lunes, 8 de septiembre de 2014

LA EJECUCIÓN

Un ruido tremendo lo despierta. Joder! Piensa, ¿qué es ese ruido que me taladra la cabeza? Busca su origen y el movimiento brusco de la cabeza hace que se maree y sienta náuseas. Sí que fue brutal la cena de anoche, piensa. Jamás he tenido una resaca así…
Coge el móvil, el aparato que estaba emitiendo aquel sonido que hoy le parecía infernal. Siento llamar tan temprano, anuncia la voz de su compañero, y más hoy. La de anoche fue la mejor cena que hemos tenido nunca en el departamento. ¡Buf! Mi cabeza está totalmente de acuerdo contigo. Responde con voz pastosa. ¿Qué pasa? F. J. Muñoz ha aparecido muerto en la calle del Sur, frente a su casa. El jefe nos quiere allí en cuarenta y cinco minutos. ¿Quién? Pregunta intentando lubricar la garganta con saliva sin éxito. ¿Cómo que quién?, ¿no sabes quién es F.J.? El gran joyero que vino hace unos años desde el norte, el dueño de la cadena de joyerías más exclusivas y seguras del país… Bueno, da igual, ya sé que no estás muy puesto en sociedad. Nos vemos en cuarenta y cinto minutos. Sí, vale, contesta torpemente, me doy una ducha fría, me tomo un buen café y voy. No está muy lejos de mi casa. ¡Ok! Ten cuidado con el coche. Pensaba que yo estaba mal, pero veo que tú acabaste peor que yo la fiesta… Corta la llamada riéndose.
Mira su móvil con fastidio mientras intenta darse prisa, pero su cuerpo hoy está demasiado lento. No responde. Los reflejos se deben de haber escondido detrás de ese horrible dolor de cabeza. Espero que el jefe no se moleste si llego unos minutos tarde, piensa entumecido.
Mientras se ducha intenta poner la mente en orden. No recuerda nada. ¿Tanto bebió? Debe de ser… Pero, ¿por qué lo hizo? Pensaba que había superado ya la ruptura, pero igual no. Tendría que hablar con ese psicólogo nuevo que han puesto en el departamento. ¿Vino anoche a la cena? Pensó. ¡Joder! Ni siquiera me acuerdo de la gente que fue. No voy a volver a probar el alcohol en mi vida… Piensa mientras se coge las sienes con fuerza para ver si así se calman.
Llega a la calle del Sur cinco minutos tarde y se encuentra a su compañero con cara de circunstancias y a su jefe con cara de pocos amigos. ¿Se puede saber por qué llegas tan tarde? Lo saluda a gritos su jefe. Te recuerdo que anoche tuvimos la cena del departamento, responde pidiendo calma con la mano. Por lo visto me lo pasé demasiado bien y mi cuerpo no reacciona a la velocidad que me gustaría a estas horas. ¡Me da igual tu cuerpo! Aulló el superior sin compasión. El que me importa es el que está ahí tirado, ejecutado. Tenemos que examinarlo todo antes de que lleguen los forenses y tú lo estás atrasando todo.
Todos esos gritos nerviosos iban a hacer que le estallase la cabeza. ¿Estás bien? Se preocupó su compañero. Tienes la peor cara que te he visto nunca. Sinceramente, no, no lo estoy, se sinceró. No sé qué cojones mezclé ayer. Te juro que vuelvo a beber en mi vida. Y encima, el alcohol me hace tener pesadillas. Imagínate la nochecita. La pesadilla de hoy ha sido mucho peor que las demás… En consonancia con la curda, supongo. Intentó reírse de su ocurrencia, pero se arrepintió a la primera carcajada. ¿Has vuelto a soñar con tu ex? No, lo de hoy ha sido mucho peor. Luego te cuento. Vamos a lo nuestro, si no “Mr. Bulldog” volverá a ladrar y no está mi cabeza para soportarlo.
Se acercan al cadáver, un señor no muy alto, vestido con traje caro, muerto al lado de un coche de gama alta con el cristal de la puerta del piloto reventado. A simple vista se ve el orificio de la bala. Uno sólo. En la nuca. Ejecutado. Un gran charco de sangre baña su cabeza ladeada. Comienza a notar palpitaciones en sus, hoy hipersensibles, sienes. Se acerca a ver la cara de la víctima y nota como su cuerpo comienza a bombear el desayuno acompañado de bilis hacia su boca. Se incorpora para respirar y pensar con claridad pero es demasiado tarde. No puede evitar que la amarga mezcla salga disparada por su boca.
Pero, tío, ¿qué te pasa? Ni que fuera el primer cadáver que ves… Y éste no está entre los asesinatos más crueles que hemos investigado. Se preocupa cada vez más su compañero. Tú has pillado alguna enfermedad. No, en serio, estoy bien, intenta tranquilizarlo. Anoche… Vas a tener que dejarte el alcohol en serio, ¿eh? Anda apártate un poco y respira, no vaya a ser que el olor a sangre te haga vomitar de nuevo. Acabo yo aquí y te acompaño a comisaría. No estás para conducir.
Decide hacer caso a su compañero y apartarse. No puede ser. Le duele cada vez más la cabeza. Vuelven las náuseas.
Ya en comisaría entran en el despacho del jefe y se sientan ante él para informarle. Sólo habla su compañero. Como bien ha verificado usted nada más llegar, se trata de una ejecución, informa. Un solo disparo en la nuca. Siguen las palpitaciones. A quemarropa. Vuelven las náuseas. Los de balística han encontrado el casquillo incrustado en el asiento del copiloto de su coche, lo están analizando. Le va a estallar la cabeza. Por la trayectoria podemos decir que le dispararon que quien lo hizo es más alto que la víctima. La bala atravesó el cristal del piloto del coche. No quiere volver a vomitar, no aquí. Posible móvil, el robo, han desaparecido su cartera, su reloj, su alianza y las llaves del coche. Aunque es raro, si querían el coche, ¿por qué lo dejan ahí?, y su móvil seguía en el bolsillo interior de su chaqueta. Es como si le hubiesen quitado sólo lo que tenía a mano. Todo le da vueltas. ¿Han hablado con su viuda? Inquiere el jefe. No, responde su compañero, no responde a las llamadas. Seguimos intentándolo. Insistan, ordena a voces. Quiero saber si se iba o si llegaba, si ha sufrido algún tipo de amenaza, si tenía algún enemigo declarado. Hay que resolver esto cuanto antes. La prensa se nos está echando encima.
Ya está resuelto, se oye a sí mismo. Se pone de pie y deposita su arma reglamentaria y su placa sobre la mesa. Yo maté a ese señor anoche, confiesa mientras caen lágrimas de sus ojos. Ante la cara de asombro de sus acompañantes continúa, llevad mi revolver a los de balística, comprobarán que fue disparado hace pocas horas y que el casquillo que han encontrado coincide con mi munición. La cartera y todo lo demás lo encontraréis en el contenedor de basuras que hay en la esquina de la calle del Pino con la calle Marcial.
¿Estás de broma, no? Preguntó nervioso su compañero. ¡No tiene gracia! Gritó su jefe.
No, no tiene gracia. Y no, no estoy bromeando. He sido yo. Sus manos tiemblan. No para de llorar.
Pero me dijiste que no lo conocías. También llora.
Hasta anoche no lo había visto en mi vida. Lo juro.
Y, puestos a confesar, ¿por qué lo hiciste? Inquiere su jefe cada vez más nervioso.
Sinceramente, no lo sé…
Su compañero se levanta para esposarlo mientras su jefe llama al laboratorio y a balística. ¿Por qué? Pregunta desesperado su compañero.
No lo sé…



Yo sí lo sé… Os lo iré contando, tranquilos J

viernes, 5 de septiembre de 2014

JUNTO A LA PUERTA DEL ANDÉN

Creo que siempre me he quejado de lo dormido que está el andén a las seis de la mañana. Faroles somnolientos iluminando caras que esperan despertarse, conversaciones susurradas, gestos silenciosos. Siempre la misma gente. Siempre la misma hora. Siempre las mismas caras. Pero cuando lo pienso, me doy cuenta de que siempre pasa algo distinto que hace que este andén, a esta hora, se convierta en un lugar muy especial. Un lugar sorprendente. Una hora única en la que suceden historias que se quedarán grabadas en mi mente de por vida.
Hace seis días, cuando llegué, me di cuenta de que éramos todos los de siempre más uno. Todos estaban exactamente en el mismo lugar en el que los encuentro cada mañana, pero, a excepción de una mujer que siempre mira al lugar por el que ha de aparecer el tren, todos miraban a un señor que se había sentado en el suelo, junto a la puerta.
Me coloqué en mi sitio de siempre y también me dediqué a observarlo, aunque espero haber disimulado más que mis desconocidos compañeros de cada mañana. Un señor de mediana edad. Unos harapos, que en su día fueron buenas ropas, cubrían su cuerpo. Unos zapatos sin brillo y casi sin suela, sus pies. Un viejo sombrero calado hasta las orejas protegía su canosa cabeza del frío de aquella mañana. En su mirada vida. En sus labios felicidad.
Los susurros hipnotizantes que solían adormecer el andén a esa hora habían desaparecido aquella mañana, de manera que todos podíamos oír el monólogo de nuestro improvisado invitado. Sí, aquí fue donde nos vimos por primera vez, decía. Aquí nos cogimos de la mano por primera vez. Qué lástima que hayan quitado nuestro banco, recordaba. Estaba deseando que me dejasen salir de allí para poder volver. Esta hora. La hora mágica. Nuestra hora. Nuestro andén. Nuestro tren. Nuestra vía. Imposible de olvidar nuestro primer paseo juntos. Falta nuestro banco, pero la magia sigue aquí, ¿la notas?
Lo dejamos hablando cuando subimos al tren. Todos los susurros desaparecidos se transformaron en conversaciones asombradas. Todos reconocían a aquel señor. Todos menos yo. Me decidí, una vez más, a robar un poco de aquellas conversaciones ajenas para poder saber quién era.
Era aquel empresario de fama. Imposible reconocerlo después de cinco años. Cuánto daño habían hecho esos cinco años en él. Cuánto daño le había causado la vida. Un universitario bastante informado aseguraba que tras la muerte de su mujer enloqueció. Fue entonces cuando comenzó a hablar solo. Una mujer que aseguraba haberlo conocido en sus años de bonanza dijo que lo abandonó todo. Dejó de ir a trabajar, informó, dejó de hablar con nadie que no fuera él mismo, se negaba a cambiarse de ropa. Es verdad, aseguró alguien que trabajó con él, ¿os habéis fijado? Todavía lleva el mismo traje que llevaba el día que murió su esposa. Pobre, se lamentó una chica que enlazaba su mano con la del amor de su vida, se ve que eran una pareja perfecta, que estaban muy unidos. Yo también enloquecería si me pasase algo así. Pero, ¿no lo internaron? Preguntó una mujer más bien asustada. Sí, anunció el estudiante, pero la gente ya hace días que anuncia que lo iban a soltar. Se ve que lo dejan salir por el día, no supone ningún peligro para la sociedad. Por la noche tiene que volver.
Cada día que ha pasado desde entonces ha ido aumentando mi curiosidad hacia este gran señor arruinado por la locura de una pérdida. Sí, todos hemos robado las conversaciones que ha estado manteniendo consigo mismo estos días. Pero yo, justamente yo, no puedo seguir haciéndolo. Una especie de atracción hacia él ha ido creciendo dentro de mí y ayer, sin poder ni querer evitarlo, me senté junto a él.
Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? Me sonrió mirándome con aquellos ojos tan vivos. Espero no molestar, me disculpé. Si le molesta lo que voy a decirle dígalo y me marcho. Ya nada me puede molestar, me aseguró. Es que desde que sé quién es usted mi curiosidad aumenta cada día. La curiosidad es lo mejor que le puede pasar a nuestra mente. Dígame. Desde que apareció usted aquí en el andén, todo el mundo habla de la gran relación que tenían usted y su mujer, la relación perfecta, aseguran. Todo el mundo habla de lo que sufrió durante la enfermedad. Todo el mundo habla de su muerte y de cómo usted enloqueció. Todo el mundo habla de un internamiento. Todo el mundo tiene miedo por su liberación. Su sonrisa crecía sinceramente mientras le hablaba. Su vida durante estos años ha debido de ser un auténtico infierno. Pero, en cambio, cada día, lo veo aquí sentado. Cada día su mirada tiene un brillo más vivo. Cada día su sonrisa es más feliz. Igual me dice que no me importa, pero no lo entiendo. Nadie estaría tan feliz pasándolo tan mal.
Así que, ¿se ha fijado? Comenzó. Sí, cada día estoy más feliz. Cada día me siento más vivo. Porque cada día estoy más muerto. Ante mi mirada de extrañeza continuó.
Hace doce años, yo iba cada día a la capital a trabajar. No me iba nada mal. Siempre me ha gustado el tren, así que venía cada día a esta misma hora, a este mismo andén, a esperar ese mismo tren que coges tú cada mañana. Mi lugar era este. Aquí había un banco. No sé por qué lo quitaron. Conforme llegaba me sentaba aquí a esperar, y mientras el tren llegaba, hacía como usted, lo observaba todo. Un buen día llegó ella, una chica preciosa. Una chica llena de vida. Una chica llena de ilusiones. Se sentó aquí, a mi lado. Ese mismo día comenzamos a hablar y descubrí que era preciosa por fuera y que era hermosa por dentro. Ese mismo día supe que no podría separarme de ella. Cada día venía y se sentaba a mi lado. Cada día intimábamos más. Cada viaje a la capital era irrepetiblemente hermoso.
En este banco comenzó nuestra relación. En este banco nos dimos nuestro primer beso. El primer paseo largo que dimos juntos partió desde aquí, desde este mismo andén. Fuimos siguiendo la vía. Fuimos siguiendo nuestros sueños juntos. Fue un paseo tan especial, que dos años más tarde decidí repetirlo para pedirle matrimonio. Todo el mundo tiene razón. Lo nuestro siempre ha sido perfecto. Estamos hechos el uno para el otro y tuvimos la suerte de coincidir en este banco, a esta hora.
Los cinco años que estuvimos casados fueron los más felices de mi vida. Unos años perfectos. Una vida perfecta. Pero enferrmó. Y sufrí. Y su sonrisa jamás desapareció. Y la enfermedad corría demasiado. Y no puedo dejar de sonreír cuando te tengo cerca, me aseguraba. Y no pudimos hacer nada. Y no te preocupes cariño, siempre estaré aquí, no me puedo separar de ti, me sonreía. Y un día ya no abrió los ojos.
Pero me di cuenta de que cumplía su promesa. Jamás se fue. Sigue aquí conmigo porque no podemos estar separados. Pero nuestra vida ahora es sólo nuestra. Ya no la compartimos con nadie. Lo llaman locura porque sé que nadie puede verla más que yo. Pero la veo. Y la oigo. Y me sigue sonriendo después de estos años. Y sigue igual. Y no quiero cambiarme el traje para que me siga reconociendo, porque yo sí he cambiado. Y han intentado curarme esta supuesta locura. Y yo no quiero. No podría vivir sin ella.
Es curioso. Cuando nos casamos nos unieron hasta que la muerte nos separase. Y la muerte no ha podido separarnos. Lo que ahora nos separa es la vida. Mi vida. Porque noto su tacto pero no puedo tocarla. Porque noto sus brazos pero no puedo abrazarla. Porque veo sus labios pero no puedo besarla.
Sí, creo que jamás ha habido una unión como la nuestra. Tan unidos estamos que he llegado a coger su misma enfermedad. Ella misma me lo anunció hace unos días. Cuando los médicos lo corroboraron les pedí, por favor, que me dejasen salir de allí. Sólo quería volver aquí. Volver a pasear con ella. Para volver a unirme a ella. Determinaron que no soy mala persona, así que me dejan venir cada mañana. Y aquí me siento a esperar como cuando nos conocimos. A esperar hablando con ella como cuando nos conocimos. A esperar a que llegue el momento de hacer ese paseo.
Y si cada día me nota usted más feliz es porque cada día noto que estoy más cerca de volver tocarla. A abrazarla. A besarla. Y si cada día me nota usted más vivo es porque sé que cuando muera volveré a vivir con ella. Y si hoy estoy más feliz que nunca es porque me ha dicho que hoy es el día. Que ha llegado el momento.
Se levantó trabajosamente del suelo y se dispuso a salir del andén para seguir las vías como en aquel paseo que tanto marcó su vida. Pero llovía a cantaros. No puede salir así del andén, le grité, con esta lluvia y este viento. Tranquilo amigo, no moriré de un catarro, se despidió sonriendo más vivo que nunca.
Y salió del andén. Y comenzó a seguir las vías. Y nadie podía apartar la mirada de él. Y el viento no azotaba sus ropas. Y el agua no tocaba su cuerpo. Y junto a las huellas que él iba dejando en el barro aparecían otras de unos pies más pequeños, más finos. Unos pies de mujer.



Todos temen la locura. Pero, decidme, ¿no seríais felices con una locura así? J