viernes, 29 de agosto de 2014

SIN CORAZÓN

Dicen que es una leyenda. Pero no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se le oye gritar en las noches de luna roja… Pero no quiero empezar esta historia por el final. Me gustaría que conocieses su historia desde el principio. Y todo empieza aquí, en esta vieja casa…
Unos años antes del cambio de siglo, nació en esta misma casa un niño precioso. Sí, nació aquí. Su madre no quiso ir al hospital por miedo a que se lo robasen.
Mi madre siempre dijo que fue el bebé más bonito que había visto en su vida. Que no volvería a ver a otro así. Nació mirándolo todo y dicen que, en vez de llorar, soltó una sonora carcajada al mundo.
Se convirtió en un niño muy inteligente que crecía feliz junto a su madre. Un niño al que no le costaba hacer amigos. Un niño con los sentimientos a flor de piel. Ayudaba a quien lo necesitase. Lloraba si alguien sufría y reía si alguien era feliz. Un niño sensible, el más sensible que conocí jamás.
El primer recuerdo de mi vida es su cara mirándome. Su sonrisa hablándome. Su mano revoloteándome el pelo. Desde ese día nos hicimos inseparables. Se convirtió en mi mejor amigo, en mi confidente para todo. Me ayudaba con las matemáticas. Me daba muy buenos consejos con los chicos…
Pero un día no vino al parque como cada tarde después de clase. Esperé. Pregunté si alguien lo había visto. Me enteré de que no había ido al instituto. No era normal. Nunca enfermaba. ¿No le habrá pasado algo a su madre? Me preocupé. Nadie sabía nada. Y llamé por teléfono y no lo cogió. Y fui a su casa y nadie abrió. No se puede haber ido sin despedirse. Y volví a llamar pero nadie abría. Y fui a mi casa. Y mis padres estaban demasiado serios. Y me sentaron en el sofá. Y ha pasado algo muy malo. Y se lo han llevado de urgencia. Y están operándolo. Y no saben si saldrá.
Me pasé los meses siguientes yendo al hospital al acabar las clases. Quería que despertase ya. Quería volver a hablar con él. Quería volver a notar su sonrisa. Quería que me volviese a revolver el pelo, como hacía cada tarde. Pero seguía allí cada tarde. Tumbado. Durmiendo. Pálido.
Ha sido una operación muy complicada, pero ha salido mejor de lo que pensábamos, decían los médicos. Las constantes se han estabilizado bien. No ha habido rechazo. Sólo cabe esperar a que salga del coma.
Por fin me atreví a preguntar qué le pasaba a mi amigo. Por qué no despertaba. Su corazón era demasiado grande, me contó su madre emocionada, creció demasiado. Crecía cada año que pasaba, hasta que llegó el día en el que no pudo crecer más. Me contó que su cuerpo se había quedado pequeño para su corazón. Que no tenían tiempo para esperar un corazón nuevo. Que habían experimentado con mi amigo. Que mi amigo ya no tenía corazón. Que tenía una bomba mecánica que habría que ajustar cada año para que bombease acorde a su ritmo de crecimiento. Que esa bomba le había salvado la vida. Que todo saldría bien.
Pero despertó y algo no iba bien. Era él. Era su voz. Era su cuerpo. Pero el brillo de sus ojos ya no era y su sonrisa no aparecía. Es normal que esté aturdido, decían. Ha sido una intervención muy dura. Y me hablaba y era él. Pero el tono de su voz no era.
Y salió del hospital y seguía siendo sin ser. Y venía puntual cada tarde al parque. Y hablábamos. Y era un tono tan lineal. Y yo reía. Y él no. Y le hacían daño a alguien y le daba igual. Y alguien gritaba de felicidad y seguía igual. Habían convertido a mi amigo, a mi confidente, en un robot de carne y hueso.
A las pocas semanas todos lo conocían como el loco sin corazón. Y le daba igual. Y seguía con la misma expresión neutra. Y seguía con el mismo comportamiento extraño. Y seguía mecánico. Y seguía como si la vida no le aportase nada.
Desde la operación no es el mismo niño, explicaba su madre a la mía. Ya no siente. No me sonríe. No me demuestra amor como antes, que lo hacía a todas horas. Ya no llora conmigo cuando me acuerdo de su padre. Ya no ríe conmigo cuando le cuento alguna anécdota. Ya no está. Esa máquina lo ha vuelto insensible. Pero si lo pienso fríamente es lo mejor, decía mientras lloraba de dolor. Así nadie le hará sufrir como a mí. Por más que lo abandonen a su suerte. Por más que lo traten como a un aprovechado. Por más que hablen de él a sus espaldas. Por más insultos. Nadie le hará sufrir.
Pero le dolía. Le dolía en el alma no sentirse querida por su hijo de la misma manera que a mí me dolía no sentirme querida por mi mejor amigo, mi confidente.
Y el loco sin corazón creció. Y fue el mejor de su promoción en la universidad. Y no tardó en ascender en su trabajo. Y seguía igual. Mecánico. Insensible. Hasta el momento en el que le obligué a venir a la fiesta de fin de año.
Allí estaba ella. Estudiante Erasmus. Inglesa. Todos se reían de ella por lo torpe que era. Tropezó. Cayó encima de mi amigo. Lo siento, se disculpó. Si ya soy torpe, imagina con el cava… Arguyó con ese acento tan típico acrecentado por el alcohol. Mi amigo la miró para aceptar las disculpas. Entonces noté que algo cambió. Algo pequeño. Algo que sólo yo, que lo conocía desde la infancia, percibí. Sus ojos volvieron a ser sus ojos por un instante. Sus ojos se llenaron de sentimiento. Sus ojos ya no se apartaron de ella.
Y quedaban cada tarde en el parque. Y su tono volvió a ser. Y empezaron a enlazar sus manos. Y su sonrisa volvió a ser. Y empezaron a besarse. Y mi amigo volvió a ser.
Sólo un pequeño detalle se me escapó. Estaba tan emocionada de volver a ver vivir a mi amigo. Sólo me di cuenta de ese gesto cuando era demasiado tarde. Sólo cuando era demasiado tarde supe que no era normal que se llevase la mano al pecho tan a menudo.
Y el tiempo de Erasmus acabó. No sé cuándo podré volver, lloraba ella. Tengo que acabar los estudios y ahorrar para poder pagarme el viaje. Me voy contigo, se desesperaba él. No puedes dejar a tu madre sola, se lamentaba ella. No puedo ser sin ti, se derrumbaba él.
Los acompañé al aeropuerto. Nunca había visto una luna tan grande. Nunca había visto una luna tan roja. El coche lleno de tristeza. Lleno de llantos. Lleno de desesperación. Lleno de amor. Lleno de despedida.
Y la hora llegó. Y los dos lloraron. Y ella se fue. Y él lloró. Y el avión partió. Y el grito más doloroso que se ha escuchado jamás desgarró el alma de todos los presentes en aquel aeropuerto. Y mi amigo cayó.
Y ahora sé que cada vez que se llevaba la mano al pecho es porque esa máquina que le pusieron de pequeño se estaba agrietando. Cada sentimiento la agrietaba. Cada emoción la agrietaba. Los últimos meses se había agrietado tanto que no soportó el dolor de la despedida.
Dicen que es una leyenda. Pero no, yo lo conocí. Dicen que sucedió hace muchísimos años. Pero no, sólo tenía unos años más que yo. Dicen que él y su locura todavía vagan por ahí y que se le oye gritar en las noches de luna roja. Pero no, él y su amor acabaron con aquella despedida. Se quedaron en aquel aeropuerto.



Vivimos en un mundo de gente robotizada, gente con miedo a sentir, con miedo a ser. Decidme, ¿no os gustaría romper esa mecánica? J

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