sábado, 9 de agosto de 2014

EN EL ANDÉN

De entre todos los que llenaban el triste andén de la vieja estación cada mañana, llegué a fijarme en ella de manera especial. ¿Por qué? Supongo que por su mirada. A las 6 de la mañana todos llegan a la estación sabiendo que se han dejado medio cerebro apoyado cómodamente en la almohada y que al otro medio todavía no le ha llegado la cafeína del desayuno. Se nota en las caras. Pero ella no.
Cada mañana la encuentro sentada en el mismo sitio, vestida para pasar desapercibida al mundo, con la mirada despierta observando el punto por el que ha de llegar el tren que nos llevará a la capital, con la mirada vacía de sueños. Se notaba que no pensaba en nada, lo único que esperaba es que el tren llegase puntual y sentarse en el lugar de siempre a disfrutar de la novela que reposaba en su regazo durante los minutos que nos separaban de la capital.
Y me fijé en ella. Y no sé todavía por qué. Y cada mañana entraba al andén mirando directamente al lugar en el que sabía que iba a encontrarla. Y al verla siempre me preguntaba por qué quería pasar desapercibida. Y ella quería salir de los 40 por la puerta de atrás. Y cada mañana, mientras caminaba hacia la estación, pensaba ¿qué estará haciendo ahora? Y siempre la encontraba haciendo lo mismo, esperar su tren con una novela en el regazo.
Cómo puede cambiar la vida una huelga de RENFE… Aquella mañana nadie nos avisó, sólo supimos que había huelga cuando un estudiante desesperado porque llegaba tarde a un examen fue a preguntar en taquilla el motivo del retraso. Salió a gritarnos con enfado lo que sucedía. Tras unos segundos de asombro todos echamos mano de nuestros móviles para avisar a compañeros y jefes del retraso. Llegaríamos con el primer tren que pasase. Nuestro estudiante fue uno de los que decidió buscar un taxi. Nunca sabremos si lo dejaron presentarse a su examen.
Pero lo importante es que con el retraso, el andén se fue llenando con la gente que solía coger el tren una hora más tarde. Cada minuto había menos huecos para sentarse a esperar. Cuando él llegó sólo quedaba uno, al lado de ella. Se sentó, la miró observando un punto por el que no llegaba ningún tren y le preguntó ¿cómo es que hay tanta gente hoy aquí?, hay huelga, respondió ella sin apartar la mirada de su punto. Así, ¿sin avisar ni nada? Inquirió él, sí, nosotros nos hemos enterado hace nada. No se sabe cuando llegará el tren. Hay quien se ha ido en taxi.
Él había llegado a los 40 con las arrugas típicas del que se ríe constantemente y fuma con gran afición, con la mirada del que no ha dejado escapar del todo a ese niño que, dicen, llevamos dentro, con la intención de pasar por la vida pisando fuerte. Cuando hubo avisado a su compañero del retraso del día, volvió a mirarla y le preguntó ¿quieres un café? Voy a por uno para mí, esto parece que va para largo. Si quieres traigo otro para ti. Ella se giró, extrañada, a mirarlo y vio a alguien por primera vez en mucho tiempo. Eso estaría muy bien, le contestó.
Cuando llegó el tren, ya hablaban como si se conociesen de tiempo. No sé por qué decidí acercarme a ellos y robarles sus conversaciones. Ese primer día supe que él estaba soltero, esperando pacientemente ese amor que sabía que llegaría, ese amor que iba a ser para siempre. Siempre llega, sólo hay que saber esperar y no tener miedo de lo que pueda venir, aseguraba. Ella, casada desde hace casi 20 años, con un matrimonio vacío, sin hijos. ¿Enamorada? Creo que ya no. Lo estuve, creo, pero cuando me di cuenta de que no era el hombre con el que quería pasar mi vida ya era tarde, llevaba demasiado tiempo con él, estaba todo planeado, ¿qué pensaría la gente si lo dejaba entonces? Y aquí estoy… A ver, que quiero mucho a mi marido, no te confundas. Sí, dijo él, te creo. Pero no es lo mismo querer que amar, ¿no?
Y llegamos a la capital. Y se despidieron. Hasta otra, dijo ella. Hasta mañana, respondió él. Y así fue. A partir de ese día él adelantó su hora de coger el tren, prefiero llegar antes en buena compañía que llegar justo y solo, se justificó.
Ese día su mirada cambió. Cambió de dirección, ya no miraba ese punto vacío esperando el tren, y cambió su contenido. Día a día vi que su mirada se iba llenando con un sueño. Un sueño que la iba haciendo visible al mundo. Ahora vestía para que él la mirase, en su cara empezaron a aparecer discretos colores que hacían resaltar sus bonitos rasgos mientras que de su regazo desapareció la novela.
Cada día, al llegar al andén los encontraba a los dos, sentados en el mismo sitio, con su café de máquina en la mano, hablando como si llevasen toda la vida haciéndolo, sin saber que les estaban robando las conversaciones, dejando que sus miradas tuviesen una conversación paralela, mucho más intensa, mucho más sincera.
Tras unos meses de apasionante rutina, mientras se acercaban a la capital, viendo que llegaba la hora de despedirse, él asió sus manos y le dijo lo que sentía sin dejar de mirarla a los ojos. Lamento si te he incomodado, pero necesitaba decírtelo. Le dijo que sabía con certeza que ella ere ese amor que había estado esperando, que vivía pensando únicamente pensando en esos 45 minutos que los unían cada día. Le dijo tantas cosas, tan sentidas, tan sinceras. Ella se quedó tan callada. Simplemente se dejaba coger las manos y lo miraba a los ojos. Pero se quedó tan callada. Tan sólo acertó a decir hasta mañana cuando bajaron del tren. Un hasta mañana que a él le supo a felicidad, a alegría, a esperanza. Durante esos momentos silenciosos había llegado a pensar que no volvería a verla.
Al día siguiente, cuando llegué al andén, sus bocas se estaban separando. Estaban emocionados, me emocioné. Fueron unos meses no se pasión, sino de amor, de ese amor que todos creemos que sólo existe en cuentos de hadas y en las películas americanas.
Los escuché planear su huída. Sabía el día. Sabía la hora, la misma hora de siempre en el lugar de siempre, sin levantar sospechas. Sabía que estaban nerviosos. Sabía que ella tenía etapas de miedo, no, no me gusta mi vida, pero dejarla así, ¿qué dirán de mí? Sabía que el miedo se disipaba en cuanto pensaba cómo iba a pasar el resto de su vida.
Y llegó el día. Y llegó la hora. Él no llevaba cafés. Él llevaba una rosa roja. Y el tren llegó. Y ella no llegó. Y oí que algo muy grande se rompía dentro de él. Y dejó la rosa en el lugar donde siempre se había sentado ella. Y subió al tren. Y no lo volví a ver.
Al día siguiente, ella volvía a estar sentada en su lugar de siempre, intentando pasarle desapercibida al mundo, con una novela en el regazo, con la mirada triste observando el punto por el que tenía que llegar el tren.
Al subir al tren vi que abría su novela, pero ya no leía como antes. Ahora sólo miraba una rosa roja que había colocado entre sus páginas el día anterior mientras dejaba que el arrepentimiento corriese por sus mejillas.




Dicen que hay trenes que sólo pasan una vez en la vida… ¿Vas a coger el tuyo o lo verás pasar desde el andén? J

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