Dicen que es una leyenda. Pero
no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía
unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se
le oye gritar en las noches de luna roja… Pero no quiero empezar esta historia
por el final. Me gustaría que conocieses su historia desde el principio. Y todo
empieza aquí, en esta vieja casa…
Unos años antes del cambio de
siglo, nació en esta misma casa un niño precioso. Sí, nació aquí. Su madre no
quiso ir al hospital por miedo a que se lo robasen.
Mi madre siempre dijo que fue el
bebé más bonito que había visto en su vida. Que no volvería a ver a otro así.
Nació mirándolo todo y dicen que, en vez de llorar, soltó una sonora carcajada
al mundo.
Se convirtió en un niño muy
inteligente que crecía feliz junto a su madre. Un niño al que no le costaba
hacer amigos. Un niño con los sentimientos a flor de piel. Ayudaba a quien lo
necesitase. Lloraba si alguien sufría y reía si alguien era feliz. Un niño
sensible, el más sensible que conocí jamás.
El primer recuerdo de mi vida es
su cara mirándome. Su sonrisa hablándome. Su mano revoloteándome el pelo. Desde
ese día nos hicimos inseparables. Se convirtió en mi mejor amigo, en mi
confidente para todo. Me ayudaba con las matemáticas. Me daba muy buenos
consejos con los chicos…
Pero un día no vino al parque
como cada tarde después de clase. Esperé. Pregunté si alguien lo había visto.
Me enteré de que no había ido al instituto. No era normal. Nunca enfermaba. ¿No
le habrá pasado algo a su madre? Me preocupé. Nadie sabía nada. Y llamé por teléfono
y no lo cogió. Y fui a su casa y nadie abrió. No se puede haber ido sin
despedirse. Y volví a llamar pero nadie abría. Y fui a mi casa. Y mis padres
estaban demasiado serios. Y me sentaron en el sofá. Y ha pasado algo muy malo. Y
se lo han llevado de urgencia. Y están operándolo. Y no saben si saldrá.
Me pasé los meses siguientes
yendo al hospital al acabar las clases. Quería que despertase ya. Quería volver
a hablar con él. Quería volver a notar su sonrisa. Quería que me volviese a
revolver el pelo, como hacía cada tarde. Pero seguía allí cada tarde. Tumbado.
Durmiendo. Pálido.
Ha sido una operación muy
complicada, pero ha salido mejor de lo que pensábamos, decían los médicos. Las
constantes se han estabilizado bien. No ha habido rechazo. Sólo cabe esperar a
que salga del coma.
Por fin me atreví a preguntar qué
le pasaba a mi amigo. Por qué no despertaba. Su corazón era demasiado grande,
me contó su madre emocionada, creció demasiado. Crecía cada año que pasaba,
hasta que llegó el día en el que no pudo crecer más. Me contó que su cuerpo se
había quedado pequeño para su corazón. Que no tenían tiempo para esperar un
corazón nuevo. Que habían experimentado con mi amigo. Que mi amigo ya no tenía
corazón. Que tenía una bomba mecánica que habría que ajustar cada año para que
bombease acorde a su ritmo de crecimiento. Que esa bomba le había salvado la
vida. Que todo saldría bien.
Pero despertó y algo no iba
bien. Era él. Era su voz. Era su cuerpo. Pero el brillo de sus ojos ya no era y
su sonrisa no aparecía. Es normal que esté aturdido, decían. Ha sido una
intervención muy dura. Y me hablaba y era él. Pero el tono de su voz no era.
Y salió del hospital y seguía
siendo sin ser. Y venía puntual cada tarde al parque. Y hablábamos. Y era un
tono tan lineal. Y yo reía. Y él no. Y le hacían daño a alguien y le daba igual.
Y alguien gritaba de felicidad y seguía igual. Habían convertido a mi amigo, a
mi confidente, en un robot de carne y hueso.
A las pocas semanas todos lo
conocían como el loco sin corazón. Y
le daba igual. Y seguía con la misma expresión neutra. Y seguía con el mismo
comportamiento extraño. Y seguía mecánico. Y seguía como si la vida no le
aportase nada.
Desde la operación no es el
mismo niño, explicaba su madre a la mía. Ya no siente. No me sonríe. No me
demuestra amor como antes, que lo hacía a todas horas. Ya no llora conmigo
cuando me acuerdo de su padre. Ya no ríe conmigo cuando le cuento alguna anécdota.
Ya no está. Esa máquina lo ha vuelto insensible. Pero si lo pienso fríamente es
lo mejor, decía mientras lloraba de dolor. Así nadie le hará sufrir como a mí. Por
más que lo abandonen a su suerte. Por más que lo traten como a un aprovechado. Por
más que hablen de él a sus espaldas. Por más insultos. Nadie le hará sufrir.
Pero le dolía. Le dolía en el
alma no sentirse querida por su hijo de la misma manera que a mí me dolía no
sentirme querida por mi mejor amigo, mi confidente.
Y el loco sin corazón creció. Y fue el mejor de su promoción en la
universidad. Y no tardó en ascender en su trabajo. Y seguía igual. Mecánico.
Insensible. Hasta el momento en el que le obligué a venir a la fiesta de fin de
año.
Allí estaba ella. Estudiante
Erasmus. Inglesa. Todos se reían de ella por lo torpe que era. Tropezó. Cayó
encima de mi amigo. Lo siento, se disculpó. Si ya soy torpe, imagina con el
cava… Arguyó con ese acento tan típico acrecentado por el alcohol. Mi amigo la
miró para aceptar las disculpas. Entonces noté que algo cambió. Algo pequeño.
Algo que sólo yo, que lo conocía desde la infancia, percibí. Sus ojos volvieron
a ser sus ojos por un instante. Sus ojos se llenaron de sentimiento. Sus ojos
ya no se apartaron de ella.
Y quedaban cada tarde en el
parque. Y su tono volvió a ser. Y empezaron a enlazar sus manos. Y su sonrisa
volvió a ser. Y empezaron a besarse. Y mi amigo volvió a ser.
Sólo un pequeño detalle se me
escapó. Estaba tan emocionada de volver a ver vivir a mi amigo. Sólo me di
cuenta de ese gesto cuando era demasiado tarde. Sólo cuando era demasiado tarde
supe que no era normal que se llevase la mano al pecho tan a menudo.
Y el tiempo de Erasmus acabó. No
sé cuándo podré volver, lloraba ella. Tengo que acabar los estudios y ahorrar
para poder pagarme el viaje. Me voy contigo, se desesperaba él. No puedes dejar
a tu madre sola, se lamentaba ella. No puedo ser sin ti, se derrumbaba él.
Los acompañé al aeropuerto.
Nunca había visto una luna tan grande. Nunca había visto una luna tan roja. El
coche lleno de tristeza. Lleno de llantos. Lleno de desesperación. Lleno de
amor. Lleno de despedida.
Y la hora llegó. Y los dos
lloraron. Y ella se fue. Y él lloró. Y el avión partió. Y el grito más doloroso
que se ha escuchado jamás desgarró el alma de todos los presentes en aquel
aeropuerto. Y mi amigo cayó.
Y ahora sé que cada vez que se
llevaba la mano al pecho es porque esa máquina que le pusieron de pequeño se
estaba agrietando. Cada sentimiento la agrietaba. Cada emoción la agrietaba.
Los últimos meses se había agrietado tanto que no soportó el dolor de la
despedida.
Dicen que es una leyenda. Pero
no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía
unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se
le oye gritar en las noches de luna roja. Pero no, él y su amor acabaron con
aquella despedida. Se quedaron en aquel aeropuerto.
Vivimos
en un mundo de gente robotizada, gente con miedo a sentir, con miedo a ser. Decidme,
¿no os gustaría romper esa mecánica? J

No hay comentarios:
Publicar un comentario