De entre todos los que llenaban
el triste andén de la vieja estación cada mañana, llegué a fijarme en ella de
manera especial. ¿Por qué? Supongo que por su mirada. A las 6 de la mañana
todos llegan a la estación sabiendo que se han dejado medio cerebro apoyado
cómodamente en la almohada y que al otro medio todavía no le ha llegado la
cafeína del desayuno. Se nota en las caras. Pero ella no.
Cada mañana la encuentro sentada
en el mismo sitio, vestida para pasar desapercibida al mundo, con la mirada
despierta observando el punto por el que ha de llegar el tren que nos llevará a
la capital, con la mirada vacía de sueños. Se notaba que no pensaba en nada, lo
único que esperaba es que el tren llegase puntual y sentarse en el lugar de
siempre a disfrutar de la novela que reposaba en su regazo durante los minutos
que nos separaban de la capital.
Y me fijé en ella. Y no sé
todavía por qué. Y cada mañana entraba al andén mirando directamente al lugar
en el que sabía que iba a encontrarla. Y al verla siempre me preguntaba por qué
quería pasar desapercibida. Y ella quería salir de los 40 por la puerta de
atrás. Y cada mañana, mientras caminaba hacia la estación, pensaba ¿qué estará
haciendo ahora? Y siempre la encontraba haciendo lo mismo, esperar su tren con
una novela en el regazo.
Cómo puede cambiar la vida una
huelga de RENFE… Aquella mañana nadie nos avisó, sólo supimos que había huelga
cuando un estudiante desesperado porque llegaba tarde a un examen fue a
preguntar en taquilla el motivo del retraso. Salió a gritarnos con enfado lo
que sucedía. Tras unos segundos de asombro todos echamos mano de nuestros
móviles para avisar a compañeros y jefes del retraso. Llegaríamos con el primer
tren que pasase. Nuestro estudiante fue uno de los que decidió buscar un taxi.
Nunca sabremos si lo dejaron presentarse a su examen.
Pero lo importante es que con el
retraso, el andén se fue llenando con la gente que solía coger el tren una hora
más tarde. Cada minuto había menos huecos para sentarse a esperar. Cuando él
llegó sólo quedaba uno, al lado de ella. Se sentó, la miró observando un punto
por el que no llegaba ningún tren y le preguntó ¿cómo es que hay tanta gente
hoy aquí?, hay huelga, respondió ella sin apartar la mirada de su punto. Así,
¿sin avisar ni nada? Inquirió él, sí, nosotros nos hemos enterado hace nada. No
se sabe cuando llegará el tren. Hay quien se ha ido en taxi.
Él había llegado a los 40 con
las arrugas típicas del que se ríe constantemente y fuma con gran afición, con
la mirada del que no ha dejado escapar del todo a ese niño que, dicen, llevamos
dentro, con la intención de pasar por la vida pisando fuerte. Cuando hubo
avisado a su compañero del retraso del día, volvió a mirarla y le preguntó
¿quieres un café? Voy a por uno para mí, esto parece que va para largo. Si
quieres traigo otro para ti. Ella se giró, extrañada, a mirarlo y vio a alguien
por primera vez en mucho tiempo. Eso estaría muy bien, le contestó.
Cuando llegó el tren, ya
hablaban como si se conociesen de tiempo. No sé por qué decidí acercarme a
ellos y robarles sus conversaciones. Ese primer día supe que él estaba soltero,
esperando pacientemente ese amor que sabía que llegaría, ese amor que iba a ser
para siempre. Siempre llega, sólo hay que saber esperar y no tener miedo de lo
que pueda venir, aseguraba. Ella, casada desde hace casi 20 años, con un
matrimonio vacío, sin hijos. ¿Enamorada? Creo que ya no. Lo estuve, creo, pero
cuando me di cuenta de que no era el hombre con el que quería pasar mi vida ya
era tarde, llevaba demasiado tiempo con él, estaba todo planeado, ¿qué pensaría
la gente si lo dejaba entonces? Y aquí estoy… A ver, que quiero mucho a mi
marido, no te confundas. Sí, dijo él, te creo. Pero no es lo mismo querer que
amar, ¿no?
Y llegamos a la capital. Y se
despidieron. Hasta otra, dijo ella. Hasta mañana, respondió él. Y así fue. A
partir de ese día él adelantó su hora de coger el tren, prefiero llegar antes
en buena compañía que llegar justo y solo, se justificó.
Ese día su mirada cambió. Cambió
de dirección, ya no miraba ese punto vacío esperando el tren, y cambió su
contenido. Día a día vi que su mirada se iba llenando con un sueño. Un sueño
que la iba haciendo visible al mundo. Ahora vestía para que él la mirase, en su
cara empezaron a aparecer discretos colores que hacían resaltar sus bonitos
rasgos mientras que de su regazo desapareció la novela.
Cada día, al llegar al andén los
encontraba a los dos, sentados en el mismo sitio, con su café de máquina en la
mano, hablando como si llevasen toda la vida haciéndolo, sin saber que les
estaban robando las conversaciones, dejando que sus miradas tuviesen una
conversación paralela, mucho más intensa, mucho más sincera.
Tras unos meses de apasionante
rutina, mientras se acercaban a la capital, viendo que llegaba la hora de
despedirse, él asió sus manos y le dijo lo que sentía sin dejar de mirarla a
los ojos. Lamento si te he incomodado, pero necesitaba decírtelo. Le dijo que
sabía con certeza que ella ere ese amor que había estado esperando, que vivía
pensando únicamente pensando en esos 45 minutos que los unían cada día. Le dijo
tantas cosas, tan sentidas, tan sinceras. Ella se quedó tan callada. Simplemente
se dejaba coger las manos y lo miraba a los ojos. Pero se quedó tan callada.
Tan sólo acertó a decir hasta mañana cuando bajaron del tren. Un hasta mañana
que a él le supo a felicidad, a alegría, a esperanza. Durante esos momentos
silenciosos había llegado a pensar que no volvería a verla.
Al día siguiente, cuando llegué
al andén, sus bocas se estaban separando. Estaban emocionados, me emocioné.
Fueron unos meses no se pasión, sino de amor, de ese amor que todos creemos que
sólo existe en cuentos de hadas y en las películas americanas.
Los escuché planear su huída.
Sabía el día. Sabía la hora, la misma hora de siempre en el lugar de siempre,
sin levantar sospechas. Sabía que estaban nerviosos. Sabía que ella tenía
etapas de miedo, no, no me gusta mi vida, pero dejarla así, ¿qué dirán de mí?
Sabía que el miedo se disipaba en cuanto pensaba cómo iba a pasar el resto de
su vida.
Y llegó el día. Y llegó la hora.
Él no llevaba cafés. Él llevaba una rosa roja. Y el tren llegó. Y ella no
llegó. Y oí que algo muy grande se rompía dentro de él. Y dejó la rosa en el
lugar donde siempre se había sentado ella. Y subió al tren. Y no lo volví a ver.
Al día siguiente, ella volvía a
estar sentada en su lugar de siempre, intentando pasarle desapercibida al
mundo, con una novela en el regazo, con la mirada triste observando el punto
por el que tenía que llegar el tren.
Al subir al tren vi que abría su
novela, pero ya no leía como antes. Ahora sólo miraba una rosa roja que había
colocado entre sus páginas el día anterior mientras dejaba que el
arrepentimiento corriese por sus mejillas.
Dicen que hay
trenes que sólo pasan una vez en la vida… ¿Vas a coger el tuyo o lo verás pasar
desde el andén? J

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