazan sus manos. Y sonrientes como siempre me piden que las acompañe al sauce llorón. ¿Sabe, joven? Tenía usted toda la razón. Me encanta este sauce, es lo más especial que me ha pasado en toda la vida. Muchas gracias. La emoción seguía creciendo en mi pecho. Muchas gracias por devolverme a mi vida lloró Manuela.
Y las dejo sentadas bajo las ramas del sauce llorón, con las manos enlazadas, con el amor en unos ojos que no pueden dejar de mirarse, hablando de sus recuerdos en común, hablando de sus recuerdos únicos, hablando de cada flor que han recogido a las seis y media durante toda una vida, hablando de cada flor que han besado a las ocho imaginándose los ojos de su amada, hablándose con la voz y  con los ojos. Amándose con los ojos y con el alma.
Y cuando vuelvo al centro estoy decidida a hablar con el director, pero me doy cuenta de que no hace falta. Lo veo en la expresión del director. Lo veo en los ojos de mis compañeros. Rosita se quedará en el centro. No podemos volver a separarlas. No tenemos derecho. Ya las obligaron a vivir a medias demasiado tiempo. Se merecen vivir plenamente siempre. Para siempre.
Y el destino ha tomado la misma decisión. Ya han sufrido demasiado. No pueden volver a separarse.
Y es la hora. Y salgo para darles la noticia y acompañarlas al comedor. Y están mirándose. Y están sonriéndose. Y sus manos enlazadas. Y la flor más bonita de la ciudad entre las dos. Y ya se lo han dicho todo. Y ya han recuperado sus vidas. Y me doy cuenta de que el destino ha llegado antes que yo.
Ya está todo arreglado. Ya hay un nuevo pacto firmado, un acuerdo que pasará de director a director mientras el centro permanezca en pie. Cada tarde, a las seis y media en punto se ha de recoger una flor, la más bonita del lugar, y depositarla sobre la tumba que hay bajo las ramas del sauce llorón del jardín, el lugar donde, a partir de mañana a las seis y media, descansarán Manuela y Rosita con sus manos enlazadas, sonriéndose, mirándose, amándose…
Siempre…
Para siempre.



Dicen que hay lazos invisibles que unen a las personas que han de estar juntas y que nadie puede romperlos… ¿Pensáis que es así? J