Te voy a contar la historia de
ese loco del que tanto se habla. Una historia que dicen que es real y que está
alcanzando niveles de leyenda…
Sucedió hace mucho, muchísimo
tiempo. Dicen que todo comenzó con la impresionante tormenta eléctrica que
asoló la ciudad el verano del año 2047… No ha vuelto a haber una tormenta
parecida.
Fue una tormenta tan fuerte que
dejó sin red toda la ciudad durante casi dos días… Te imaginas? La ciudad
entera sin poderse conectar a Internet durante tanto tiempo… Fue un auténtico
caos. Mucha gente decidió abandonar la ciudad hasta que todo volviese a la
normalidad.
Los pocos que no se fueron, se
quedaron como suspendidos de la nada, con la mirada perdida, con el cuerpo
lleno de nervios y de incertidumbre, sin saber qué iban a hacer sin la red. No
podían separarse de sus móviles, tablets y ordenadores, no podían dejar de
apretar algún botón con la esperanza de que todo volviese a funcionar. Todos
menos uno…
Un joven, cuyo nombre ya nadie
recuerda, salió a la calle nada más pasar la tormenta. Iba muy decidido, estaba
whatsappeandose con su novia cuando todo se apagó. Pensaba que en el gran
parque encontraría cobertura, como siempre. A cada paso que daba apretaba su
móvil, a ver si tenía suerte. Pero nada.
Ya en el gran parque, se acercó
todo lo que estaba permitido a las antenas, pero ni aun así. Siempre podría
llamar… Pero la llamada era tan cara. Se le ocurrió esperar allí, total, en
unos minutos todo habrá vuelto, pensó.
Pero pasaron los minutos y las
horas y todo seguía igual. La ciudad entera inmovilizada mirando máquinas que
no funcionaban.
El joven se desesperó, dejó caer
los brazos y alzó la mirada… Esto fue lo que cambió su vida. Se vio en un lugar
totalmente desconocido para él. Miró por primera vez la vida cara a cara y no
de soslayo, que es como la había mirado hasta ahora, lo justo para asegurarse
que no iba a tropezar con nada mientras iba mirando su móvil, como siempre.
Nunca se había fijado en esa
mezcla de colores tan vivos. El cielo parecía en llamas mientras anochecía en
la ciudad. Percibió un aroma suave, desconocido para él, al poco averiguó que
era el olor del césped y de las flores que habitaban en el gran parque. Oyó un
ruido y, sin poder cerrar la boca, se giró para buscarlo. Vio a una ardilla
intentando pelar un piñón y, más allá, dos pájaros que revoloteaban juguetones
entre las ramas de los árboles, bajó la mirada y, tras un árbol había un perro
que lo observaba atento… Intentó acercarse, pero el perro no lo dejó, sin huir,
se mantenía a distancia del joven.
Una gran sonrisa se dibujó en su
cara. Una sonrisa que, según dicen, ya no le abandonó el resto de su vida. Tanto
le maravilló todo lo que vio, sintió y percibió aquella tarde de verano.
Fue corriendo a casa para
contárselo a sus padres. Qué desagradable sorpresa se llevó cuando, al llegar,
los miró por primera vez desde hacía tanto tiempo. Las canas empezaban a
aparecer en sus cabellos y, no, las arrugas que veía alrededor de sus labios,
junto a sus ojos y entre sus cejas no se debían sólo a la preocupación por lo
que estaba pasando en la ciudad. El joven se sintió tan culpable…
Preparó unas infusiones
e hizo que sus padres se sentasen a la mesa con él. Vamos a hablar, les dijo, y
les contó lo que le había pasado aquella tarde. No pudo evitar entristecerse
cuando vio que sus padres apenas le prestaban atención, estaban tan pendientes
de lograr que sus móviles y tablets funcionasen que era como si él no
existiera. Eso que dices no son más que tonterías, fue la respuesta que obtuvo.
Esa noche, el joven estuvo
pensando en cómo era su vida: unos padres a los que apenas reconocía, unos
amigos a los que, estaba seguro, no reconocería y de los que no sabía ni el
tono de voz ya que cada vez que quedaban se dedicaban a mensajearse con otra
gente estando todos en la misma mesa, una novia a la que no conocía; sólo sabía
de ella cómo se expresaba mediante la escritura. La había conocido hace unos
meses por Internet y le hizo gracia su manera de expresarse, pero no sabía ni
cómo era. En su foto de perfil había una heroína Manga del siglo pasado.
¿Era eso vida? No, vida era lo
que había visto y sentido en el gran parque esa tarde. En ese momento lanzó su
móvil por la ventana y decidió que no hablaría con nadie que no quisiese estar
con él, mirándolo a la cara.
Y ahí empezó su historia, la
historia del loco que se alejó de amigos y familiares porque no se atrevieron a
dejar de mirar sus móviles durante unas horas para hablar con él, el loco
acompañado de un perro que siempre iba sonriendo, que, cuando le apetecía reía
a voz en grito e imitaba el vuelo de los pájaros, el loco que bailaba bajo la
lluvia e invitaba a todo el que lo oyese a que dejasen de mirar sus
tablets para ver las estrellas, el loco
que jamás volvió a acercarse a ningún ordenador, a ninguna tablet, a ningún
móvil. Pobre loco, mensajeaba la gente sobre él. Sí, pobre loco… ¿O no?
Haz la prueba,
¿podrías dejar tu móvil en casa unas horas e irte a tomar algo con tus amigos,
pasar las horas hablando con ellos sin ponerte nervioso pensando en que no
llevas el móvil?... J
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