viernes, 15 de agosto de 2014

SIEMPRE

Ya anoche me acosté nerviosa. Ha sido una de las peores noches de mi vida. La he pasado dando vueltas en la cama, viendo pasar los minutos. Viendo pasar las horas. Viendo pasar esas ovejas que no me ayudaron a conciliar ese sueño que no llegó. Viendo la luna. Viendo las estrellas. Viendo las imágenes de lo que me ha sucedido, viéndolas tan reales como si estuviesen sucediendo de nuevo. Increíble pero cierto, ha pasado. Me cuesta creerlo. Me pongo más nerviosa. Empieza a cambiar la luz que asoma por mi ventana. El día me saluda y me recuerda burlón que ya no voy a dormir. Y hoy todo tiene que salir bien. No puede fallar nada. Y me pregunto cómo voy a vivir el día de hoy si todavía no he podido separarme del de ayer. Pero voy a tener que hacerlo. Oh, bendita cafeína, ayúdame a despejarme, ayuda a mi mente para que todo salga bien.
Creo que nunca he estado tan nerviosa. Tengo que preparar la reunión más importante de mi vida para esta tarde. Hay mucho que hacer y los nervios me tienen paralizada. No sé por dónde empezar. Me pongo más nerviosa. Me meto bajo el chorro de la ducha. Agua fría. Funciona. Sigo nerviosa pero mi mente empieza a poner las cosas en orden. Me visto, cojo mis papeles y salgo decidida de casa. Dispuesta a prepararlo todo. Convencida de que todo va a salir bien. Todo tiene que salir bien.
Siempre pasa lo mismo camino del trabajo. Los mismos semáforos en rojo, los mismos semáforos en verde. La misma gente en los mismos pasos de peatones, con distinto disfraz pero siempre mirando al suelo o a los escaparates o a sus móviles. Como siempre, la gente no se da cuenta de que hay ojos a los que mirar. Ojos que dicen. Ojos que expresan. Como siempre, son ojos invisibles.
Como siempre, llego cinco minutos antes. Pero hoy no es como siempre y mis compañeros lo notan. ¿Estás bien?, me preguntan. Te veo algo estresada, se preocupan. Sí, tranquilos, todo va bien. Anoche estaba demasiado nerviosa no pegué ojo. Voy a hablar con el director. Nos vemos en veinte minutos en la sala y os explico, ¿vale? Igual necesito vuestra ayuda. Los dejo preocupados, pero no quiero entretenerme más. Voy directa al despacho del director y le hablo de todo lo sucedido. Accede a ayudarme y baja conmigo a la sala para reunirse con el resto.
Acabo la reunión con la impresión de haber contagiado mi nerviosismo a los demás. Pero todos sabemos que es un nerviosismo sano, un nerviosismo feliz. Todo va a salir bien.
Las horas pasan y trabajamos para que todo esté en orden. Las horas pasan y nos empeñamos en aparentar que es un día más. Las horas pasan y los nervios crecen. Las horas pasan y me molesta el reloj donde está. Las horas pasan y es extraño que el reloj ya no esté en su sitio, que esté sobre la puerta de entrada. Las horas pasan pero no importa mirar a otro lado para saber cuánto tiempo queda. Las horas pasan con la misma ilusión, la misma expectación.
Y llega la hora y no pasa nada. Y pasan los minutos y me preocupo. Y pasan los minutos y me pregunto si habrá pasado algo. Y pasan los minutos y mis compañeros me miran interrogantes. Y pasan los minutos y me desespero. Y pasan los minutos y estaba segura de que iba a venir a las cinco. Y pasan los minutos y yo sé que es puntual. Y pasan los minutos e igual se ha arrepentido y no ha podido avisarme. Y pasan los minutos y los nervios acuden a mis ojos. Y pasan los minutos y la decepción se hace dueña del lugar. Y pasan los minutos y ya sé que no vendrá porque han pasado demasiados minutos. Las seis y dieciséis minutos.
Todos nos sobresaltamos al escuchar el timbre. Los nervios me hacen romper la naturalidad al levantarme del sofá. Intento aparentar tranquilidad al acercarme a la puerta pero me es imposible. Imposible relajarme, me van a estallar las sienes. Abro la puerta y la emoción se anuda en mi garganta impidiéndome saludar y haciendo que las lágrimas peleen con mi cerebro para salir de mis ojos.
Perdone por el retraso, joven. Me equivoqué de autobús y me ha tocado dar una vuelta un poco larga para llegar. Todos los nervios acumulados salen en forma de risa y lágrimas. Veo extrañeza en sus ojos, pero ya da igual. Todo va a salir bien. Pero no es tarde, ¿no? Se preocupa. Todavía puedo salir a ver ese sauce llorón tan especial que dice usted que tienen aquí, ¿verdad? Por supuesto que sí. Pase.
Al escuchar que alguien nombraba su sauce llorón baja, extrañada, la mirada del reloj. Y ahí están esos ojos tan intensos, negros. Tan grandes, negros. Tan redondos, negros. Tan brillantes, negros. Esos ojos que no han cambiado después de toda una vida. Esos ojos con los que ha estado soñando toda su vida. Esos ojos que pensaba que no volvería a ver la están mirando sorprendidos, emocionados, enamorados.
Y el mar Mediterráneo se desboca en los ojos de Manuela. Y las piernas le tiemblan cuando se levanta del sofá. Y Rosita no puede moverse. No puede hablar. El pasado vuelve a ser presente. La felicidad vuelve a inundar su corazón. Los ojos de Manuela se acercan lentamente, tan llenos de lágrimas, tan llenos de sorpresa, tan llenos de incredulidad, tan llenos de emoción, tan llenos de pasado, tan llenos de amor como los suyos.
Y Rosita alza una flor que trae sin poder dejar de mirar a sus ojos. Te he traído la más bonita de la ciudad, la voz sale en un hilo entrecortado. Como siempre se emociona Manuela. Siempre, para siempre, lloran las dos mientras se abrazan.
Y el reloj canta las seis y media. Y enlazan sus manos. Y sonrientes como siempre me piden que las acompañe al sauce llorón. ¿Sabe, joven? Tenía usted toda la razón. Me encanta este sauce, es lo más especial que me ha pasado en toda la vida. Muchas gracias. La emoción seguía creciendo en mi pecho. Muchas gracias por devolverme a mi vida lloró Manuela.
Y las dejo sentadas bajo las ramas del sauce llorón, con las manos enlazadas, con el amor en unos ojos que no pueden dejar de mirarse, hablando de sus recuerdos en común, hablando de sus recuerdos únicos, hablando de cada flor que han recogido a las seis y media durante toda una vida, hablando de cada flor que han besado a las ocho imaginándose los ojos de su amada, hablándose con la voz y  con los ojos. Amándose con los ojos y con el alma.
Y cuando vuelvo al centro estoy decidida a hablar con el director, pero me doy cuenta de que no hace falta. Lo veo en la expresión del director. Lo veo en los ojos de mis compañeros. Rosita se quedará en el centro. No podemos volver a separarlas. No tenemos derecho. Ya las obligaron a vivir a medias demasiado tiempo. Se merecen vivir plenamente siempre. Para siempre.
Y el destino ha tomado la misma decisión. Ya han sufrido demasiado. No pueden volver a separarse.
Y es la hora. Y salgo para darles la noticia y acompañarlas al comedor. Y están mirándose. Y están sonriéndose. Y sus manos enlazadas. Y la flor más bonita de la ciudad entre las dos. Y ya se lo han dicho todo. Y ya han recuperado sus vidas. Y me doy cuenta de que el destino ha llegado antes que yo.
Ya está todo arreglado. Ya hay un nuevo pacto firmado, un acuerdo que pasará de director a director mientras el centro permanezca en pie. Cada tarde, a las seis y media en punto se ha de recoger una flor, la más bonita del lugar, y depositarla sobre la tumba que hay bajo las ramas del sauce llorón del jardín, el lugar donde, a partir de mañana a las seis y media, descansarán Manuela y Rosita con sus manos enlazadas, sonriéndose, mirándose, amándose…
Siempre…
Para siempre.



Dicen que hay lazos invisibles que unen a las personas que han de estar juntas y que nadie puede romperlos… ¿Pensáis que es así? J

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